Antonin ArtaudA estas alturas es probable que Artaud sea un desconocido en nuestro país, aunque en su día, sobre todo en Francia, causara gran revuelo gracias a sus modernas y transgresoras teorías acerca del teatro, contenidas en El teatro y su doble, obra de cabecera para quienes sentimos pasión por este arte, que procura misteriosas alteraciones, choques emocionales en nuestro espíritu.

"Una verdadera pieza de teatro perturba el reposo de los sentidos, libera el inconsciente reprimido, incita a una especie de rebelión virtual e impone a la comunidad una actitud heroica y difícil”.

Un teatro que actúe como una suerte de terapéutica espiritual, social, que renueve el sentido de la vida y despierte a los "muertos en vida". El arte-terapia o teatro-terapia. No en balde, sus teorías teatrales les han servido a los modernos psiquiatras para ponerlas en práctica con sus "enfermos". Puedo dar cuenta de que en determinados hospitales franceses, véase por ejemplo el de la Chartreuse en Dijon, se emplea el arte (teatro)-terapia con psicóticos. Recuerdo con afecto mi estancia como "stagiaire" en el centro Bachelard y a mi coordinador Alain Vasseur, un magnífico terapeuta y artista.

Artaud aboga por un teatro puro y espontáneo a través de signos, gestos y actitudes, basado en el lenguaje corporal, que no sea deudor de la palabra. En todo caso, la musicalidad de las palabras, si las hubiere, deberán hablar directamente al inconsciente o subconsciente como en los sueños. Un teatro vivo que gracias a la fuerza -incluso a su violencia- sacuda e hipnotice a los espectadores. Un teatro que invite al trance, acaso como los espectáculos de  danza de los derviches giróvagos o bien el teatro balinés, que cuenta con gestos y mímicas para todas las circunstancias de la vida. Un auténtico espectáculo en el que el actor/actriz sea un atleta físico, afectivo, capaz de "jugar" en distintos niveles y en todos los sentidos de la perspectiva, en altura y profundidad, porque no habrá una separación -como en los teatros convencionales- entre la escena y la sala. Como tampoco la habrá entre la realidad y la representación, entre el lenguaje verbal y el corporal, entre la vida y el arte, en definitiva. Todo será un único espacio en este espectáculo integral hecho con gritos, chirridos de autómatas, sorpresas, efectos teatrales varios, esplendor y repentinos cambios de luz, máscaras, danzas de maniquíes animados -algo parecido a lo que vemos en el teatro de la muerte de Kantor-, vestimentas simbólicas, entre otras y otros, lo cual nos hace recordar a los espectáculos de la Fura dels Baus, que sin duda han sido influenciados por el teatro artaudiano. Aparte de la Fura, son muchos quienes han recibido su sello de identidad, desde Arrabal hasta el Living Theatre de Nueva York, aparte del teatro del absurdo (Ionesco, Beckett, Genet, entre otros), del cual Artaud es su precursor. Qué grande.

Hace unos días me sorprendió, no obstante, una alumna que, en el transcurso de una clase de escritura, me habló del fenómeno Artaud. Qué bueno que haya jóvenes que aún se acuerden de este metafísico del teatro. Artista con mayúsculas, que reflexionó no sólo acerca del teatro sino sobre el cine -léase El cine-, la poesía, la cultura mexicana.

Escribió guiones de cine como La concha y el reverendo, de Dulac, considerada como la primera peli surrealista, cuya influencia es definitiva en Un perro andaluz, de Luis Buñuel. Asimismo, interviene como actor en varias películas, entre ellas Napoleón, de Abel Gance, o en su genuino papel de monje loco en La pasión de Juan de Arco, de Dreyer.

Un maldito y apestado de la sociedad -como Van Gogh, a quien le dedica un magnífico ensayo-, que tuvo la osadía de rebelarse contra el sistema preestablecido, desde la lucidez y desde el desdoblamiento. Una pena, pues gran parte de su vida se la pasó recluido en manicomios, que acabaron con su genio y figura, acaso por decir verdades como templos. Como se puede leer en alguna carta que escribiera contra los psiquiatras o bien en ese libro-bomba titulado Para acabar con el juicio de Dios, que en su día se emitiera por radio, con la consiguiente censura y prohibición. Y que el pucelano Teatro Corsario, comandado por Fernando Urdiales -otro grande del arte y la psiquiatría- pusiera en escena a mediados de los años ochenta.

Artaud me hace recordar -salvando las distancias- a nuestro Leopoldo María Panero, quien ahora ya no es capaz de entamar un discurso coherente, después de que lo hayan inflado a fármacos -y tal vez electrochoques- en frenopáticos varios. Como él mismo nos relata en Después de tantos años, el documental de Ricardo Franco.

A menudo el arte -al menos una suerte o desgracia- está emparentado con los llamados trastornos de la psique. Sufre mucho quien es hipersensible a la realidad, porque el saber produce dolor. Y la felicidad no suele anidar en quienes se estrujan el cerebro más de lo habitual. Resulta, por lo demás, difícil ser feliz en un mundo podrido hasta la médula, aunque la mayor parte de su población -qué paradoja- se comporte según las leyes sacro-santas del buen discurrir, y no sea consciente de casi nada, tampoco se lo permite el sistema, el Gran Hermano que nos vigila. A menudo son los poderosos quienes están embarrados hasta el cogote, y por ende atizan a diestro y siniestro, no dejando títere con cabeza.

Artaud, en su afán por cambiar el mundo y arremeter contra los tótem y tabúes, acabó triste y solo, atado con una camisa de fuerza, recibiendo electrochoques por un tubo.

Siento además devoción por este tipo porque, como buen surrealista, viajó a México en busca de espiritualidad, que encontró en los indios Tarahumaras -lo cual dejó constancia en su libro- y en el peyote como una suerte de divinidad. Además, compuso esos Mensajes revolucionarios que me laten de una lucidez envidiable, y en los que México aparece como un país con una fuerza cuasi sobrenatural. La pena es que pocos, como Artaud, se hayan dado cuenta de las potencialidades de este país, cada día más corrupto y sangriento, según me cuenta una amiga. Creo que esto da mucho de así. Volveré en algún momento sobre el México de Artaud, México lindo y querido.

Aparte de sus obras ya citadas, también destacaría El Monje, Heliogábalo, El ombligo de los limbos, El Pesanervios o Cartas desde Rodez.


Manuel Cuenya

Comentarios  

0 #1 ******* 30-12-2011 04:54
Le felicito sinceramente por este gran artículo. No conocía a este personaje y me ha parecido muy interesante.

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