Alucinógenos o psicodélicos o drogas visionarias: Existe una gran cantidad de nombres para hablar de este tipo de drogas, ente ellos, alucinógenos, psicodélicos, psiquedélicos, drogas visionarias (según Escohotado), psicodislépticos, y aun psicomiméticos, por su capacidad para imitar a las psicosis. Y alucinógenos porque producen alucinaciones o "percepciones sin objeto", que es cuando percibimos algo que no existe (propias de las psicosis y esquizofrenias), que bien merecerían un capítulo aparte.

Los alucinógenos causan sobre todo alteraciones en la percepción de la realidad. Y sus efectos son muy variables, dependiendo tanto de la dosis como de las expectativas del sujeto y el ambiente que le rodea durante la experiencia. Cuando ésta resulta desagradable suele hablarse coloquialmente de "mal viaje".

Existen varias clasificaciones, entre ellas, la siguiente:

*Drogas visionarias Menores: cannabinoides como THC, CBD, CBN; Éxtasis (MDMA), MDA (píldora del amor), etc.

*Drogas visionarias Mayores (psilocina, psilocibina, DMT, etc. Derivados del ácido lisérgico como LSD, LSA o Ergina, etc. Ibogaína, mescalina, 2C-B, etc.).

*Drogas Disociativas (Salvia Divinorum; Anestésicos disociativos como la fenciclidina (polvo de ángel) o la ketamina (derivada del polvo de ángel), DXM (DM), etc.).

*Alucinógenos clásicos (Alcaloides tropanos como escopolamina, hiosciamina, atropina), que luego veremos, porque ahora quiero centrarme en la psicodelia, por ser éste tema realmente apasionante, que nos sigue abriendo las puertas de la percepción hacia otros universos neuroquímicos, en expansión constante.


La psicodelia

Lo psicodélico, que tal vez tiene su origen en los sueños y el psicoanálisis freudiano, así como en el surrealismo (de Artaud y otros) y aun en el expresionismo, ha impregnado una buena parte del arte, sobre todo musical, aunque también pictórico y literario, de mediados del siglo XX, incluso una suerte de psicoterapia, hace referencia a la manifestación del alma, que refleja los estados alterados de conciencia, así como una alteración de la percepción del tiempo y de la propia identidad (a través del desdoblamiento de la personalidad). Y en el arte, véase la literatura, abundan las sinestesias (provocadas por la mescalina, LSD y algunos hongos), que consisten en la
mezcla de varios sentidos diferentes (se oyen colores, se ven sonidos, etc.). Y están muy presentes en la poesía de Baudelaire o de Rimbaud (que dedicó un poema a las vocales, adjudicándoles a cada una de ellas un color distintivo) o en los poetas modernistas como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, poetas del 27 o la poesía de Valle Inclán, entre otros.

Las asociaciones sinestésicas favorecen la memorización de conceptos abstractos, al vincularlos con realidades sensibles.

El auge de la psicodelia, gracias por ejemplo a Huxley* (léase entre otros Un mundo feliz, Las puertas de la percepción o Cielo e infierno), que también nos abrió las puertas de la percepción en su cielo e infierno y sus experiencias con la mescalina, coincide con los años setenta a través de la llamada contracultura como seña de identidad, acaso para alienarse del sistema cultural imperante en la época.

El Romanticismo, la bohemia valleinclanesca, por ejemplo, la Generación Beat de Kerouac (En el camino) o Ginsberg de los años cincuenta, el movimiento hippie (jipi) de los años 60, músicos y cantantes como Janis Joplin o Hendrix, aparte del movimiento punk de finales de los setenta pueden considerarse como contraculturales.

*La contracultura, según el filósofo Gustavo Bueno (léase El mito de la cultura) se remonta a los filósofos cínicos, desde Antístines a Diógenes de Sinope, quienes aseguraban que no son necesarios los aditamentos culturales para poder vivir. Pues para beber el agua de un arroyo sólo hay que emplear las manos.

Por su parte, los ascetas cristianos, desencantados de la civilización helenística, y los personajes extravagantes del siglo IV, como San Pajón o San Simón el Estilita, también buscaban vivir en los desiertos de Nitria, apartados del mundanal ruido.

