Quiero dedicar este artículo al genio Fernando Urdiales, que nos dijo adiós a finales de este año, tal vez para irse a tocar el arpa y las castañuelas con el arcángel San Gabriel allá en los cielos dramáticos llevados a su máxima expresión y potencia creativas.

Después de ver Pasión del Teatro Corsario en la Basílica de la Encina de Ponferrada, hace ahora casi medio año, me apetece volver sobre esta compañía, que me parece una de las mejores de nuestra tierra castellano-leonesa, y aun de nuestro país. ¿De cuál?, se preguntaría de seguro el gran Julio Llamazares.

Los integrantes del Teatro Corsario en un momento de la representción

Corsario es el nombre del grupo de teatro vallisoletano que tantas y tan buenas emociones nos ha procurado a lo largo de estos últimos veinticinco años. Es un lujo que en nuestra comunidad, yermo cultural, frío y desangelado, haya una “tropa” de teatro con tal envergadura escénica, cuyo capitán era Fernando Urdiales, "viajante de ese más allá que habitan las personas prodigiosas", según Luis Mateo Díez, con quien colaboró en la adpatación de Celama. Fernando Urdiales nos dijo adiós a finales del pasado año.
Se trataba de un médico con vocación teatral, probablemente uno de los mejores directores de teatro de este país, montando en ocasiones, casi siempre, obras arriesgadas, donde la locura formaba parte de la esencia de sus puestas en escena. No cabe duda que la locura, en todas sus variantes psicopáticas, da mucho juego teatral. El teatro como arte terapéutico. Doy fe de que a algunos pacientes, en vez de psicofármacos, se les administran buenas dosis de teatro-terapia en algunos hospitales franceses. Incluso los “enfermitos de la psique” llegan a representar sus “psicosis” en varios festivales de teatro. Algo parecido a lo que vemos en ese estupendo documental-ensayo, Monos como Becky, del ya desaparecido Jordá. Si es que se nos mueren todos los grandes.

Se nota, además, que Urdiales –a quien por fortuna llegué a ver una vez en el Centro Cultural de Caja España de Ponferrada- conocía bien el mundo psiquiátrico. No en vano, este director teatral, "leonés cuando estaba en León y vallisoletano cuanto estaba en Valladolid", aclaraba él mismo, se atrevió a montar espectáculos basados en obras tan potentes y transgresoras como Para acabar con el juicio de Dios, de Artaud, o Insultos al público, del austríaco Handke.

Quiero destacar que Handke, además de dramaturgo, ha colaborado en varias películas con el director alemán Wenders. Fue, por ejemplo, el coguionista de Cielo sobre Berlín, una singular y lírica mirada acerca de esta ciudad, en tiempos incomunicada por el muro.

Sobre Antonin Artaud, hablaré en otro momento, pues requiere de todo un capítulo, incluso varios.

Urdiales fue su alma máter, mas Luismi es su omnipotencia, porque este tipo, con gran parecido a Chico Marx, incluso a Harpo (le falta algo más de melenamen revuelto) está en todo, no sólo actúa sino que monta el escenario, pone focos, desmonta, etc. Con gente así, y encima es una gran persona -me consta-, resulta relativamente fácil (nunca es fácil, bien lo sabemos) montar espectáculos tan extraordinarios, capaces de hipnotizar y a la vez sacudir al espectador, con sus puestas en escena, cuidadas y elegantes. Como hemos visto -quienes tuvimos el privilegio de asistir hace aproximadamente medio año a la Basílica de la Encina- en La pasión de Cristo (que representan desde finales de los ochenta), una obra que nos eriza todos los huesitos del alma, con impactantes interpretaciones, no sólo por parte del personaje de Cristo (Jesús Peña) y su madre (Rosa Manzano), sino de todos ellos, los corsarios, con una puesta en escena que nos devuelve a esos retablos barrocos y a esas procesiones semanasantinas, tamborreantes, que se nos acaban colando por la puerta grande de la sesera. Me resulta curiosa, asimismo, la interpretación de Javier Semprún como Pilatos (actor que hemos visto en Celda 211), cuya expresión frankensteniana de horror (valga la redundancia) me encanta.

