Avalada por el Premio a la Crítica Internacional en el Festival de Cannes, donde se proyectó por primera vez en público, y calificada como gravemente peligrosa por la censura franquista (moralizante), Muerte de un ciclista es un clásico imprescindible de nuestra cinematografía, que no deja indiferente a nadie, por lo que cuenta y cómo nos lo cuenta. A los burócratas del aparato franquista les impactó sobre todo la relación que existe entre los protas, sin embargo, y por fortuna, no lograron ver el alcance y trasfondo social y político de esta obra. "Una película de toma de conciencia", según el inolvidable Haro Tecglen, que en más de una ocasión tuvo que desmentir, ante la Guardia Civil y la policía, que Bardem no era comunista, porque ser rojo en aquellos tiempos, en medio del facherío andante y rampante, era algo terrible, claro,

El propio título, en clara referencia al Ladrón de bicicletas, del maestro italiano De Sica, nos recuerda la impronta neorrealista (o realismo crítico) de este film, que, a partir de la psicología de dos personajes unidos por una pasión/amor, hace un retrato social de una España franquista, con acusadas diferencias entre la alta burguesía (viajando en coche) y la clase trabajadora (moviéndose a pie o en bici). La bici (en realidad, el ciclista) como símbolo de una clase social (la baja), que abre y cierra la película. Y a mitad de película, aproximadamente, vemos un plano, casi onírico, de una calle húmeda que recorren varios ciclistas.

Se trata de una peli excepcional, tanto desde un punto de vista narrativo y actoral (excelente), como en su factura técnica (visual), que se traduce en una elaborada planificación, con intensos y milimetrados primeros y primerísimos planos de los rostros de los personajes principales, un sabio desarrollo y encadenamiento de escenas y secuencias, un buen manejo del sonido y la música, una inmejorable utilización de la luz en cada imagen y una adecuada dirección artística o decoración.

Es una coproducción hispano-italiana, guionizada y dirigida por Juan Antonio Bardem, un cineasta verdaderamente comprometido con la estética y la ética (aquí también se plantea el dilema de los principios morales versus la supervivencia de los protas), e interpretada, de un modo magistral, por la bella Lucía Bosé (en su papel de María José), que luce en estado de gracia, y Alberto Closas (en su rol de Juan). Dos grandes actores, que encarnan a dos potentes personajes: un profesor adjunto universitario, soltero, atormentado, y una mujer calculadora, ambiciosa, egoísta, casada con un rico industrial, Miguel de Castro (interpretado por el actor Otello Toso, que da un buen perfil). Ambos son dos antiguos novios de juventud que continúan manteniendo una relación amorosa en secreto (el amor clandestino como símbolo y sueño en una España reprimida y oprimida, vigilada, falta de libertades, aislada, subdesarrollada, con doble moral, sustentada en las falsas apariencias). Pero un día ocurre algo inesperado (el punto detonante): En una de sus quedadas, mientras viajan en el coche de ella, atropellan a un ciclista (un obrero), al que abandonan aún con vida, por miedo (siempre el miedo como algo paralizante) a que se descubra su amorío. Y ahí que se monta el cirio. A partir de este suceso azaroso, y este arranque inquietante, spbrecogedor, se contruye la narración de esta intriga criminal, que nos mantiene en vilo hasta el final, con varios y bien administrados puntos de giro, a medida que asistimos, como espectadores, a una atmósfera asfixiante, opresiva, enrarecida, donde se palpa la amenaza y la fatalidad, la tragedia final, en definitiva. Aparte del neorrealismo italiano, que impregna esta cinta -véase sus semejanzas argumentales con Crónica de un amor, la ópera prima de Antonioni- son evidentes las influencias del cine negro americano.

En Crónica de un amor (1950) también veíamos a una joven Lucía Bosé, casada con un acaudalado industrial, que se reencontraba con Guido, su antiguo compañero de estudios y amante. Una peli que nos devuelve a esa mítica novela de James M. Cain, El cartero siempre llama dos veces, también adaptada al cine tanto por Visconti, bajo el título de Obsesión (1943), así como por otros destacados directores: Tay Garnett y Bob Rafelson.   

La acción dramática de Muerte de un ciclista se desarrolla en Madrid y alrededores, durante unas semanas del otoño/invierno de 1955. La peli se rueda asimismo entre 1954 y 1955 en escenarios exteriores naturales de Madrid y en los Estudios Chamartín (Madrid). Sobresale una foto en blanco (grisáceo) y negro, que nos muestra las barriadas y poblados míseros, con calles sin asfaltar, y ropa tendida colgando en los exteriores de los corredores de las casas, reflejo evidente de una España pobre.

En este drama, aparte del triángulo amoroso, constituido por los protas y el personaje que actúa como marido de Lucía Bosé, destaca un cuarto personaje en discordia, Rafael Sandoval, interpretado por el magnífico actor uruguayo Carlos Casaravilla Rafael Sandoval, en cuyo papel como cínico y cabroncete amenaza con chantajear al personaje de Lucía Bosé, mientras vemos a Juan (interpretado por Closas) con claros remordimientos de conciencia, que se traducen en una grave crisis anímica y un replanteamiento vital: abandonar la docencia y su relación amorosa. Asimismo, destaca un quinto personaje, Matilde, la estudiante que simboliza la solidaridad en una España de burgueses insolidarios, algo así como la nueva oposición al régimen franquista que se está incubando en las aulas universitarias. Una solidaridad altruista apoyada y respaldada por todos los estudiantes al completo, que se reunen y gritan en el exterior del Campus universitario pidiendo la dimisión de Juan Fernández, el profesor adjunto de Geometría Analítica, enchufado a su vez de su influyente cuñado Jorge. También aquí, Bardem mete el dedo en la llaga en el endogámico sistema universitario, que pone a dedo a sus profes. 

La peli se cierra de un modo parecido a como se abre: un coche a toda velocidad, un ciclista que se cruza en su camino (en este caso interpretado por el siempre brillante Alexandre, aunque aquí su aparición sea tan sólo figurativa) y zas... Os recomiendo que veáis la película.

Manuel Cuenya

 

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