Pink Floyd

Pompeya: Era un rapacín cuando escuché por primera vez a Pink Floyd, lo que me causó una intensa y placentera emoción, que jamás he abandonado. Es como si de repente hubiera descubierto algo grandioso, que lo es. Y a partir de entonces comenzó mi devoción por su música, que se mantiene intacta hasta ahora, aunque durante algún tiempo no la tuviera presente.

Veranos interminables, aunque deliciosos, impregnados de música. Tiempo de felicidad, mientras contemplaba cielos estrellados al amor de Pink Floyd, y aun de otros grupos como Led Zeppelin, Deep Purple, ACDC, etc. Pero a mí siempre me entusiasmó el Fluido Rosa, y esa su psicodelia, su rock sinfónico y sideral, progresivo y atómico, que me hacía levitar y aun volar más allá del bien y el mal. Escuchando a Pink Floyd me siento cerca del universo, enroscado a los confines, dilatados y amplificados por sonidos de colorines.

En esta música llegué a encontrar algo trascendental, una especie de religación con la belleza y lo desconocido, una metafísica de lo sagrado, un espacio colmado de estimulaciones. Un chute maravilloso en todo el ADN de mi intra-ánima. Transcurridos los años sigo creyendo que los Pink fueron y siguen siendo divinos, avanzados, experimentales, vanguardistas. Grandes. Muy vivos e influyentes en determinadas músicas actuales.

No hay más que escuchar su disco Meddle y sobre todo ese poema sonoro titulado Echoes (incluido en el concierto de Pompeya). O la bestial Careful with That Axe, Eugene, incluida en su disco doble Ummagumma y también en este concierto celebrado a puerta cerrada en la ciudad bajo el Vesubio. Otro de sus discos interesantes (que también es la banda sonora de una peli) se me hace Obscured by Clouds. Por cierto, la banda sonora de la contracultural Zabriskie Point, del controvertido Antonioni, también es de los Pink Floyd.

También recuerdo con agrado aquel Atom Heart Mother (del que parecen renegar sus líderes, tanto Waters como Gilmour), que tuve a bien encontrar, en cinta, en una tienda de Ponferrada (Valfer, creo recordar) cuando era un adolescente. La madre con corazón atómico -en mi casete se ve una vaca pinta- y "el desayuno psicodélico de Alan" (incluido en la misma) me impactaron, tal vez por la cercanía sonora y el experimento granjero.


En el anfiteatro de Pompeya

Y lo que nunca olvidaré es su famoso concierto en el anfiteatro de Pompeya (Live at Pompeii), que vi por primera vez en televisión hace muchos años, y que conseguí en vídeo hace otros tantos. Recientemente, he vuelto a verlo y se me antoja sublime, no sólo por sus eflúvicas imágenes y el escenario (aunque una gran parte de éste está grabado en la "trastienda" y aun en los legendarios estudios de grabación de Abbey Road, donde los Beatles, por ejemplo, grabaron casi todas sus canciones) sino por sus sonidos, como de otro universo. Me fascina el batería o baterista Mason, que me deja boquiabierto. Recuerdo aquellas excursiones a Urdiales de Colinas desde el útero de Noceda del Bierzo. En esa época, ya mocitos, nos juntábamos un grupo de amigos y nos lanzábamos a la aventura de la montaña, en busca de algún pueblo escondido, siempre en compañía de música como alimento esencial. Y en alguna de aquellas caminatas por las veredas de la adolescencia nos dejábamos guiar por el tiempo (Time) de los Pink Floyd. On the run.

The dark side of the Moon nos tenía sorbido el seso. Era algo como de otro mundo, brillante y lunático, que nos hacía vibrar de gusto. Era habitual que los veranos de adolescencia dieran mucho de sí, porque en aquel tiempo el verano era toda una vida, y en nuestros paseos nocturnos a alguna población cercana -algunos iban a ver a sus novietas, que tal vez no lo fueran del todo- nos dejábamos arrullar, una vez más, por el Wish You Were Here y aquel Shine on You Crazy Diamond que, pasado el tiempo, descubrí que era un homenaje al psicodélico Syd Barrett, o bien nos guiábamos, en las luminosas noches de estío, por los balidos, gruñidos y ladridos de Animals (curioso disco). Al igual que me había ocurrido con Wish You Were Here, me enteré, transcurridos los años, que Animals tuvo su inspiración en esa bestial y hermosa novela conocida como como Animal Farm (traducida al castellano como Rebelión en la granja, y a la que ya he hecho alusión en este blog). Aparte de sus sonidos animalescos, me gustaba asimismo la portada de su disco, en la que figura una fábrica de ladrillo con sus chimeneas, sobre la que sobrevuela un cerdito, lo que me devuelve al viejo edificio de la MSP en Ponferrada, que ahora será la sede del Museo de la Energía. Guapo edificio, sin duda, que a su vez me traslada a Londres, y me hace recordar aquel mi primer viaje a la capital inglesa. A las afueras de London, en el recorrido en tren desde el aeropuerto de Gatwick al centro de la ciudad, llegué a ver una fábrica parecida a la que se retrata en la portada del disco Animals, de Pink Floyd.

A finales de los setenta (supongo que ya en los comienzos de los ochenta), me llegó The Wall (incluida la peli de Alan Parker -cuyo prota era el famoso Bob Geldof-, que llegué a ver en varias ocasiones en la discoteca Donald), con un toque más comercial que los anteriores, lo que dio a conocer, de un modo masivo, a estos genios de la música, que sin duda lo eran y lo son. Lástima que Wright ya se haya muerto.

El Muro, con el paso del tiempo, se ha convertido en un disco fetiche, alabado por unos y otros, y con gran proyección luego de la tan ansiada caída del Muro de Berlín. Conciertazo que se dió Roger Waters, acompañado de varios músicos como Sinéad O'Connor, Cyndi Lauper, Van Morrison, etc., en la capital alemana.

Seguí enganchado a su música con The Final Cut (que en verdad es como su corte o punto final, al menos de una etapa), hasta que llegó un momento en que casi les pierdo la pista. Por esta época cursaba estudios universitarios y comenzaba a escuchar otro tipo de músicas. No obstante, volví a retomar contacto con sus sonidos, ya en mi época mexicana, allá por los noventa, con su Momentary Lapse of Reason y The Division Bell. Incluso estuve a punto de verlos en la Ciudad Azteca. Cómo me hubiera gustado... Tengo que conformarme, nomás, con sus discos (y aun casetes), que de vez en cuando escucho para sentirme eremita en sociedad, alguien que todavía cree en la espiritualidad como forma de vida.

Manuel Cuenya

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