George OrwellOrwell, que luchó contra el fascismo incluso en la Guerra Incivil española, en concreto en el frente de Aragón (como queda constancia en su Homenaje a Cataluña), fue un escritor en verdad comprometido con la sociedad de su tiempo, y siempre cercano a los débiles, los oprimidos, los perseguidos. Él que conoció el fascismo de primera mano llegó a la conclusión de que es inútil ser “antifascista” en medio de un capitalismo salvaje, porque el fascismo no es más que un desarrollo del capitalismo, y en estas seguimos, cada día por peores derroteros. Todo lo manda la guita, y los gobiernos no son más que marionetas al servicio de los tiburones financieros, el supra-sistema caníbal, el Gran Dictador, el Gran Hermano. Infalible y todopoderoso como un Dios.

Aparte de 1984, Orwell escribió Rebelión en la Granja o Granja Animal (Animal Farm), una genial fábula o sátira sobre la revolución rusa. Unos animales se rebelan contra su amo, el cruel y borracho Jones, y se hacen cargo de la granja.

TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES,
PERO ALGUNOS ANIMALES
SON MÁS IGUALES QUE OTROS

Las tres consignas del Partido:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

La novela de Orwell, 1984 (o El último hombre de Europa, como en un principio quiso titularla su autor), sigue sorprendiendo por su actualidad. Escrita en 1948 (de ahí la inversión de los dos últimos dígitos, 48/84) conserva esa rabiosa vigencia, como si Orwell la hubiera escrito hoy mismo. No se trata de una obra de ciencia ficción (“no es una profecía, es una advertencia”), sino de un libro antiutópico, contra-utópico o distópico (de una utopía perversa y vuelta del revés como un condón pinchado, al igual que ocurre con Un mundo feliz, de Huxley; Nosotros, de Zamiatin o Fahrenheit 451, de Bradbury, por ejemplo), cuyo análisis socio-político se me hace de una enorme lucidez. Una buena descripción de una barbarie real, vivida por muchas personas en el mundo actual. No hay más que echarle un vistazo a ese Big Brother o Gran Hermano, reflejo en pequeño de lo que Orwell nos muestra a gran escala. No hay más que afilar el hocico y avispar las entendederas para darse cuenta –qué importante es el darse cuenta- de que vivimos en un mundo que se parece incluso demasiado al que nos retrata Orwell en 1984: una sociedad totalitaria, insegura, represora (fundamentada en el odio al pasado y la abolición de la memoria: “el que controla el pasado, controla el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”), cuya policía del pensamiento, a través de sus chivatos, es capaz de colarse de rondón en nuestros cerebros, espiando puntual y certeramente cada uno de nuestras conexiones/desconexiones sinápticas, imponiéndonos una neolengua (minimalismo lingual, luego empobrecimiento de pensamiento) que nos impide pensar con claridad y de un modo objetivo, racional, filosófico, científico. Una neolengua estrictamente técnica, limpia de polvo y paja, o sea, de imprecisiones y vaguedades, desprovista de poder metafórico, simbólico, lírico, un lenguaje, en definitiva, maquinal, computerizado, que hace servil y obediente al ser humano.

