Manuel Alexandre en una escena de la películaEs Berlanga uno de los mejores directores de nuestro cine. Como queda constancia con Bienvenido, Mister Marshall, Plácido y El verdugo, por poner sólo tres de sus obras, tal vez las grandes, porque nos ayudan a entender la situación histórica y la realidad social de nuestro país en un momento determinado, la época de posguerra "incivil".
 
En este mismo contexto socio-político y religioso, resulta interesante y curiosa, Los jueves, milagro, que tuvo una mención especial en la Semana de cine de Valladolid y consiguió el premio al mejor argumento del Círculo de Escritores Cinematográficos.

Una comedia con toques de fantasia, impregnada de humor negro, que se burla del fanatismo religioso de la gente humilde y de las fuerzas vivas (en definitiva de los políticos), que utilizan el engaño y la trampa para aprovecharse de los desafavorecidos. Asimismo, pone en evidencia la dificultad de comunicación entre los seres humanos y el sistema educativo de la época, basado en la letra con la sangre entra, que viviera el propio director. Sólo por esto, y por algunas secuencias e interpretaciones, ya merece un visionado o varios, ya puestos al tema.

Lástima que la censura franquista y la religión católica se ensañaran con ella -ya en la fase de guión-, hasta convertirla en una película masacrada, porque se observan claramente dos partes diferenciadas, a resultas de los  tijeretazos que le aplicaron.

Tras unos primeros 40 minutos magníficos, la película comienza a decaer con la aparición del actor Basehart (al que vemos en La strada de Fellini) y que no resulta convincente, ni su interpretación ni su presencia en escena. Bueno, esta es al menos mi opinión al respecto.

Se hicieron incluso varias versiones del guión, «se suprimieron y añadieron escenas, intervino otro director —Jorge Grau— en el rodaje de imágenes adicionales, se introdujeron cambios de diálogo en la mismísima sala de doblaje y el lioso desarrollo del proyecto culminó hace unos años en el descubrimiento por la Filmoteca Nacional de dos versiones distintas y acabadas de la película».

 

Coproducción hispano-italiana

Desafortunadamente, el productor inicial de Los jueves, milagro, vendió la productora a una empresa del Opus Dei, que se mostró naturalmente en desacuerdo con el ataque contra la iglesia que proponía su director, Berlanga, y lo obligó a que se apareciese el verdadero San Dimas, y que su intervención milagrosa sanara a los habitantes de Fontecilla y castigara a las fuerzas vivas del pueblo por atreverse a tomar el nombre de un santo en vano.

Entre los cortes más notables, se suprimió, en un principio, la noticia sobre la Virgen de Fátima que aparece, al comienzo de la peli, en el periódico que lee don Ramón (interpretado por el actor Alberto Romea, que hiciera de hidalgo en Bienvenido Mister Marshall), y que en Los Jueves, milagro es el dueño del balneario.

La censura llegó a proponer, además, que la historia fuera un sueño de don Ramón, debido a una copiosa comida. Y el propio Berlanga cuenta cómo el censor religioso le preparó 200 páginas de revisiones sobre el texto inicial. Y encima, aunque obtuvo una mención de honor en el Festival Internacional de Valladolid, no contó con la aceptación del público del momento -apenas tuvo 236 espectadores y sólo permaneció diez días en cartel cuando se estrenó en el cine Capitol de Madrid en 1959-, lo que supuso un gran fracaso en taquilla (no convenció ni a unos, los conservadores, ni a otros, los más progresistas, que entendieron la peli como una muestra más del cine religioso de la época), lo que provocó que Berlanga tardara cuatro años en volver a dirigir, si bien se despachó con dos obras maestras: Plácido y El verdugo, que vuelven a la carga mostrándonos nuestra miseria económica y la espeluznante pena de muerte. Eso sí, tratadas con el característico humor, en ocasiones negro, berlanguiano.
El arranque de Los jueves, milagro -a modo de prólogo de un cuento- me hace recordar el comienzo de Bienvenido, Mister Marshall. No en vano, a Berlanga le fue bien con su primera película en solitario como director, y trató de probar algo similar con Los jueves, milagro.

Un plano panorámico, desde un alto, nos muestra la llegada de un tren (imagen cinematográfica por excelencia), anunciado previamente por su silbido, mientras una voz en off (acaso por influjo del neorrealismo) comienza a presentarnos la historia. La cámara, mediante un plano secuencia, que tanto gusta a Berlanga, sigue al tren. Ni siquiera el tren se detiene, viene a confesarnos la voz en off. ¿Qué ha ocurrido para que no se detenga ni el tren en este pueblo? Pero hay cosas que no han cambiado, por ejemplo, la gente de Fontecilla (en tiempos famoso por su balneario y ahora dejado de la mano del Señor): el lugar en que se desarrollará la acción dramática durante algo más de una semana.

A continuación la cámara nos introduce en el pueblo, con una maravillosa estampa neorrealista: una bici apoyada en una pared, un carro de las vacas en medio de la calle y un hombre sacando a su burro de la cuadra, a la vez que la voz en off sigue contando: "Aún esperan que la Diputación les instale el nuevo alcantarillado".

