Estatua de Chaplin en Leicester Square de Londres (foto Cuenya)El eterno vagabundo que, como en un cuento con final feliz llegó a ser nombrado Caballero (Sir) del Imperio Británico  por la reina Isabel II y consiguió un Óscar honorífico al final de su carrera, nos ha hecho reír y llorar de emoción a partes iguales, algo que sólo logran los genios. Y Chaplin era uno de éstos, porque para él el cine era ante todo emoción, más allá de la técnica y la acción.

Algunos críticos han llegado a señalar que el cine de Chaplin se asemeja al teatro en sus puestas en escena, en cuanto no le preocupaban ni la dirección de foto (sin contrastes ni sombras) ni la dirección artística, porque entre otras razones era algo que él no dominaba. Sí, en cambio, la dirección, la interpretación y la música. No en balde, él mismo compuso la música de la mayoría de sus pelis. "En ninguna estética se ha usado el llanto de esta manera tan pura -llegó a decir Lorca de Chaplin-. Llanto redondo, llanto en sí mismo". Sin embargo, tras un lenguaje cinematográfico aparentemente sencillo y una planificación funcional,  Chaplin contó con todos los medios de producción y una absoluta libertad para filmar y repetir tomas cuantas veces fuera necesario. En Chaplin también se da una conjunción perfecta entre intelecto y sensibilidad en todos sus personajes, como golfillo enamoradizo, mendigo apuesto, entre otros.
 
Heredero del humor de Max Linder, deudor del estilo de Sennett y cofundador de la United Artists, Charlot es un tragicómico -tras su risa y comicidad vemos su máscara trágica- que nos ha dejado y legado un patrimonio artístico insustituible. Sus interpretaciones nos siguen dejando boquiabiertos  y su buen hacer nos  hechiza. "La vida es una tragedia si la ves de cerca, pero una comedia si la miras con distancia", dijo este hechicero del humor, que nace y crece con el cine, porque es el cine mismo.

 
Este todoterreno de las artes escénicas -director, actor, guionista, productor, compositor, poeta- continúa cautivándonos con sus elementales puestas en escena y sus pelis atrevidas, impregnadas de humor y sapiencia.


Este niño pobre, cual personaje dickensiano, nacido en los suburbios londinenses el seno de una familia desestructurada, con un padre alcohólico, de origen judío, y una madre cómica y depresiva, cuyos orígenes gitanos, vía materna, nos lo aproximan a nuestra España cañí y caló, logró sacudirnos las entrañas porque el suyo es un cine para todos y todas, un arte universal lleno de matices caricaturescos y satíricos. Demoledor en ocasiones con la realidad. Como vemos en Tiempos modernos (sobre la deshumanización y la alienación del obrero impuesta por el maquinismo industrial y el capitalismo salvaje, con gran vigencia en la actualidad) o en El Gran dictador (sátira contra los sistemas dictatoriales y en concreto los fascismos).

Tachado de comunista y antinazi, Chaplin acabó abandonando a principios  de los años 50 -después de rodar su original y emotiva Candilejas- su matria de adopción, USA, para irse a vivir a la bella localidad de Vevey, a orillas del lago Lemán (Suiza), país en el que está enterrado.

Comenzó temprano su carrera como mimo y cantante en las calles de Londres, a principios de la década de 1910, que continuó hasta finales de los 60 del pasado siglo XX.  Su última peli es La condesa de Hong Kong, con Marlon Brando y Sophia Loren como protagonistas. A partir de entonces, a Chaplin se le diagnostica demencia senil, y entra en una etapa de decadencia hasta su muerte en 1977.


Su debut en el cine lo hizo con su característico bigotito y su indumentaria raída: sombrero, grandes zapatos de payaso, chaqueta ajustada, pantalones holgados y bastón. De la mano de su maestro Sennett, cuya productora era la Keystone, Chaplin rodó sus primeros cortos. Por discrepancias salariales, Charlot acabó separándose de Sennett, comenzando así una nueva etapa en la Mutual Film Corporation, donde rodó películas como Charlot prestamista o Charlot, músico ambulante.

A partir de 1918 hasta 1923 trabaja al servicio de la First National, donde realiza obras como Vida de perro o Armas al hombro, entre otras. «Mi primera película para la First National tenía un elemento satírico en su argumento. Establecía un paralelo entre la vida de un perro y la de un vagabundo», señala Chaplin. Se trata ésta de una etapa muy fructífera, pues llega a filmar más de 60 cortometrajes y mediometrajes.