Bien sabemos que el lenguaje es pensamiento, y sólo ha de podarse el ramaje lingüístico para que éste deje de darnos su savia/sabia. El resultado: un lenguaje mal hablado o pathablar (que recuerda el cuac-cuac de un pato), empobrecido, manipulado, achicado cual si fuera un mero código, todo esto como resultado del totalitarismo, que ejerce un control despótico sobre el ser humano, al que despoja de su dignidad y de su identidad, coartando asimismo su libertad de expresión y de pensamiento. Pues todos aquellos términos que no figuren en el Diccionario de la Neolengua, ya no podrán ser usados y, lo que es peor aún, ya no podrán ser pensados. Una sociedad en la que la escritura ha sido sustituida por el dictado oral al “hablescribe” y el “doblepensar” (facultad perversa y esquizofrénica de sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas). En buena medida, nuestra libertad reside en nuestra riqueza lingüística, y por ende en nuestro poderío de pensamiento. Mas con los mensajitos de móvil (mal escritos, naturalmente), los sms (apresurados), los chats pseudo-dialécticos y toda la vaina virtual y por tanto desnaturalizada, nuestra lengua está menguando a pasos agigantados. ¿Cuántos vocablos empleamos para sobrevivir en este mundo? ¿Cuántos necesitamos? ¿Por qué esa necesidad de eliminar la filosofía, y aun las Humanidades de nuestras enseñanzas? ¿Por qué no interesa la historia tal cual, y se prefiere silenciarla o reescribirla según los intereses del poder imperante? Un guiño a la Memoria Histórica. Y otro a la memoria en general. La importancia de la memoria, el papel del recuerdo como elemento revolucionario, según la famosa Escuela filosófica de Frankfurt. La esencia de la narrativa basada en el retorno a la memoria, como ocurre con Proust, por ejemplo. El pasado como enriquecimiento del presente. El placer intenso y embriagador de la memoria profunda, aromática, infantil. ¿Qué haríamos sin memoria? ¿Qué hacemos cuando desconocemos la historia? La historia es un rollo, la filosofía es otro rollo, decían algunos compañeritos de Bachiller. Sí, es un gran lío desconocer estas materias. Es una grandísima putada que nos oculten a grandes de la literatura, incluso hoy y en nuestra sociedad, acaso porque los profes también los desconocen (ignorancia por el tubo neumático, catódico y “apostódico” de los mass media, la cañería ciber-náutica, la cultura/incultura seriada, vacía, estéril y homogénea) y encima están bien adocenados. Ni siquiera ellos conocen a estos grandes de verdad que aspiran nomás a volar, a elevarse por encima del rebaño. Moral de manada. Como a buen seguro dijo el visionario Nietzsche. El triunfo de la actualidad artificial, postiza, fabricada por los medios de comunicación de masas. La historia convertida en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir cuantas veces sea necesario (entiéndase por y para el Partido único).

¿Por qué sólo interesa formar a aprieta-botones? Técnica va y viene como las olas irresueltas de alguna marejada. Tecnología en forma de telepantalla al servicio del poder, ese Gran Hermano que te vigila, que nos vigila aun en los sitios más recónditos (“en ningún sitio vigilaban con más interés las telepantallas que en los retretes”), mientras dormimos soñando (con) mundos imposibles, donde el amor y la ternura reinen con esplendor, bajo el Nogal de las ramas extendidas o el castaño poético de la sombra protectora.

O deseamos ser libres y autónomos, o bien preferimos estar protegidos a resultas del miedo atroz a la incertidumbre, a un futuro incierto. ¡Qué difícil es tomar decisiones por uno mismo, ejercer la libertad, cuando otro puede decidir por nosotros! El miedo a la libertad, que decía Fromm.

 Después de releer 1984 siento escalofríos, porque este es el mundo que nos está tocando vivir, donde el pensamiento, si lo hay, se vuelve débil, porque lo mejor es no pensar (el saber produce dolor, y en 1984 sólo se ofrece ignorancia y miedo: pilares que sustentan nuestro mundo). Sobre la ignorancia y el miedo, convendría volver al genial antropólogo Marvin Harris.

