Monumento al gaitero - Ortigueira

Como cada año, la primera semana de julio (y desde hace ya varios) me encamino a Ortigueira, en busca de música, espiritualidad y bellos paisajes. Julio suele ser época de calores y sofoquinas, incluso en el Bierzo Alto, luego no hay nada mejor que viajar en busca de brisa marina, viento fresco, música y marisco. Comunismo y marisco para todos, como decía/cantaba Antón Reixa. Por lo demás, casi siempre llueve en Ortigueira, incluso en este mes veraniego.

Como si de una prolongación natural del Bierzo se tratara, que lo es, Galicia, esa tierra amorosada donde suenan las gaitas bajo un cielo casi siempre gris y la lluvia se vuelve arte, se convierte en el sitio perfecto para darle al baile y al sarao. Habida cuenta de que ésta es época de fiestas, festivales y dances varios, aquí y allá, resulta bien estimulante enrolarse en la aventura musical de Ortigueira, ese festival, ya legendario y familiar, que cada año y a comienzos de julio, desde hace ya unos cuantos (comenzó su andadura en el 1978, aunque durante algunos años, parón del 88 al 94, no se hizo), nos ofrece la posibilidad de ver y escuchar a aquellos músicos y bandas musicales que nos han hecho soñar despiertos al amor de la radio y los discos.

Ortigueira es un pueblo apacible, fresco y portuario que, llegado el Festival Internacional de música celta, se convierte en un gran escenario al que se suben los mejores músicos del mundo, al menos en su estilo, y un lugar atestado de gente dispuesta a tragarse y beberse lo que se le ponga por bandera. Música, puestos callejeros de artesanías, tenderetes improvisados de comida y bebida, chicas ofreciendo cervezas frescas entre la muchedumbre, tipos, con la botella de calimocho a cuestas, dispuestos, en algún momento de la velada, a duchar a los asistentes, recuas cargadas de comida y sobre todo bebida hasta los topes, supermercados que casi no dan abasto ante la avalancha de gentío y sobre todo ambiente festivo, con ganas de marcha hasta las tantas de la madrugada durante un largo y sustancioso fin de semana.

Escenario principal

Recuerdo algún año especial, en el que tocaron, entre otros buenos, los escoceses Phil Cunningham (un tipo cachondo y virtuoso del acordeón) y Aly Bain (un maestro del violín) que me pusieron los pelos de punta, los irlandeses Lúnasa o una espectacular banda bretona llamada Bagad Kemper, compuesta por cuarenta músicos divididos en tres grupos: gaitas, bombardas y percusiones.

Confieso mi devoción por el acordeón, un instrumento bien festivo, que da mucho juego en las romerías de los pueblos. En realidad, no hace falta más que un acordeonista para amenizar una verbena popular.

También guardo gratos recuerdos de bandas y músicos gallegos como Budiño, Carlos Núñez, Susana Seivane, Milladoiro, los rumanos Taraf de Haïdouks, los estadounidenses Béla Fleck & The Flecktones, los canadienses La Bottine Souriante, los míticos The Chieftains, los húngaros Marta Sebestyen y Muzikas (acompañados por el magistral Alexander Belenescu, músico asimismo de la Michael Nyman Band), los escoceses Capercaillie y Wolfstone, los suecos Hedningarna, Gaiteros de Lisboa, el vasco Kepa Junquera, el francés Alan Stivell o los siempre geniales Kroke. Grupo polaco al que ya he reseñado en este mismo periódico digital. Es probable, no obstante, que me haya olvidado de algunas bandas o grupos interesantes, que a lo peor tampoco llegué a ver.

Cristina Pato

En esta pasada edición volvimos a ver, de nuevo, a la espléndida gaitera Cristina Pato, los Gaelic Storm, Shooglenifty y a los Oysterband, entre otros. Por cierto, éstos últimos actuarán en breve (8 de septiembre de 2010) en el Festival Etnohelmántica de Salamanca.

Es Galicia, por lo demás, tierra hermosa en la que uno se siente muy a gusto. En el fondo sabemos que los bercianos, además de leoneses y/o astur-leoneses, somos galleguiños, y respiramos y sentimos –sobre todo hablamos y entonamos- como tales. Y prueba de ello es que a uno, cuando está en Galicia, nunca le preguntan si es de otro lugar, como ocurre cuando viajamos a Andalucía, Cataluña o el País Vasco, lugares éstos en los que acostumbran a confundirnos con gallegos.

Al berciano, en Galicia, lo tratan como a gallego porque los gallegos saben o intuyen que con quien hablan es como ellos. Con esto no pretendo reivindicar un regionalismo absurdo. Pues no hay nada peor que creerse el ombligo del mundo. Todas las tierras suelen tener su encanto. Mas Galicia es como un sentimiento arraigado, una morriña que uno lleva en el alma. A danzar a ritmo de gaita o cornamusa romana en Ortegal, Morouzos y aun en otros rincones.

Manuel Cuenya

Ajedrez - Encuentra la mejor jugada

Sudoku para todos

 

eldespertador