Federico FelliniFellini, a quien lloré cuando se murió, fue/es un padre-maestro para mí. Y supongo que para muchos cinéfilos, porque su cine es especial, único, genuino. A veces siento que sus recuerdos, sus sueños, sus fantasías son mis propios recuerdos, mi infancia recuperada, la única patria verdadera. Y su Amarcord, película por la que siento debilidad, es como mi subconsciente cinematográfico, que estuviera filmando  el universo mágico del Bierzo, poblado de personajes conmovedores, como el abuelo perdido en la niebla, que en realidad se encuentra al lado de la puerta de su casa; La Gradisca, la Volpina, el acordeonista ciego; el tío loco, que se sube a un árbol para gritar desesperado: voglio una donna, hasta que una monja, menudita, logra bajarlo a tierra. 

A uno, en verdad, le hubiera gustado filmar y firmar esta entrañable cinta, que me sacude las vísceras cada vez que la veo, y la he visto en muchas ocasiones. Es tal su fuerza, su magia, redoblada por la música de Nino Rota, que te hace reír y llorar a la vez.

Fellini, a quien no tuve la fortuna de conocer -aunque lo intenté en uno de mis viajes a Roma, a su Roma, a los estudios de Cinecittà-, es como un padre inventado que te enseñara a mirar a través de la ventana de los espíritus, al fondo de la libertad, a escuchar una sinfonía uterina de colores y olores, a sumergirte en el mar de las sinestesias, su mar simbólico (tan presente en su cine), a jugar con la caricatura de la realidad en el trampolín de la muerte y hacer malabares y piruetas circenses, siempre con el sentido del humor a flor de piel, a adentrarte, en definitiva, en el mundo del circo -su gran pasión-, como vemos por ejemplo en La strada (otra de sus legendarias pelis, con su musa Giuletta Masina y Anthony Quinn) o en Ginger y Fred (magnífica sátira contra la televisión basura, invadida por toda suerte, mejor dicho desgracia de frikis, cual si estuviéramos en cualquier plató actual de la televisión española).

Aunque intenté dar con el maestro en Cinecittà, su decorado preferido, no hubo suerte, y tuve que conformarme con hacerme un retrato a la entrada de estos grandes estudios de cine en la vía Tuscolana, a las afueras de Roma, una foto que guardo con cariño.

A veces siento que el Bierzo -¡oh, qué maravilla, parece un decorado!- podría haber sido un universo fellinesco o felliniano, un jardín de las delicias habitado por seres poéticos y fantasmales, que a su vez decidieran exiliarse entre los muertos en el nicho de un cementerio, tal vez con la intención de rellenar el vacío y la nada existenciales, como le ocurre al profesor de música de La voce della luna. Como les ocurre a esos personajes fúnebres de E la nave va, ese viaje a ninguna parte, o a Toby Dammit y Casanova, seres muertos en vida.  A veces siento que los bercianos somos, como el cine de Fellini, un espejo que nos devuelve una imagen esperpéntica y bufona, una pintura clownesca y  lunática que mostrara al desnudo la mezquindad del paletismo y el poder despótico y cómico de algunas entelequias provinciales.
 
Federico Fellini, Marcelo Mastroianni y Sofia LorenFellini, que nunca abandonó su condición de periodista, se nos presenta, a través de algunos de personajes o alter egos como el colosal Mastroianni, como un cronista-director. Véase por ejemplo Otto e mezzo o La dolce vita.

No en vano, Italo Calvino, cuyo sentido de la observación solía ser mordaz, escribe que “la fuerza de la imagen en las películas de Fellini tiene sus raíces en la agresividad redundante e inarmónica de la gráfica periodística”.

Fellini-Satyricon (versión libérrima de la interesante obra de Petronio), Fellini-Roma (reinventada y reconstruida como un sueño delirante, alucinatorio), Fellini-Amarcord (amore e ricordo, su propia autobiografía sublimada, fantaseada) es ante todo un mago y un prestidigitador que sabe jugar como nadie con las fantasías y los sueños. Y nos sumerge en las coloridas y poéticas aguas de la hipnosis: el cine como sueño.

Manuel Cuenya

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