Paco UmbralRecuerdo que la muerte de Umbral me pilló viajando por el sur de Marruecos, y cuando me enteré, a través de mi amigo Javi, sentí escalofríos, a pesar del calor desértico, tantos como los que experimenté al leer por primera vez Mortal y rosa, ese libro en prosa poética, inmenso poema escrito después de la muerte de su hijo por cáncer, cuando sólo contaba con seis años de edad. Y es que casi nadie logra sobreponerse a la muerte de un hijo, tal vez porque resulta anti-biológico, va contra natura.  Mas el gigante Umbral consigue transfigurar el dolor, hacer de la muerte un arte sublimado, una obra que nos revienta el cerebro y nos devuelve a nuestra condición de primates, al paraíso perdido del que a lo mejor nunca debimos salir, pero como hemos salido/progresado ahora debemos asumir nuestro compromiso con la cultura, que por lo demás no deja de ser algo postizo, como señala el propio autor: “hemos hecho toda la cultura con manos de asesino”.


Mortal y rosa, que toma el título de un poema de Pedro Salinas, es una obra lírica, monumental, definitiva, que nos adentra en la filosofía de la vida/muerte, y nos ayuda a reflexionar acerca del tiempo, la lectura y la escritura, el cuerpo y el alma, el sexo, los sueños y la razón, los sentidos, la lucidez y los delirios, la infancia, la juventud y las mujeres, los muertos que seremos, aunque nos asombremos de estar vivos… “Puedo escribirlo todo, pero la literatura es la distancia definitiva que perpetuamos entre nosotros y las cosas…”. “El sexo es la moneda con que hemos decidido pagar y cobrar la vida”. “Oler es una actividad poética. El olfato es quizá el sentido más lírico”. “La literatura y la pintura son vertiginosas porque huelen”.

Considerada por algunos como su mejor libro, Umbral nos ha dejado una obra ingente y sublime, casi sin interrupción, aunque no fuera del todo considerado en la literatura y haya trascendido más incluso su genio (mal genio) y sus caprichos que su propio hacer periodístico/literario. Algo que sólo ocurre y puede suceder en un país como el nuestro, en el que los mejores de verdad nunca son bien vistos por la mediocridad malpensante, el vulgo, la masa -que diría el filósofo Ortega y Gasset-, estabulada en lo política y académicamente correcto. Por eso a Umbral, lírico y terrorista en el lenguaje, inventor de palabras, hijo directo y espiritual de los grandes como Quevedo, Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna, nunca fue admitido en la Real Academia de la Lengua española.  
 
Umbral es como nuestro Henry Miller español, lo que reconoce en Diario de un escritor burgués. Y en Trilogía de Madrid lo cita: “leía yo mucho a Miller en Vallecas, ediciones clandestinas de Losada con olor a nafta y huevos con panceta”. El coloso Umbral, sublime sin interrupción, ha sabido retratar, como nadie, nuestra España.

La  prosa de Mortal y rosa está hecha de zambombazos líricos y lágrimas por un hijo muerto. Es comestible, convulsa, onírica y pictórica, porque lo daliniano también está presente. Escribir con la luz y los colores del pintor, insuflarle vida, carnalidad, a las palabras. Es un magnífico diario en el que se nos revela él mismo, desnudo, y a la vez nos muestra las esencias y miserias del ser humano. “Yo soy confuso, difuso, neblinoso”. O bien esta reflexión, cargada de poesía, que se me antoja definitiva: “He conocido la única verdad posible: la vida y la muerte… de mi hijo, y sin embargo he optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño... No os creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba. Soy un farsante. El solo hecho de seguir vivos nos constituye en farsantes”. En otro pasaje escribe: “Lo que nos aterra de la calavera es descubrir que es también una máscara” “Llevamos la verdad por fuera, la carne, y la máscara por dentro”.

Umbral, a través de un conmovedor monólogo y una lírica sazonada de muerte, nos sumerge en el mundo de los sentidos: “el tacto es ciego, el olfato es galopante. La boca es frenética. El oído es torpe. Sólo el ojo alcanza la totalidad”.  Y sobre todo nos adentra en el vertiginoso mundo de los olores, que impregnan la literatura y la pintura, en el olor acre y selvático de los libros, y el perfume fresco y denso de la pintura, porque el olfato es, según el autor, la mirada del alma. El hombre empieza siendo un perfume. La vida se inicia como aroma. También nos invita a darnos un paseo por las estaciones del año. “Escribo este libro en verano… el único trasunto posible del paraíso perdido”, “Abril, pozo verde lleno de doncellas ahogadas que tejen el lino de las profundidades y suspiran a la luna en las noches de coito”. “La primavera es una corona de novia”. “Otoño. Astenia. Un cielo vacío, enteluces y entremuertes”. “Ahora me veo condenado a vivir para siempre en el frío ferroviario de las estaciones”. Con estas pinceladas de pintor impresionista, Umbral siente el mundo, “la farsa del vivir, duplicada siempre por la farsa escribir” en un tiempo que “es un caballo que llora como una máquina sentimental”, como él llora por su hijo, “que es el interior dulce y pajaril de la vida”, su única verdad. “A la mierda con todo”, porque “tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos”, aunque Umbral parece preferir la lucidez mediocre al delirio, y cree más en la lírica que en la psicología. El tiempo como herida y sangre del escritor. El éxito como algo agresivo, la gloria como homicidio, la fama como violencia, la popularidad como agresión, porque la verdadera historia está en el cuerpo de un obrero. Ellos han movido el mundo, aunque ya sabemos que todo se ha fundado sobre un engaño, sobre una falsedad, porque el mundo descansa en el explotado o avanza sobre cadáveres. Y Umbral se reclama como el único cadáver que ha escrito un libro en la historia de todos los tiempos, aunque lo más directo –asegura él- sería no escribir, “porque escribir es una cosa pasiva, receptiva..., mientras que leer es algo activo, creativo, voluntarista. No obstante,  escribir es algo que no puede dejar de hacer porque Umbral vivió por y para la literatura:

“Jamás he salido del ámbito mágico de la literatura… He vivido el mundo intensamente, pero literariamente”, se confiesa.

Umbral compone un espléndido diario, un diario íntimo que nos trastoca por momentos, sublimes sin duda, y  nos ayuda e invita a mirarnos tanto al interior como al exterior, un libro de cabecera, al que uno regresa en momentos de insomnio, en busca quizá de alguna quintaesencia. Al final, “tanto fruto de muerte ha dado una flor de sueño: la imaginación”, la poesía desgarradora y bestialmente hermosa de un escritor de talla enorme, que algunos dicen que nació en la provincia leonesa, acaso en Valencia de Don Juan, tal vez en Mansilla de las Mulas. Pero esto daría para otra historia.

Manuel Cuenya

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