Se trata de un viaje a Londres hace algunos años, muchos tal vez. He aquí estas impresiones. Mi primer viaje a Londres -hace ya un montón de años- no me resultó tan gratificante y placentero como hubiera deseado. London se me apareció como una ciudad gris y nublada, la imagen prototípica. Qué pena.

Me conmueve el despegue del avión. Es como si me devolviera a mi infancia subida en los caballitos (esto es un tiovivo), impulsado hacia arriba, balanceado, volando a través de las nubes, algodón que duerme la sonrisa de una tarde invernal, como si estuviera en el Polo esquiando el éxtasis, atravesando la luz de la felicidad. La felicidad como un instante de vuelo.  En una hora y cincuenta minutos me planté en Londres. Bastaron unos canapés y un orange juice para calmar mi ansiedad de vuelo. Es un decir, naturalmente.

Aterricé en Gatwick. Aquel día -debía ser el mes de febrero, creo recordar-, el aeropuerto estaba sumido en neblinas teñidas de verde. Aunque, cuando  llegué a London Victoria, comenzó misteriosamente a lucir el sol. El buen clima sólo duró, por desgracia, unas horas. En poco tiempo el cielo se oscureció. Y al día siguiente  amaneció encapotado, con un cielo de color aluminio sucio.

Recuerdo que el viaje en tren express, desde el aeropuerto de Gatwick  a Victoria Station, duró una media hora. Hay una distancia aproximada de 47 kilómetros, entre uno y otro punto, y el billete cuesta un ojo de la cara y aun otro del culo. O eso me pareció. Para que os hagáis una idea sería el equivalente de lo que costaría un trayecto en autocar desde Ponferrada a Madrid. Más o menos.

Mi impresión al poner los pies en la Estación Victoria fue buena. Allí estaba el Londres de los taxis cinematográficos y el de los autobuses rojos de dos pisos. Los taxis son una reliquia, una antigualla pintoresca. Negros, rojos, rosa o color crema podrían servir para filmar escenas de gánsters, un verdadero museo andante.

En la oficina de turismo británica, en Madrid,  me había informado sobre los posibles alojamientos en la capital inglesa. Y, una vez allí, no tardaría en encontrar un youth hostel, uno de esos sitios en los que meten a varios tipos y tipas en el mismo cuartito.

En principio, me dirigí a uno que está situado en Ebury Street, cerca de Victoria Station. Allí me recibió un jovenzuelo, el cual me explicó que el hotel estaba completo. “Cuesta 15 pounds”, añadió. Y para qué me dice cuánto cuesta, si no hay ni una triste litera vacía. Aquella negativa me desanimó. Enfadado, y algo confuso, me fui derechito al Victoria hotel, un youth hostel cutre pero céntrico, que tanto estudiantes como mochileros, con no muchos posibles, suelen frecuentar. 

Me apetece señalar que, aunque este hotelín queda  a unos diez minutos caminando desde la Victoria Station, resulta difícil encontrarlo, sobre todo para alguien que no esté habituado a la numeración inglesa.

Para más señas, el Victoria Hotel queda en el número 71 de la Belgrave Road, SW 1, a cinco minutos escasos de la estación de metro Pimlico. Por su parte, la Belgrave Road es una calle larguísima, donde se encuentran muchos hoteles y similares... El inconveniente, para un viajero despistado, es que los números de la calle se repiten. Es como si se amontonara la numeración antigua con la moderna,  no sé... hay una retahíla de números con los que no se aclara ni dios bendito. Del 50 se pasa al 90 y así vuelta a empezar.  Qué complicados son estos inglesitos. A lo mejor (o a lo peor) ya ni existe este hostal en la actualidad.

Por lo general, el alojamiento en Londres es caro o muy caro. Me da la impresión de que cuesta el doble de lo que podría ser en París un alojamiento de las mismas características. Quizá no tanto. Bueno, la capi franchute también se las trae.

Es probable que el Victoria Hotel me costara unas 14 libras la noche, incluido, eso sí, un breakfast nutrido con corn-flakes, pan,  café, leche y té a rodar, además de las consabidas matequillas, made in Australia, y mermeladas igualmente envasadas en miniatura.