Ya en 1919 rueda su primer largometraje El Chico (The Kid, 1921), obra enternecedora, en la que nos muestra su preocupación por los niños abandonados, en realidad su propia autobiografía, pues él también fue abandonado en un orfanato por sus padres. Este mismo año cofunda, con las estrellas del cine americano, Mary Pickford ("la novia de América"), Fairbanks y D. W. Griffith, la United Artists, productora que presidirá hasta la década del 50, y que le permitirá tener un control absoluto sobre sus películas, porque él será su propio productor. Entre sus  grandes obras de esta época, cabe señalar La quimera del oro, de 1925, y El circo, de 1928 (por la que recibió su primer Óscar), ambas películas mudas. Y es que Chaplin era un gran defensor y maestro del cine mudo, de la mímica refinada y la pantomima, siempre reacio al cine sonoro. En realidad, el cine es el arte de contar con imágenes.

De 1931 es otro clásico, Luces de la ciudad (que me hace recordar el título valleinclanesco de Luces de bohemia), una comedia sentimental en la que Chaplin interpreta a un vagabundo que se enamora de una florista ciega a quien ayuda a recuperar la visión. Película en la que Chaplin se toma la licencia de incluir -sin hacer mención, así son a veces los genios- la música de José Padilla, una versión instrumental de la Violetera. A Chaplin, en realidad, le gustaba tomar préstamos, por decirlo de alguna manera, porque Tiempos modernos (su siguiente peli, de 1936, a caballo entre el cine mudo y el sonoro), aun siendo una obra extraordinaria, es como un plagio de Á nous la liberté, de René Clair, eso sí, con cierta influencia de Metrópolis, de Fritz Lang. Y es que los grandes también se inspiran en otros grandes.

Con El gran dictador, de 1940, Chaplin -quien escribe, produce, dirige y encarna de un modo caricaturesco a Hitler (Hynkel)- se gana la enemistad y el desprecio de muchos, entre ellos del ministro de propaganda de Hitler, quien califica a Chaplin como judío despreciable. En España estuvo prohibida su exhibición durante el régimen franquista. Esta es sin duda una de sus grandes obras. Nominada al mejor guión original y mejor actor, aunque al final no se llevó ninguno.

Su siguiente película, Monsieur Verdoux, de 1947, sigue cosechando enemigos entre las autoridades y patriotas americanos. A partir de una idea del colosal Orson Welles, Chaplin plasma en pantalla la historia de un Barba Azul (el Señor Verdoux), un insignificante empleado de banco que, cuando pierde su empleo durante la depresión, decide casarse con solteronas viejas que luego asesina para quedarse con su dinero. Esta película propicia y acelera el abandono de Chaplin de los Estados Unidos. Aunque antes de poner tierra (o mar) de por medio, filma su última gran obra, Candilejas, de 1952, tal vez su peli más autobiográfica, sobre el mundo teatral, síntesis de su cine: las carcajadas y las lágrimas fundidas a la perfección. Comedia y (melo)drama a la vez. Un cómico alcohólico (en recuerdo tal vez a su padre) acoge a una joven atormentada y suicida (en recuerdo quizá a su madre) para que ésta recupere su afición por la danza. En el reparto contó también con la colaboración del entrañable Buster Keaton (otro genio del cine mudo). Destaca por su extraordinaria banda sonora, considerada por algunos críticos como una de las mejores de la historia del cine.

Ya en su última etapa londinense -Chaplin vuelve al punto de partida- dirige e interpreta Un rey en Nueva York (A King in New York, 1957), que es una crítica feroz contra la sociedad norteamericana, presidida por el maccarthismo, que él mismo llegó a sufrir como artista. Para su última película, La condesa de Hong Kong (A countess From Hong Kong, 1967), se rodea de los magníficos Sofía Loren y Marlon Brando. Y hasta el propio Chaplin aparece como camarero.

El cine de Chaplin ha influido en múltiples y variados cineastas, desde Woody Allen hasta Pasolini pasando por Fellini o Billy Wilder, entre otros.
En  Leicester Square (Londres), se puede ver su estatua.

Manuel Cuenya

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