Escenas de cine mudo


Julio Llamazares es quizá uno de nuestros mejores escritores, uno de los más grandes... de este país. ¿De qué país?, diría Julio. Del llionés o lleunés... del astur... del galaico... Así es este leonés, que vive en Madrid, y al que le gusta viajar por el mundo "alante", al igual que le entusiasman los libros de viajes, incluso los malos, asegura él, antes que esos productos-novela, tan propios de nuestra época.

La relectura de Estambul, de Pamuk, quien ve esta ciudad, la suya, en blanco y negro, me ha devuelto al pueblo de infancia de Llamazares, Olleros de Sabero, que aparece retratado en blanco y negro en esa obra tituada Escenas de cine mudo. Confieso mi devoción por este libro de Llamazares, al igual que por casi todo lo que ha escrito este paisano y conocido, a quien tuve la oportunidad de ver y saludar hace unos días, con motivo del Festival de cine de Astorga, que este año rindió homenaje a Felipe Vega, amigo y director de Elogio de la distancia, documental poético en el que intervino Llamazares como guionista. Dicho lo cual, paso a reseñar Escenas de cine mudo.

Tras la dedicatoria, que resulta conmovedora (A mi madre, que ya es nieve), Julio nos deja bien clarín clarete, desde el inicio, que toda novela es autobiográfica y toda autobiografía ficción. Y sin darnos tregua, como si nos asestara un golpe en el cerebro (Mientras pasan los títulos de crédito), nos somete de nuevo a otro hachazo lírico, reflexivo: "la pregunta no es si hay vida después de la muerte; la pregunta es si hay vida antes de la muerte". A partir de aquí entramos, bajo hipnosis, al mundo de los recuerdos, sus recuerdos de infancia en Olleros de Sabero: "un sitio en el que la vida transcurría solamente en blanco y negro". "Un poblado minero perdido entre montañas y olvidado de todos en un confín del mundo, donde su padre ejercía de maestro y donde el autor aprendió, entre otras cosas, que la vida y la muerte a veces son lo mismo". "Un pueblo duro y violento (por más que lo rodeara un bucólico y bellísimo paisaje) -recuerda Llamazares-, en el que se hacinaban y vivían más de ochocientas familias. Un pueblo, en definitiva, que podríamos situar en los confines del Bierzo Alto o en Laciana.

Julio Llamazares

Estructurada en 28 capítulos, hilvanados todos ellos por la memoria, el paso inexorable del tiempo y la mirada poética y cinema-fotográfica del autor, esta obra puede leerse como un todo o bien por capítulos, sin tener que atenerse al orden que figura en el índice, porque cada fragmento es una pequeña obra de arte en sí mismo, aunque algunos merecen una especial atención y relectura.

Con el permiso de mi estimado Justo Fernández Oblanca (ex Decano de la Facultad de Educación de la Universidad de León, quien por desgracia nos dijo adiós para siempre este verano), retomo estas Escenas de cine mudo, cuya literatura también le entusiasmaba.

Cada capítulo de esta obra evoca el título de alguna canción o de alguna peli. Todos me gustan, aunque hay algunos por los que siento predilección, como el segundo: Retrato de un fantasma (que me devuelve a mi propia infancia de escuela rural), el quinto: Se vive solamente una vez -Hay que aprender a querer y a vivir./ Hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras...- (que nos traslada a esa Lisboa portuaria, donde existe un bar, el British Bar, en cuya pared hay un viejo reloj que preside la barra, en el que, milagrosamente, las agujas y el tiempo discurren al revés). Doy fe de ello.

O el séptimo capítulo: El frío (sobre los recuerdos y el frío feroz, afilado y terrible, a veces blanco de nieve y otras negro por el polvo de la mina. El blanco de la nieve y el negro del carbón como colores que definen esta novela en blanco y negro); el capítulo doce: Pulmones de piedra (dedicado a la minería y a un minero silicótico, que tan de lleno nos toca a los bercianos y que tantos estragos ha causado -la silicosis- en nuestra comarca); el capítulo trece: La memoria enterrada (en el que nos relata su entrada en una mina o chamizo del Bierzo. La memoria -escribe Llamazares- es una mina oculta en nuestro cerebro. Una mina... llena de sombras y galerías... tan profunda como los hundimientos de nuestros sueños); el capítulo quince: La vida en blanco y negro (es quizá uno de los más logrados, como una síntesis de toda esta novela); el capítulo veinticuatro: Huérfano en la catedral (en el que Julio nos relata su descubrimiento de la ciudad, León, y su mirada lírica hacia la catedral: "era un sueño, una fotografía, un decorado de cine alzado en medio de la ciudad).

Escenas de cine mudo es como un Amarcord escrito sobre la pantalla blanca y negra de la realidad, de una realidad cruda, cercana, familiar, que sentimos como propia: "con los hijos de esos mineros para los que la vida no valía más que una partida de cartas (acostumbrados como estaban a jugársela allá abajo), fue con los que yo aprendí todo lo realmente importante que he aprendido con los años". Lo que se me antoja definitivo.

Manuel Cuenya

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