Se puede considerar al filósofo Epicuro como el precursor de la contracultura. Una corriente o raya contracultural de cinismo que continúa en el siglo XVI con la vida pastoril, con la teoría del buen salvaje en el siglo XVIII, con el romanticismo y la bohemia en el XIX. Y luego en el siglo XX con la cultura underground: arte psicodélico y la Beat Generation, los movimientos punk, mod y grunge, el hip hop alternativo, festivales como el de Woodstock o las comunas de hippies asentadas en varios lugares del mundo, entre otros, en Christianía (Copenhague).

La música psicodélica, ácida o lisérgica hace referencia al rock psicodélico -luego al soul psicodélico, el rock progresivo, el heavy metal o el jazz fusión- que surge a mitad de los años sesenta en el Reino Unido y Estados Unidos, con la influencia de los hippies.

Los Beatles (con Yellow Submarine o Lucy in the Sky...), Los Doors (con su gurú Morrison), Led Zeppelin o Pink Floyd (en concreto su primer líder, Syd Barrett) –cuya influencia es decisiva en otras muchas bandas musicales-, son algunos de los grupos más representativos del rock psicodélico, una música como de otra realidad, hecha con sonidos mágicos y efectos sonoros, letras esotéricas que describen sueños, miedos, visiones y alucinaciones.

La psicodelia o neopsicodelia musical continúa en los años ochenta con el psychedelic trance, que retoma la música para llegar a la meditación. En los noventa y en el 2000 surge el psytrance, que es una música psicodélica de corte neochamánica y neotribal.

La experiencia psicodélica -que también hace referencia al viaje o vuelo que procura alguna de estas sustancias visionarias-, muestra gran parecido con las experiencias místicas, brujeriles o con determinadas psicosis.

Acerca de esto hay una abundante literatura, desde las experiencias, de dudosa calidad antropológica, de Carlos Castaneda hasta los interesantísimos capítulos que Marvin Harris, el antropólogo norteamericano, dedica en su libro, Vacas, guerras, cerdos y brujas, a escobas y aquelarres, la gran locura de las brujas y el retorno de éstas.
Harris explica, en sus capítulos Escobas y aquelarres y La gran locura de las brujas, las causas de la matanza indiscriminada y continuada en época de la caza de brujas (siglos XVI y XVII), lo que para la iglesia era un modo de recaudar dinero. Cuando se capturaba de una bruja, era sometida a tortura hasta que se viera obligada a confesar su “predilección por las artes oscuras y el diablo” y, una vez se quemaba a la culpable, las deudas contraídas por los gastos de la tortura y quema corrían a cuenta de la familia de la supuesta bruja, de este modo se enriquecía la iglesia.

Además, la tortura proseguía hasta que delataran a más brujas (que al igual que el acusado, no lo eran, pero el torturado se veía obligado a decir nombres para que cesara sus suplicio); más que querer destruir la brujería la inquisición se empeñaba en crearla (crear enemigos fantasmas en base a desgracias reales con una brillante campaña (algo parecido a lo que se hizo en el Tercer Reich de Hitler con los judíos), de este modo la iglesia se aseguraba nuevas brujas y por tanto más riquezas extraídas del pueblo.

En el capítulo, El retorno de las brujas, Harris nos cuenta el retorno de las brujas asociado con un estilo de vida conocido como contracultura, asociado al consumo de sustancias psicodélicas, como las supuestas brujas hacían frotándose con ungüentos que contenían atropina o belladona, en un intento de predominio de las capacidades no intelectuales (Conciencia III), menospreciando o infravalorando la razón, la objetividad, el análisis en aras de una irracionalidad, una locura similar a la medieval. Un nuevo intento, en definitiva, de perpetuar situaciones de injusticia y dominio en el mundo a través de la sin razón.
La Conciencia III, concluye el antropólogo Marvin Harris, no cambiará nada que sea fundamental en la estructura del capitalismo o imperialismo, y los estados mentales alucinatorios (provocados por las sustancias psicodélicas) no pueden alterar la base material de la explotación y la alienación.

Se habla de varios niveles, según sea la experiencia psicodélica, en función de la dosis y la sustancia tomada, desde visiones extrañas hasta percepciones extrasensoriales, con dosis más o menos altas de LSD, incluso una sensación de alcanzar el comienzo o el fin del espacio y el tiempo. Verdaderamente alucinante... o alucinógeno.

En una próxima entrega, hablaré de cada uno de los alucinógenos señalados en esta introducción. Hasta la próxima.

Manuel Cuenya

 

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