"Pasión -escribió Urdiales- es una puesta en escena inspirada en la imaginería y desfiles procesionales de nuestra Comunidad a partir de los textos de los cuatro evangelistas, Diego de San Pedro y Fray Luis de Granada".

http://www.teatrocorsario.com/

Aparte de esta Pasión, en verdad desgarradora, en la que vemos a Cristo chorreando sangre en sus últimas horas de vida, hace ya algún tiempo tuve la ocasión de presenciar, en el Teatro Bergidum (el templo de la cultura berciana), Los locos de Valencia, una adaptación libre y hasta libérrima de Lope de Vega. Con esta obra Corsario vuelve a los clásicos, que tanto entusiasmaban a Urdiales, sobre todo Calderón de la Barca, aunque sus puestas en escena resulten innovadoras en su reinterpretación desenfadada de lo clásico, encorsetado a veces a las convenciones y ataduras morales de su tiempo.

Aunque no he podido ver el montaje basado en la obra de Artaud, me late que será chocante, sobre todo después de leer este texto bestial y demoledor, que escribiera el tarado/lúcido inventor del Teatro de la Crueldad, fuente de inspiración de teatros contemporáneos como La Fura dels Baus.

A propósito de Insultos al público, Urdiales nos confesaba que al final eran los espectadores quienes, en cada función, acababan insultando a los actores-corsario, lo que le hizo dar un giro a su teatro con el fin de meterse al público en el bolsillo.

Capítulo especial merece Celama, esa adpatación magnífica que Urdiales hiciera de la obra del académico de Laciana, Luis Mateo Díez.

 

Los muertos de Celama

En el reino de Celama, Comala, tierra paramera, el teatro en su estado puro, el teatro Corsario como una de las compañías más creativas no sólo de Castilla y León, de donde son originarios sus componentes, sino de toda esta España con eñe de coña. Y Fernando Urdiales como patrón de barco, hasta que un mal día dejó de serlo. Cuando vi esta representación teatral me entraron ganas de no morirme nunca jamás. Qué chistoso.

Los muertos de Celama bien podrían ser los muertos del Bierzo o los muertos de “Pedro Páramo”. El Páramo como lugar onírico y a la vez real como la vida misma, como la muerte que ya es. “El Páramo es la muerte que supura el metal”. “El espejo de su ruina, la ruina del cielo, que suena como es Dios”. Vivos infelices que están muertos y muertos que nos hablan con sentimientos y luego nos cantan tangos de amor y muerte. Así es esta vida precaria y penosa en el culo del mundo, en el reino de Celama, que bien podría ser Comala o cualquier cementerio o pueblecito mejicano/berciano, Luvina, nomás, donde las noches invernales se hacen eternas, un lugar en el que la vida no vale nada, la vida no vale nada en León, en León Guanajuato, como reza una canción mejicana harto irónica y macabra. Si bien es cierto, “no es lo mismo morir en Celama que en la Vega”. Yo tampoco soy el autor de este texto, acaso vertebral, sino sólo un muerto más, dispuesto, eso sí, a contaros algo acerca de esta obra teatral que tuve el placer de ver y escuchar hace tiempo en el Bergidum ponferradino. Hablemos, pues, del reino de Celama y de su adaptación teatral realizada por el propio Luis Mateo Díez en colaboración con Fernando Urdiales, director del Teatro Corsario. Hablemos de esta tierra, una y mil veces sangrada, de este páramo de quietud y dolor en el que terminan por desaparecer hasta los gatos y las ovejas. “Se acaba el mundo”, nos anuncia uno de los personajes, que tal pareciera la moza de ánimas, enlutada y a trote de madreña, mientras toca el cencerro y entona una plegaria por los difuntos y las almas del purgatorio.

Un médico, Don Ismael Cuende, es quien va dándonos cuenta de la muerte en este páramo de piel quemada, donde los muertos, para más inri, lo son de vocación y trabajo. Angelitos trabajadores, ya que su vocación es morir con las botas puestas y el arado enterrado en ese pedregal sobre el que no crecen más que zarzas y codesos. Una tierra que se nos hace muy familiar. Y aun se nos clava en las entrañas.

La puesta en escena, cuyo decorado principal son las tumbas de un cementerio, así como el tratamiento de algunos personajes-títere, nos recuerda una vez más a “La clase muerta” del polaco Kantor (otro grande que merece una reseña). Hay payasos-fantasma que nos adentran en una especie de teatro del absurdo.

“-¿Celebramos algo?”, pregunta la cantinera -“Que hay salud”, responde el borracho. “Todos somos unos payasos en este mundo”. Incluso el sexo, corporeizado en la Burlona o mujer cabaretera, parece ensañarse con los muertos. Sexo y muerte. Eso es todo. Qué terrible realidad o pesadilla. La obra teatral en su conjunto, amenizada por la música de acordeón, resulta emocionante. Seguiremos enganchados a la tropa, aunque Urdiales nos haya dejado huérfanos.

Manuel Cuenya

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