Luego vemos a una mujerica, tras la cual hay un cartel publicitario: "Beba Coca-coca. Deliciosa". Un guiño propio del humor berlanguiano. Una vez más. "Ya no está de moda el balneario de Fontecilla. Ya nadie compra sus tarjetas postales ni sus aguas calciconitrogenadas que lo curaban todo". A partir de ahí, surge el conflicto: ¿qué hacer para atraer a nuevos visitantes al pueblo de Fontecilla? Pues nada mejor que inventar algo, como hacen en Fátima o en Lourdes, que se aparezca San Dimas cada jueves para promover las aguas curativas y milagreras de Fontecilla. La farsa está montada. Sólo queda echarla a andar.  

La influencia del neorrealismo italiano (véase Milagro en Milán de De Sica o incluso Las noches de Cabiria, de Fellini, del mismo año) es evidente no sólo en la voz en off del arranque sino en el uso de actores no profesionales para dar vida a los habitantes del pueblo, así como el retrato de una sociedad rural, con sus propias reglas.

Resultan cómicas y esperpénticas las escenas de la escuela, en las que Berlanga reconoce que plasmó algunos recuerdos de su infancia, y se me antoja magistral la puesta en escena del "milagro" (tan felliniana), donde el cine y la fe aparecen hermanados creando una magnífica ilusión. Puro espectáculo pirotécnico.

Se recrea "el milagro" en un "improvisado" plató cinematográfico, con la tramoya necesaria (incluidas las bengalas y cohetes) y los actores interpretando sus papeles: Pepe Isbert haciendo de San Dimas con barba postiza, faldón y su aureola de hojalata; Don Evaristo como director de fotografía, proyectando sus luces, Don Luis como atrecista y responsable de la música celestial y los efectos sonoros, Don Salvador en su papel de director, con la ayuda de Don Ramón, que ejerce como productor y de Don Antonio, como encargado de la escenografía. Todo ello con el fin de despertar al pobre Mauro (interpretado por el genial Alexandre) que, hasta entonces, dormía con placidez, el cual acaba poniéndose de rodillas, extasiado, ante tamaño "milagro". 

Una auténtica farsa, porque hasta San Dimas se lo olvida lo que tiene que decir, y encima suena una música nada celestial en el tocadiscos. “Españoles y extranjeros… serán curados todos vuestros males con las aguas de Fontecilla”, acaba pronunciando San Dimas. 

El punto de partida de la película, según Berlanga, fueron las apariciones de la virgen en Cuevas de Vinromá, un pueblo valenciano. El primer esbozo de la película lo escribió Berlanga con el gran maestro del neorrealismo, Cesare Zavattini.

La película está rodada en los Estudios Chamartín y fundamentalmente en el pueblo de Alhama de Aragón (Zaragoza).


La estructura inicial de Los jueves, milagro, obecía, como en otras de sus obras, al famoso arco dramático berlanguiano: un grupo de perdedores que pretenden mejorar su situación vital, y aunque por momentos parece que lo conseguirán, sólo logran acabar en una situación aún peor de la que estaban. Pero la censura mutiló el sentido original de la peli: mostrar la dramática realidad de un pueblo incomunicado, que acude a un supuesto manantial curativo para solucionar su precaria situación, y la consiguiente intervención de las fuerzas vivas (el alcalde, el maestro, el médico, el farmacéutico, el terraniente y el propietario del balneario), que se aprovechan de la fe y la ignorancia de los oriundos de Fontecilla, para enriquecerse a su costa. 

Esa es la esencia de la película: mostrar la dramática contraposición entre la masa deprimida, que busca desesperadamente salir de su miserable situación, y las fuerzas vivas del pueblo, que se valen del engaño para tratar de medrar su posición. Pero el final está emponzoñado por el espíritu ultracatólico de la época. De modo que los pícaros que urden la trama para aprovecharse de los habitantes del pueblo desisten de sus intenciones, movidos por un sentimiento de culpa y de arrepentimiento.

Una vez más, se trata de una peli coral, en la que destacan algunos personajes. Las mujeres, por su parte, carecen de protagonismo, pues son beatas sin voz propia, salvo Doña Paquita, que adquiere cierto peso como organizadora de la Santísima cofradía de San Dimas. Resulta fascinante la interpretación de Alexandre en su papel de tonto del pueblo, que vive en un vagón de tren. Y entrañable y cómico Pepe Isbert como San Dimas.

 La escenografía del final se nos muestra como de otro tiempo, y aun de otro mundo, ya muerto, cubierto con sábanas, polvo y telarañas.

Ahora me viene a mientes que, en Noceda del Bierzo, con nuestros abundantes y saludables manantiales curativos, podríamos inventarnos algún santo o santa milagrera (La virgen de las Chanas, pues, pero en plan potente) para atraer a los foráneos de todo el Bierzo Alto y Bajo, incluso las Omañas, La Cepeda, la Cabrera y toda la cotorna. Un balneario en Noceda haría las delicias de todos los visitantes. Ánimo, a ver si lo logramos, con la ayuda de Pepín el del Cubano y otros cuatro o tantos más. A darle.

Manuel Cuenya

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