Woody AllenEl cine de Woody Allen me sigue enganchando, tal vez porque pone en escena los grandes temas que preocupan a los humanos, demasiado humanos: dios, el amor, la muerte, y encima los trata con gran sentido del humor. No en vano, este tipo menudo, con mirada asustadiza y melancólica, comenzó su andadura artística como monologuista y humorista. En realidad, sólo hay dos temas, el amor y la muerte, decía el escritor mexicano Juan Rulfo. El amor, la muerte y las moscas, añadió su paisano de adopción Tito Monterroso, con cierta sorna.

Aunque a veces Allen nos cuente la misma historia, película tras película, con variantes, eso sí, resulta de igual modo interesante y graciosín. Este todoterreno del cine se me hace como de tebeo, de chiste. Una de sus virtudes, aparte de escribir guiones divertidos, con diálogos vivos e ingeniosos, es que sabe elegir a sus actores y actrices, y encima les saca un gran partido, lo que confirma su habilidad para dirigir, tal vez porque conoce los entresijos de la psicología. También se rodea, sobre todo en los últimos tiempos, de los mejores técnicos.

Algunas de sus películas las hemos re-visto hace algún tiempecito en la Filmoteca de Caja España de la capital del Bierzo. Entre éstas, figuran La rosa púrpura de El Cairo, cuya prota, la siempre convincente Mia Farrow, se enamora locamente de un personaje fílmico, puro mito platónico y cavernario; Balas sobre Broadway, Desmontando a Harry (genial en su "autográfica" interpretación desenfocada, y una de sus comedias más ácidas, que es un claro homenaje a Fresas salvajes, de su maestro Bergman) y La maldición del escorpión de Jade (como homenaje al cine negro).

Además de aquellas primeras cintas, influenciadas por el humor de los hermanos Marx y aun de Buster Keaton –véanse Toma el dinero y corre, El dormilón (con el inolvidable orgasmatrón) o Todo lo que quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntarlo-, siento predilección, no obstante, por películas suyas, singulares y estimulantes, como Annie Hall (pura autobiografía sentimental y neurótica), Manhattan (otra peli romántica de amores y desamores, filmada ex profeso, en blanco y negro, como un canto a Nueva York y a la música de Gershwin.), Días de radio (otra cinta autobiográfica, centrada en la mirada de un niño que descubre la música jazz a través de la radio en los años 40), Zelig (una especie de falso documental en el que el personaje Allen adopta diversas apariencias, según con quien se codee) o Match point (a la que dedico un apartado).

New YorkTampoco debemos olvidarnos de magistrales pelis como la Hannah y sus hermanas, Maridos y mujeres, incluso Delitos y faltas y Misterioso asesinato en Manhattan.

Y ahora que me da por recordar a este hombrecillo obsesionado con la religión y el sexo, confieso que en algún momento llegué a fantasear con que podría venir a Ponferrada, cuando había una Escuela de Cine.

Si al geniecillo judío de Brooklyn le pareció que Oviedo es una ciudad exótica, o un pueblo ancestral, como un cuento de hadas, con Príncipe y Princesa incluidos, por qué la capital del Bierzo no podría resultarle un lugar fuera de serie, con castillo templario incluido.

Corría el año de 2002 cuando a este neoyorkino neurotiquín y descreído, que dejó el psicoanálisis para tocar el clarinete en lunes y de noche, le concedieron el premio Príncipe de Asturias de las Artes.

A decir verdad, a este director, actor que se interpreta a sí mismo, y jazzman se le ocurren cosas ciertamente ingeniosas, porque decir que Oviedo es una ciudad exótica no deja de ser una “boutade” con mucho sarcasmo. A uno, a menos, nunca se le hubiera ocurrido que Oviedo es una ciudad exótica, como un cuento de hadas. Pero es que uno no tiene el ingenio ni la chispa de Woody.

Viví durante cinco años en la ciudad vetustense y quiero subrayar que nunca se me apareció ningún ser sobrenatural, quizá alguna Caperucita, y hasta puede que alguna princesita, que en mi torpeza juvenil, de estudiantín "apalominado", no llegué a re-conocer. Ahora que lo pienso, en serio -qué cosas tiene esta vida-, sí tuve la suerte de toparme con alguna “carbayona”, o mejor dicho, con alguna perfumada y sensual rapaciña, espabilada y atrevida, quizá. Lo cual no está nada mal de cara al cuento en que vivimos.

Exóticas, por lo demás, se me antojan ciudades como Cuernavaca, Acapulco, Siracusa o la isla de Corfú, por poner algunos ejemplos que ahora me vienen a la chola, pero a Oviedo no se me ocurriría incluirla entre ese tipo de ciudades. Es evidente que cada cual tiene sus gustos y sus percepciones acerca de la realidad. Es como si me diera por decir que Ponferrada se me aparece como la ciudad austríaca de Insbruck en días en los que la nieve cubre la Sierra de La Guiana.

Woody Allen y su inseparable clarineteWoody Allen, a quien tuve la ocasión de ver, alguna vez, en el Hotel Reconquista de Oviedo, es un tipo huidizo, huesudo, blanco como la leche de las vacas pintas, que no cree absolutamente en nada, salvo en su hijita pequeña, que acostumbra o acostumbraba a cargar en brazos, incluso en las reuniones, como pretendiendo defenderse de algo o de alguien. Un mecanismo defensivo como cualquier otro. La risa, en ocasiones, también funciona como un mecanismo defensivo. Es una forma de calmar el nerviosismo interior.

