El teatro es algo esencial en la vida.  Y por consiguiente en cualquier programa de enseñanza que se precie de serlo. Es más, el teatro tendría que ser una asignatura obligatoria, incluso en la universidad. Y no una mera materia extraescolar o extra-académica. Me alegra, por supuesto, que al menos hasta ahora la  llamada Universidad de la Experiencia (que tiene su origen en la Universidad de Salamanca), extendido desde hace años al resto de universidades, mantenga en el Campus de Ponferrada (y de León) un taller de teatro, donde los mayores tienen la ocasión de familiarizarse con este arte maravilloso, que da mucho de sí, sin duda, tanto a unos (docentes) como a otros (alumnos y alumnas). Magníficas experiencias podría contar acerca de esta materia teatral, que por lo demás me ha permitido, como apasionado del teatro, escribir/reescribir y montar tanto obras de propia cosecha, como La clase chiflada o Parados en el olvido, hasta otras adaptaciones o reescrituras de grandes como Valle-Inclán o Mihura (Maribel y su extraña familia, que se me ocurrió reconvertir en Pilarín y sus seres queridos).

El velorio, por ejemplo, fue una apuesta arriesgada sobre textos de Valle-Inclán y aun de uno mismo, que nos permitió ser seleccionados en un Festival de Teatro para Mayores en la Universidad de Alicante, donde asistimos gustosos. Qué gratos recuerdos. Pero vayamos a lo esencial.

Si nos remontamos a la Grecia clásica, concretamente a la época en que viviera Platón, vemos cómo a través del teatro  se recoge la dimensión artística del diálogo: la construcción dialéctica de la razón, el intercambio de ideas, la participación, la escucha activa... El saber escuchar a los demás, ponerse en el lugar del Otro (tan difícil para quienes estamos atrapados por una cultura judeo-cristiana), es lo que facilita la  comunicación, tan difícil y descuidada en nuestros días. Aunque dicho así pudiera resultar paradójico.  Como la paradoja del comediante propuesta por Diderot. Algo diferente sería si estuviéramos marcados por la filosofía budista, que sí aboga por ponerse en lugar del Otro.

Una época ésta llena de ruido informativo, saturados como estamos todos de grasa informativa/des-informativa, alejados cada vez más en lo tocante a lo relacional, a lo humano y a lo social. La comunicación entre la gente, de un modo real, se hace cada día menos posible. Aunque sí se de mucho la comunicación virtual a través de la Red. Esto requeriría, no obstante, un fino análisis, porque las redes sociales: facebook, twitter, entre otras, sí contribuyen a la comunicación, al intercambio de ideas, al flujo de información, pero falta el contacto directo, el cuerpo a cuerpo, que se decía antaño, el mirarse directamente a los ojos, comunicarse con la mirada, que se vuelve tacto y contacto. Y el teatro es comunicación en vivo y en directo, contacto con los propios actores y actrices y con el público. Una verdadera comunión, si se me permite esta licencia o boutade.

A través del teatro fluyen ideas y sentimientos, porque además de entretenernos y divertirnos, podría servirnos para imaginar, aprender a escribir, a leer, a recitar, a memorizar, a mostrarnos ante los otros, a ejercitar nuestras habilidades sociales, y así expresar nuestras emociones, que tanto trabajo nos cuesta en una sociedad educada fundamentalmente en el rigor, la frialdad afectiva, en la razón descargada de sentimiento. Tan pueril es vivir de silogismos como de sueños, llegó a decirnos Umbral. Pero sí resulta acertado vivir con la emoción del niño o niña que descubriera por primera vez el mundo, el tiempo curvado, el universo en expansión. 

Me parece que la enseñanza ha descuidado el aspecto afectivo en pos de lo puramente intelectual. No existe la emoción pura ni el intelecto puro. Parece obvio. Y esto debe ser recuperado por el  teatro. Debemos regresar el atletismo afectivo del que nos hablara Antonin Artaud en “El teatro y su doble”. Una obra ésta de un gran valor y vigencia, en este tiempo nuestro, y sobre la que hablaré cuando me acerque de lleno a la figura/figurón francés de las artes y las letras.

Es sabido que las dificultades comunicativas generan alteraciones en la vida diaria y trastornos a nivel psíquico. De ahí que el teatro se haya utilizado con frecuencia como elemento terapéutico: desde el divino marqués de Sade, en el siglo XIX, que puso en marcha un taller de teatro con enfermos en el manicomio de Charenton, pasando por el psicodrama de J.L. Moreno a principios del siglo XX, hasta llegar al teatro moderno de Stanislavski, Pirandello y el genial Artaud, que quiso que el teatro fuera refugio contra la psicosis, su propio trastorno psíquico. Al Artaud se le diagnosticó una especie de psicosis o esquizofrenia.  Tal vez por eses motivo utilizó el cauce teatral para lograr curarse o vivir mejor sus dolores. Una tradición, la del arte-terapia,  que han seguido, en cierto sentido, el polaco Grotowski,  con su teatro pobre y de laboratorio, así como su discípulo el inglés Peter Brook, a través del espacio vacío y la expresión corporal. En una línea, más o menos próxima, podríamos situar e incluir al psicomago Jodorowsky, que a través de ritos chamánicos, teatro y psicoanálisis intenta, no sabemos si con cierto éxito, una catarsis de curación en los clientes/pacientes. Una revolucionaria vía en la psicoterapia. 

Uno mismo tuvo la oportunidad de poner en práctica el arte-terapia, el teatro-terapia en un hospital psiquiátrico, en concreto en la ciudad francesa de Dijon, en el Centro Gaston Bachelard de La Chartreuse, bajo la coordinación de Monsieur Alain Vasseur, un tipo entrañable, y buen conocedor tanto de las artes escénicas como de las terapias psicológicas. Pero esto daría para otro artículo. Sólo reseñar que en nuestro país vecino, Francia, el teatro es manjar que degustan tanto aficionados como profesionales. Y se montan y organizan festivales teatrales de renombre: véanse, por ejemplo, Aviñón, Rouen, Châlon, etc.

En España, aparte de festivales varios de teatro (aunque desconozco aquellos en los que pudieran tener cabida los enfermos de la psique), contamos con un documento imprescindible, sobre todo para quienes estén interesados en esta temática. Se trata de Monos como Becky, del catalán Jordá (ya desaparecido), el cual nos muestra el interior de un hospital psiquiátrico, y cómo los pacientes son tratados a través del teatro poniendo en marcha una función, frente a los métodos psiquiátricos tradicionales basados en los fármacos, terapias agresivas, etc. 

Dicho lo cual, siento que debemos reivindicar el teatro como algo esencial en la vida.

Manuel Cuenya

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