1984 nos habla de una sociedad monstruosa dividida en dos grupos (bipartidismo al canto), a saber, los que pertenecen al Partido Único (los poderosos y puritanos sexuales, aunque serviles al Gran Hermano, cuya negra cabellera y grandes bigotes negros, estilo Hitler, Stalin, incluso Aznar –me quemé, ay- paralizan a cualquiera) y los proles, aquellos que están a verlas venir (“a quienes se les permite la libertad intelectual porque no tienen intelecto alguno" y se les administran raciones deportivas, noveluchas sensacionalistas, pornografía barata a través de la sección Pornosec, etc.), atemorizados (“no era difícil mantenerlos a raya… no se castigaba su promiscuidad”), apartados del mundo político, que cuenta con cuatro “parajódicos” ministerios: el del Amor (encargado de los castigos y la tortura), el de la Paz (ocupado de la guerra permanente, cual si estuviéramos en Tierra Santa), el de la Abundancia (responsable de que el paisanaje viva siempre al borde de la subsistencia… o un ataque de nervios, como en Cuba), y el de la Verdad, cuyo personaje principal, Winston Smith, se ocupa de reescribir la historia en función de los intereses del Partido Único. Aparte de esta sociedad de Partido Único y los proles (éstos últimos “sólo podrían convertirse en peligrosos si el progreso de la técnica industrial hiciera necesario educarles mejor”), el mundo “virtual” de 1984 aparece dividido en tres grandes potencias: Oceanía, donde impera el “socialismo inglés” o Ingsoc y comprende el Reino Unido, América, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica; Eurasia, donde impera el neobolchevismo, que abarca la Unión Soviética (incluida la parte asiática) y Europa (excepto el Reino Unido) y Asia Oriental (“potencia más pequeña que las otras y con una frontera occidental menos definida, donde impera “adoración de la Muerte" o “desaparición del yo”, y engloba China, las islas del Japón y una amplia y fluctuante porción de Manchuria, Mongolia y el Tíbet.

Estos tres superestados están en guerra permanente. Y Oceanía siempre en guerra con Asia Oriental. Por eso “la guerra, al hacerse continua, ha dejado de existir”.  LA GUERRA ES LA PAZ. La finalidad consciente de estos superestados es la perpetuación de la falta de libertad y de la desigualdad social.

El Dormilón de Woody AllenEn 1984 es habitual que incluso a los rapacines se les enseñe a espiar y a denunciar las desviaciones de sus papaítos dispuestos a traicionar al Partido Único. La familia se convierte, por tanto, en una ampliación de la Policía del pensamiento. Recurso por medio del cual todos se hallan rodeados noche y día por delatores que conocen bien las intimidades. Algo espeluznante y que me hace recordar el castrismo. Sólo logra el Dictador mantenerse cuando cuenta con una chusma arrodillada que le lame el culo si es necesario. Por esta razón, no se puede confiar en nadie, ni en la propia sombra, porque donde menos se espera, puede saltar la liebre, y el delatado acaba desapareciendo, “vaporizado”.

Winston (acaso Churchill), el prota de la historia, aunque es consciente de la gran farsa que supone la reescritura y manipulación del pasado, acaba amando al Gran Hermano. Winston Smith hace sus pinitos amorosos con Julia, una joven de veintiséis años, promiscua y rebelde (que “vivía en una especie de hotel con otras treinta muchachas” “y odiaba al Partido”), y deciden afiliarse a un grupo de resistencia, conocido como la Hermandad, cuyo dirigente es el judío Goldstein (quizá Trotsky, otro subversivo). Pero no sirve de nada.

Encerrado y sometido a tortura, en la habitación 101, Winston acaba confesando sus creencias religiosas, sus perversiones sexuales, su relación con Goldstein, etc., y no le queda más escapatoria que amar al Gran Hermano.  

Al parecer, la Humanidad sólo puede elegir entre la libertad (que comporta riesgo, enfermedad y miseria) o la felicidad (que supone seguridad, salud y opulencia). A vuestra elección, queridos/as carnalitos/as.

Además de la novela, pueden verse algunas adaptaciones cinematográficas, más o menos libres y hasta libérrimas, como El Dormilón, de Allen;  Brazil, de Terry Gilliam o el Show de Truman, de Weir.

 

Manuel Cuenya

Comentarios  

0 #1 ¿?TOMÁS V. M. 19-11-2011 23:28
Interesante artículo. Voy a leer este libro y no sé sin embargo si habré hecho bien en leer el artículo antes que el libro, porque desvela algunas cosas quizás importantes....
0 #2 ---TOMÁS V. M. 04-01-2012 22:24
No es que leyera mucho del libro, en concreto solo los cuatro primeros capítulos de la Parte Primera, pero me pareció tan inverosímil y tal vez por ello poco interesante que abandoné. De todas formas para gustos....

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