Allen, además de uno de los mejores cineastas de nuestro tiempo, es un ser extraño, tímido tal vez, obsesionado con el sexo y la muerte, el Eros y el Tánatos, como bien nos dijera el doctor Freud. La vida, en realidad, no es más que sexo y muerte, bueno, con sus variaciones y tonalidades, como las que existen entre el blanco y el negro, que son muchas, por fortuna.

Al parecer, y como ya señalé, hace tiempo que Allen cambió el psicoanálisis y sus musas por el clarinete y sus hijas. El clarinete y sus hijas como terapia a sus neurosis de urbanita empedernido. Bueno, ahora ya sale de Nueva York y viaja mucho por el mundo. Hace tiempo que Allen toca el clarinete en un local de noche todos los lunes, incluso cuando la Academia lo invita a recoger algún Oscar, que no "apaña", porque siempre busca algún pretexto para darle por el “mofle” a la Academia de Hollywood. Sorprende, todo hay que decirlo, que haya venido por este premio de las Artes, de manos de nuestro Príncipe encantado, habida cuenta de que Woody es un ser ateo, un judío heredero del mejor humor de sus predecesores, como Billy Wilder o Lubitsch. Y luego nos quedamos boquiabiertos cuando rodó

Vicky Cristina Barcelona en la Asturies matria querida, regada (a la peli, me refiero) con vinos del Bierzo, casi ná moná. Cómo se pondría de motorola la fotosensualoide Scarlett, con sus morritos de catadora de vino y sus poses de femme fatale y mantis religiosa.

Michael´s Pub en New YorkLa primera vez que tuve la ocasión de estar cerca de Allen fue un lunes 24 de julio del 95 en el Michael’s pub de Nueva York, que nunca olvidaré. Luego del concierto, con la New Orleans Jazz Band, salió por "la puerta falsa" como un gánster asustado, intercambió unas palabras con algunas gachís fanáticas, y se perdió en una limusina negra en la estrellada noche neoyorkina. En este pub neoyorkino tocó durante 25 años. Y desde hace algunos años toca o tocaba, al parecer, en el café-club del hotel Carlyle. La segunda vez que lo vi fue en el Teatro Monumental de Madrid (año de 1996) con su banda jazzística. La tercera debió ser en la Vetusta de Clarín, y la cuarta en A Coruña (hace casi tres años) en otro concierto. Hasta siempre.


Match Point y el azar

Match point, quizá su mejor película o al menos una de las mejores -por lo demás rodada en Europa (Londres)-, nos sirve para reflexionar acerca del azar como motor de vida, sobre la realidad y la ficción. Desde que se inventara el cine como fábrica de sueños, y luego la telepantalla controladora y retorcida, vivimos y creemos más en la ficción que en la realidad, deseamos la representación de la realidad y no la realidad misma (de ahí que estemos enganchados a lo virtual), lo que nos vuelve trastornados, aunque la cruda realidad supere cualquier ficción. Si aceptamos el juego de que el cine es ficción, sueño artificial o pesadilla, que trastoca los marcos del tiempo y el espacio, al menos una gran parte del cine, esta peli cuenta con todos los ingredientes ficticios para embelesar al espectador. Y aun logra, lo cual resulta escalofriante, que el espectador se identifique con el tenista-trepa-asesino, que encima es un pusilánime. Si bien acaban encajando todas las piezas en su guión-rompecabezas, incluido el juego del azar con que se inicia la peli, este se me antoja puro artificio. Y aunque Allen logra sorprender al espectador con ese giro de guión casi al final -uno no se espera esa reacción del prota-, parece como sacado de su diván en un arrebato de neurosis. En realidad, Allen nos cuenta la historia de unos personajes sombríos y estúpidos, reflejo de la sociedad involucionada en que vivimos, donde el azar, que juega un papel definitivo, como en la vida misma, triunfa sobre el talento. Por azar vemos cómo se salva el asesino de las garras de la policía, lo que podría ser engañoso. Aunque en nuestra sociedad basura a menudo es el azar y no el talento quien decide nuestras posiciones en la vida. Tras una apariencia de santo varón, se esconde un hijoputa, que no sólo engaña a su mujer y la familia de su mujer, sino que acaba cargándose a su amante. Lamento deshilachar la trama.

El final se me antoja perverso porque consigue que nos identifiquemos con el asesino, y ya sabemos el poder hipnótico que ejerce el cine sobre las masas que gustan de imitar conductas cinematográficas. Por lo demás, es la suya una película pesimista y transgresora cuya idea de partida la podemos intuir en “Crimen y Castigo” del genial Dostoievski y en el cine negro, con una bella y sensual Scarlett Johansson en el papel de mujer fatal, que está para degustarla toda ella, aunque tampoco sea trigo limpio, aparte de esa reflexión final nihilista tomada de Sófocles, que nos remite a las puestas en escena tan del gusto de Bergman, en las que hacen acto de presencia los espectros humanos.

Allen, sin quererlo o queriéndolo, acaba haciendo un cine de calidad, y encima gusta al público.

Manuel Cuenya

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