A decir verdad, no se trataba aquel del típico desayuno inglés, tan cantado, donde se sirven eggs, bacon y embutidos varios. En este Youth Hostel me encontré, por lo demás, con toda una tropa de españolitos, los cuales dormitaban allí pero laboraban en otros hoteles, quizá de más categoría. Recuerdo en especial a una española, que trabajaba allí mismo. Era la susodicha una sangrona, ni español quería hablar la muy gamberra, como si hubiera decidido renunciar a su idioma en aras de la cultura angosajona. Claro, ella quería, ay, familiarizarse con el english lo antes posible. A santo de qué iba un españolito a pertubar sus ilusiones idiomáticas.

El youth hostel de marras se me hizo caro, habida cuenta de que era necesario compartir el dormitorio con otros y otras. No obstante, una habitación para mí solo me hubiera salido por un huevo estrellado. Me tocó dormir en una litera, la número 1, que parecía una hamaca. A mi espalda no le quedó más remedio que adaptarse a su curvatura. Algo molido me notaba, sobre todo al levantarme.

Como no podía ser de otro modo, en estas ciudades tan tempraneras, a las siete de la madrugada ya había gente que se desperezaba y comenzaba la hora de la toilette. Eso sí, con quienes compartiera habitación (la número 6), durante mi estancia en Londres, solían acostarse a buena hora, con lo cual no perturbaban  al personal con sus tejemanejes a altas horas de la noche.

Vivir en Londres no es moco de pava ni siquiera de guajolote. Incluso puede resultar una experiencia gratificante cuando uno maneja el idioma con soltura y aun se ganan muchas libras por hora. Londres tiene fama de ciudad cara, y en verdad lo es, sobre todo el alojamiento y el transporte, por no decir los espectáculos al completo.

La capital inglesa, al igual que París, son ciudades extremadamente materialistas. Sólo piensan en dinero, el dinero como pesadilla de la que uno es incapaz  de desprenderse. Un vagabundo en Londres se muere de asco y de frío. La humedad y la niebla te puede dejar para el arrastre, sobre todo si viajas a finales de febrero. Los días son cortos y oscuros. A eso de las cinco se te echa la noche encima. Creo que no es ésta una buena época para visitar Londres.

A menudo se habla de Londres como si fuera la última maravilla del universo, quizá lo sea, no sé, no me atrevería a negarlo, aunque a mí se me hizo un mito más que otra cosa. Un mito que sabe vender, sin duda. Una ciudad que pudo haber sido la panacea en otros tiempos pero que hoy resulta extremadamente grande e indigerible a quien la visita por primera vez (sólo durante una semana), una semana con un clima podrido, donde los famosos parques se muestran vacíos, sin mimos que los alimenten, sin gentío que los anime.  No obstante, Londres consigue vibrar  los sábados noche, cuando los fiesteros de turno se dejan asomar por Piccadilly Circus, alumbrados por las cervezas ingeridas y los neones de TDK, reunidos  en torno a la estatua de Eros.

Londres bulle cuando las rapazonas asoman sus crestas y sus carnes blancas y rosas y verdes y naranja, panza arriba, tetamen al aire, pubis underground, con aroma a queso-pizza y orégano... por el Leicester Square, como una tropa de especímenes que tuve la oportunidad de presenciar a la salida del Zoo Bar.

Trafalgar Square, Covent Gardens y el Soho son algunos de los centros en los que se reúnen turistas y londinenses. A pesar de las pretensiones licenciosas del Soho, me decepcionó. Se respira en este singular barrio ese ambiente avispado y cutre que pretende  desperrarte a la primera de cambio. Pero uno, acaso habituado a lo que se cuece en tales “fornos”, no suele picar en el anzuelo, aunque sí entabla miradas y palabras en inglés con el paisanaje de los Live Shows. 

Confieso que me quedé literalmente enmaderado un día en que me dio por meterme en una de los peep show del Soho. Son tan horteras y risibles que te hacen llorar.  Más que peep shows,  tienen toda la jeta de brechas en penumbra, adonde a uno le resulta casi imposible fisgar. Lamentable aproximación a lo que podría ser un espectáculo erótico. Un engañatolos, o sea. Lo mejor es que guardes tus libras para mejores asuntos.

