Cuando observamos esos imponentes árboles que crecen en parques o bosques firmemente afincados en el suelo, lo que primero pensamos es que su masa se logra a partir de lo que chupan del suelo. Esta parecía una idea correcta hasta que un intelectual belga, Jan Baptista van Helmont que vivió en los siglos XVI-XVII, hizo un célebre experimento. Plantó un árbol (un sauce), en un macetero sabiendo de antemano el peso de la tierra del mismo y al cabo de unos años cuando el árbol había crecido muchísimo volvió a pesar la tierra sobre la que había crecido. Halló que el peso de esta había disminuido si, pero en una cantidad despreciable frente al peso del árbol. Estaba claro que la masa del árbol no se lograba a partir del suelo. Fue un paso muy importante para comprender de donde se alimentan las plantas.

Jan Baptista pensó que el crecimiento del árbol se lograba a expensas del agua; pero posteriores estudios mostraron que esto es cierto, sólo en parte. En el siglo XVIII, otro investigador esta vez inglés, Stephen Hales mostró que las plantas formaban sus propias sustancia en gran medida a partir del aire y a finales del siglo XVIII el médico holandés Jan Ingen-Housz identificó el ingrediente nutritivo como el anhídrido carbónico (o dióxido de carbono) es decir carbono y oxígeno esto es CO2. En definitiva que las plantas se alimentan a partir del dióxido de carbono que existe en la atmósfera. Como sabemos es un gas que halla en esta en cantidades mínimas (menos de 7 centésimas); así pues se puede decir que las plantas se alimentan en gran medida al menos de lo que hallan disuelto en el aire.

No obstante no sólo es el aire pues de lo contrario ¿para que regar las plantas?. En efecto el agua se combina con el dióxido de carbono formando compuestos orgánicos que son los que constituyen la materia vegetal. Una materia en la que lógicamente abunda el carbono y por ello la materia vegetal es la que en determinadas condiciones puede dar lugar a las capas de carbón; que está formado básicamente por carbono. La antracita berciana por ejemplo debe tener mas de un 82 por ciento de este elemento químico. El agua está formada por hidrógeno y oxígeno, luego la materia vegetal ha de estar formada esencialmente por oxígeno, hidrógeno y carbono.

Ahora bien el proceso de fabricación de la materia vegetal necesita energía y Jan Ingen-Housz demostró además que la planta no absorbe anhídrido carbónico si no hay luz; luego la energía que las plantas necesitan para “funcionar” es la energía solar, detalle este muy importante. Sin la luz solar la maquinaria de las plantas no funciona. Asimismo se descubrió, gracias al químico británico J. Priestley (finales del siglo XVIII); que las plantas liberan oxígeno y en el año 1804 el suizo Nicolás Theodore de Saussure demostró que el agua era incorporada a las tejidos vegetales como había sugerido van Helmont. En los inicios del siglo XIX ya se sabía pues como y porque crecían las plantas y los árboles. En definitiva como se fabrica la materia vegetal. Reparemos en que en la lista de investigadores célebres en este campo; no aparece ni uno sólo español. Lamentable.

Pocos años después (1850-1860), el ingeniero de minas francés Jean-Baptiste Boussingault hizo crecer plantas en un suelo totalmente libre de materia orgánica (se puede aprovechar esto para estaciones espaciales en el futuro). De este modo demostró que las plantas podían obtener su carbono a partir únicamente del existente en la atmosfera. Por otra parte se comprobó que las plantas no conseguían crecer en un terreno exento de compuestos nitrogenados y esto demostraba que obtenían su nitrógeno a partir del suelo y que no utilizaban el de la atmósfera (salvo ciertas bacterias).

Desde la época de Boussingault se hizo patente que la participación del suelo como alimento directo de las plantas es mínima y se limita a ciertas sales inorgánicas como como ciertos nitratos (nitrógeno, oxigeno e hidrogeno, NO3H) y fosfatos. Del suelo obtienen algunos elementos como el N-P-K-Ca-Na-S,…pero en cantidades insignificantes en relación con la masa total de la planta. Estos elementos residuales a veces se obtienen porque están disueltos en el agua.

El nitrógeno es esencial para para las plantas. Los abonos (como el estiércol de los corrales) son los que suministran estos ingredientes. El estiércol contiene urea y en ella hay nitrógeno, es decir abono. Hay otros como el Nitro de Chile que es nitrato de sodio. Esto explica porque el estiércol de los corrales se sigue empleando aún hoy día para fertilizar las huertas. En muchas ocasiones me tocó cargar y descargar carros de este tipo de abono en mi pueblo, sin saber exactamente el motivo de su utilidad.

A todo lo dicho cabría añadir, exponiendo más en detalle las cosas, que las plantas absorben el dióxido de carbono y emiten oxígeno. Son pues depuradoras naturales de la atmósfera. No obstante hay que puntualizar que durante la noche (sin luz solar) absorben oxígeno y desprenden gas carbónico. En todo caso el balance final es siempre positivo y de aquí la importancia de cuidar los bosques.

Por otra parte las plantas absorben agua y la devuelven a la atmósfera. Cuando llueve una parte importante del agua es retenida por las plantas que luego la devuelven a la atmósfera (transpiración). En definitiva que todo lo dicho explica la necesidad de regar las huertas, (tarea que también a menudo me toco hacer) y abonarlas. Ahora con el gran abandono de las faenas agrícolas en mi pueblo esas tareas son poco mas que un recuerdo; pero hace algunas décadas se hacían con frecuencia. Los labradores de toda la vida ( y yo también) las hacían porque “siempre se ha hecho así”. Quizá si hubiesen sabido lo expuesto en este artículo la a veces dura tarea hubiera resultado mas llevadera.

Ahora en mi pueblo, como en muchos otros, las abundantes huertas de antaño están reducidas a su mínima expresión. Acabo de dar un paseo virtual por el mismo y he “pescado” una imagen Google en la que aparece una de las últimas huertas que aún conservan su antiguo aspecto. Es la que inserto para “animar” este texto.

Rogelio Meléndez Tercero

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