Luis G. Berlanga con el Goya al mejor director por la película A estas alturas, no será necesario recordar que el cineasta Berlanga nos ha dicho hasta siempre (para aquellos que aún crean en otro mundo y todos cuantos creemos en el poder hipnótico del cine).

En realidad, hace ya años que este valenciano, con apariencia de patricio iluminado por la luz del mediterráneo y hechuras transgresoras (a sus musas-ninfas y a Azcona, su amigo del alma, gracias), nos dejó. Si bien sus últimos trabajos resultan reseñables, incluso París-Tombuctú (título ensoñador, que nos invita a volar, para una película desigual, en la que intervino la berciana Mapi Galán), son sus primeros trabajos fílmicos los más estimulantes e inolvidables, los más atrevidos y logrados, véanse, cómo no, la mítica Bienvenido Mister Marshall (coguionizada por Juan Antonio Bardem, con la ayuda de Mihura en los diálogos, e inspirada en La Kermesse heróica, de Feyder) o la antológica El verdugo (cuyo ayudante de dirección fue Muñoz Suay), por las que siento reverencia, tanto por una como por la otra, cada cual en su salsa y en su punto.

Mister Marshall porque arremete, siempre de un modo sutil, contra el imperio yanqui. Y El verdugo (apodo con el que se conocía a Franco en Italia), tanto por su puesta en escena, simbólica y grotesca, sus personajes tragicómicos, como la historia que nos cuenta: un pobre tipito (interpretado por el italiano Manfredi) que decide aceptar este horrible oficio (el de verdugo) para poder sobrevivir y conseguir un piso, el pisito.

Aunque conviene rememorar, asimismo, Plácido (y su motocarro..., nominada al Óscar como mejor peli extranjera, pero al final fue Bergman quien se llevó la gata al catre) y sobre todo Los jueves, milagro (o la aparición del santo Dimas en un balneario). Todas ellas en una línea esperpéntica, heredera del mejor Valle-Inclán, genio indiscutible de nuestra España polvorienta, corrupta y salvaje. Siento admiración por esos personajes, salidos de madre, que Berlanga nos muestra con una gracia desternillante, como si todos quisieran hablar a la vez, interrumpiéndose, intentando largarnos su verbo, aprovechando cada resquicio para colarse en nuestra mente. Soberbios los diálogos de estas películas.

Con estas cintas Berlanga fue capaz de burlar a la censura (aunque conviene recordar que El verdugo tuvo verdaderos problemas con los censores de la época, entre ellos el conocido Fraga), colándole goles espectaculares a los capullos del franquismo, que cortaban y recortaban todo aquello que atentara contras las normas y sanas costumbres, ellos que atesoraban en sus cholas retorcidas todo lo pútrido del universo. En tiempos de estrechez mental y penuria económicas, hay que avivar el ingenio, sacar la fusilería de lo imaginario y darle estopa a las ilusiones. Y Berlanga lo hizo "de vicio" o "de cine", a él que tanto le entusiasmaban las perversiones, como un marquesito... de Sade, a lo español. No en vano, el reivindicaba a Sade como uno de sus autores preferidos, aunque desde que se enroló en la aventura del cine, dejó de leer libros, aseguraba, él que hizo sus pinitos como cuentista, incluso como poeta, porque su cultura,  a partir de su ingreso en la Escuela de Cine de Madrid (donde acabaría siendo profesor), comenzó a ser audiovisual, esto es, analfabeta (según contaba él mismo).

Este señorito bien, que un día formó parte de la División Azul, azul para los rojos y rojo para los azules, y aun de las Conversaciones de Salamanca (que para él no fueron extraordinarias, como se ha dicho, sino un error histórico del cine español), nos ha obsequiado un cine único, genuino, bajo el sello de lo berlanguiano. De carácter solitario, eso sí en medio de la civilización o gran ciudad, solía decir, hijo del Neorrealismo italiano, sobre todo de Zavattini, amigo del maestro Fellini, heredero de la picaresca y el humor negro españoles, fallero y cañero, anarquista y supersticioso (le gustaba repetir aquello de "imperio austro-húngaro" en sus películas), fetichista y algo anticlerical (véanse sus personajes con sotana), Berlanga seguirá siendo uno de los grandes de nuestro cine.
 
Aparte de las películas mencionadas, también se me hacen interesantes Tamaño natural (película en la que lleva a la máxima expresión su fetichismo, en este caso por una muñeca hinchable, como sustituto de una mujer real, de carne y hueso) y La vaquilla (sátira grotesca, una vez más, acerca de los dos  bandos de la Guerra Incivil), que requerirían de un análisis. Ahora recuerdo que sobre La vaquilla llegué a hacer un análisis, en compañía de su director de foto Carlos Suárez, en la ex Escuela de cine de Ponferrada. Qué tiempos aquellos. También Chinín Burmann, uno de los más prestigiosos directores artísticos de este país, me recordó que Berlanga, de haber trabajado con talentos como Mastroianni o Alberto Sordi, hubiera llegado muy lejos, aún más lejos, que llegó sin duda, aunque sus actores y actrices fectiche, para este singular director de cine, fueran Isbert, Alexandre, Amparo Soler Leal, López Vázquez, Luis Escobar, Luis Ciges, Agustín González, Chus Lampreave, Vilallonga, y tantos otros, incluso el gran Michel Piccoli. 

Todas sus pelis "Nacionales" (La escopeta, Patrimonio y la III) ameritan de otro estudio. Hasta siempre.
 

Manuel Cuenya

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