Manuel Vicent, al que leía de vez en cuando en sus columnas de El País, me enganchó hace ya tiempo, desde que leyera sus reportajes de viajes –recuerdo con entusiasmo el que hizo sobre la ciudad marroquí de Fez- y también su novela, Balada de Caín, que me impactó, no porque fuera premiada con el Nadal en 1987, sino por su forma de narrar, tan llena de humor.

Recuerdo que este libro lo compré en Francia, traducido a la lengua francesa (la verdad es que no tengo perdón), en una librería de ocasión, de las muchas que hay en París, y me pareció extraordinario, incluso en lengua gala, que ya tiene tela el asunto.

Su forma de escribir, marcada por la luz mediterránea, los aromas frutales y marinos, además de la socarronería, con un punto siempre lírico, resulta vitalista y muy cercana. Es como si pudiéramos acariciar y paladear su prosa. Algunas de sus novelas, como Tranvía a la Malvarrosa ySon de mar han sido adaptadas al cine, con desigual fortuna.

Su obra, extensa y variada, lo convierten en uno de los grandes narradores españoles de las últimas décadas. Hoy he elegido Tranvía a la Malvarrosa, cuyo argumento da la impresión de que fuera autobiográfico, incluso el prota de la historia se llama Manuel, como el autor, y nos muestra la Valencia franquista y rural de los años 50, con sus chiringuitos y cabarets, sus cines y las canciones de Machín, a través de la mirada de un adolescente (levítico, nos aclara el autor) que aspira a convertirse en cura, en medio de un ambiente de perversión y crímenes, propios de la ruralidad y la represión de la época.

La historia del crimen de Amelita, a manos de un huertano oligofrénico, me hace recordar un episodio similar, ocurrido en Noceda del Bierzo a finales de los 50. En aquel caso, el crimen a guadañazos no llegó a consumarse, por fortuna para la chica, que hoy vive felizmente en Alemania.

Tranvía a la Malvarrosa nos cuenta un viaje iniciático, como el propio título nos indica, en el que asistimos, como lectores, a las peripecias y a la transformación de Manuel, que acaba descubriendo, de la mano de su padrino Vicentico el Bola (pintoresco personaje), el apasionante mundo de los placeres carnales: las prostitutas y otras chicas, como su amor idealizado, Marisa, y/o la francesa Juliette o Julieta (pues a ésta última también le llama Marisa), y ya adolescente decide abandonar la fe en Dios y en la iglesia y estudiar derecho y hacerse escritor, leyendo entre otros a Camus, a Gide, a Sartre, incluso a Ortega y Unamuno –como el autor de la novela-. De ahí su trasfondo autobiográfico. “Me debatía entre la fe en Dios y el placer que me exigían los sentidos”, nos cuenta el prota-narrador. Y añade a modo de reflexión que condensara su postura ante la realidad: “Yo no quería ser un portador de valores eternos sino un gozador de placeres efímeros. Empezaba a creer que había más estructura en un aroma que en cualquier pensamiento, más verdad en los sentidos que en la lógica”. Olé.

Vicent parece decantarse por los sentidos, materia con la que suele configurarse una novela, antes que por la razón. En cuanto a su viaje de iniciación, también nos aclara que: “Unos se van al desierto para descubrir la verdad, otros suben a la cima de un monte… unos se adentran en el bosque… otros se van a las cruzadas detrás del santo grial… algunos navegan en busca del vellocino de oro. Yo había realizado un primer viaje frustrado en el taxi de Agapito al burdel de la Pilar y ahora iba en el tranvía de la Malvarrosa junto a una chica francesa…”.

Estupenda novela, Tranvía a la Malvarrosa.

Manuel Cuenya

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