Es como si en Londres ignoraran, o no pareciera importarles,  lo que se puede ver en otras ciudades europeas en cuanto a shows sensuales: Ámsterdam, Copenhague, Bruselas, Nueva York y Hamburgo, incluso Madrid y París. Lo más sorprendente es que, además de cutres y anticuados, los peep shows en Londres escasean. No ofrece una gran variedad. Y se limita a contados garitos, algunos con nombres muy graciosos como el Madame Jo Jo.

Lo pintoresco del Soho es su arquitectura y la cantidad de pubs y restaurantes que hay por metro cuadrado. También resultan atractivos esos anuncios colocados en las cabinas rojas de teléfono, y sitios donde se lee Mini-Cabs, Models, etc, siniestros a más no poder.

En Londres, como quizá en todas las grandes urbes, hay mucho depravado. Tal vez por esto mismo "las prostitutas callejeras no existen porque peligran", según me dijera un argelino a la entrada de un garito. El magrebí, con quien conversé en francés, me previno de que no entrara en locales ilegales, porque podía salir malparado. "Para estar legalizado hace falta tener una tarjeta de identificación", me soltó, al tiempo que me la mostraba. No te preocupes, que seré precavido, y andaré al quite.

Durante mi estancia en Londres di muchos paseos por los barrios de Covent Garden y el Soho. El encanto de este último barrio reside en su antañona forma de respirar. Hay respiraciones que exhalan un olor antiguo y nostálgico que te pone los pelos de punta. Sorprenden algunos bares por los gorilas que hay a la entrada de las puertas. Si te ven zarrapastroso o no les entras por el ojo, te obstaculizan la entrada. Aparte del Soho, guardo buen recuerdo del día aquel en que participé en el show de un tipo harto teatral y cómico, que me pidió que lo atara de pies y manos, primero  con una camisa de fuerza y luego con una cadena de hierro y un candado. Esto creo que fue en Covent Garden. Lo cierto es que me resultaba harto difícil comprender sus instrucciones. Pero hice "el mono". También me me resultaron atractivos sus pubs o public houses, tranquilos y agradables, enmoquetados y de madera, en su mayoría. Tienen estos pubs ese gusto ancestral y acogedor que invita al parroquiano a solazarse al amor de la lumbre. Ni que decir tiene que en período invernal tienen encendida la chimenea. Me encantó el Lamb and Flag en Covent Garden. El “Cordero y Bandera” data del mil seicientos y tantos.

El pueblo londinense (que curiosamente está conformado por toda una suerte de razas) no me pareció excesivamente amable, aunque el paisanaje me atendiera, salvo excepciones, con discrección y buenos modales.

En Londres me imaginé dentro de una película en Hyde Park, navegando por el Lago de La Serpentine, buceando tesoros escondidos. Acaso nadando abrazado a una sirena que chupa ginebra y  come  queso semicurado en el parque de Regent’s.    

Londres siempre fue un sueño, tal vez reescrito por Dickens en el desván de las promesas y juguetes que hacen muecas al destino. Esperaba mucho. La próxima  vez viajaré a Londres en verano. Entonces, y a buen seguro, me encontraré con una ciudad más bulliciosa y teatral. Entonces sí podré disfrutar de los mimos al aire libre en sus muchos y extensos parques.

También hubo un tiempo en que esta ciudad fuera no más un escenario de marionetas y borrachos que jugaban al pócker, alumbrados por candiles y cervezas tostadas... Los fantasmas londinenses tocan a la puerta del vecino una vez cada día. Suelen hacerlo de madrugada, a las seis en punto, cuando las palomas flotan en el Támesis, que discurre barroso y lento por mi cauce de ilusión y sueño.

El verdor londinense me hace ser vegetariano: “please, vegetable curry and rice”. La comida inglesa es de fácil digestión. El Eros de Piccadilly no logró herirme con su flecha. Me quedé a verla venir. Quizá no tenía ganas de sangrar. Hubiera preferido rasgar la punta de mis sueños, enrojecer la médula, traspasar el umbral rojo.

Cuando abandoné la ciudad, sentí nostalgia. Viajar siempre deja huella. Viajar es sentir,  y a uno le gusta sentir. Algún día volveré a London y visitaré la morada de Freud y la periferia campestre de la capital inglesa.

Manuel Cuenya

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