México, ese país que tantos y tan suculentos recuerdos me trae. Es como si siguiera enganchado a sus tuétanos. Imposible desprenderme de sus paisajes y paisanajes. De su forma de ser y estar. De todo aquello que viviera en una época gobernada por un jijo de la trompada. Y por toda esa bola de pendejos que le hacen la corte a sus mandatarios. Corrupción al por mayor. Mordida al canto.
                                  
No nací en México, pero viví en este país de contrastes a toda madre. El deseo rozándose con el Tánatos. La muerte exhibida. Los ataúdes en las aceras de Chalco. El culto a la pelona en Tepito y en Mixquic. País tragicómico al que le va la farra a todas margaritas. Como arañas panteoneras subidos a las bardas de lo insólito. País surrealista, adonde todo es posible, y al cual fueron a parar Breton, Artaud (en busca de una energía especial, que acabaría encontrando en los Tarahumara), Buñuel (que hizo, además de  Los olvidados, algunas de su mejores películas: El ángel exterminador, Nazarín, Simón del desierto, entre otras).

Se vive de un modo más intenso en México, durante una breve estancia, que cien años de soledad en el Bierzo. Al menos para un gachupín ávido de sensaciones, capaz de sumergirse en los cenotes sagrados de la hiperrealidad. Aunque decir esto así parezca una salida de tono, quizá no sea una ocurrencia de última hora, sino algo que viví. Vivir, siempre hacia adelante, mirando hacia atrás, es inevitable. No obstante, cuando uno encuentra la temperatura afectiva adecuada en su tierra, entonces, ay, la vida puede tornarse amorosa y agradabilísima.

 

México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Gringos

Algo así dicen que largó Porfirio Díaz. ¿Quién se acuerda de este cuate? México, separado nomás por Río Bravo/Río Grande (depende de quién lo observe y lo nombre): un auténtico paso infernal para espaldas mojadas, y aun para otros. Una brecha bestial, una herida sangrante (léase merito Gringo Viejo, de Fuentes), que divide a unos y otros. “El otro lado” extraño y a la vez soñado: USA. La sombra de un gigante que cubre y apantalla a todo un continente.

México, país lindo y querido, acaso chido y  chingado. Me mola un chingo. ¿Qué más se puede pedir... y dar? México es para que te vaya mal (si eres un olvidado) o bien (si formas parte de la fresería andante). En la región más transparente, como dijera Alfonso Reyes,  y después Carlos Fuentes en aquella novela memorable.

Zócalo

Para entender el México contemporáneo habría que regresar a la historia de Nueva España, que está marcada por el fracaso de sus guerras de Independencia. En el fondo, este país nunca ha logrado instaurar una democracia que ofrezca soluciones reales a sus inmensos problemas, entre ellos la desigualdad brutal entre ricos y pobres, el narcotráfico, la violencia a punta de pistola, la inseguridad ciudadana, sobre todo en el Distrito Federal, Tijuana, Ciudad Juárez… porque su historia –por desgracia- está infestada de caudillos, canónigos quema-herejes e izquierdosos con vocación de carceleros. En la actualidad, proliferan los sicarios y bandas organizadas que te pueden calzar en menos que roedor se trinca a una camada de conejitas.

Los presidentes mexicanos han sido dictadores constitucionales, y su poder se revela casi absoluto. México no se entiende si se omite al PRI, el partido político que detenta todo el poder, ese bien tan preciado en este país.

Mexiquito… acá se puede vivir mucho mejor que en Europa... en México todo es posible... hasta se pueden comprar títulos...  No me diga, señor lisensiado... ay, licenciado... no me cotorree, güey... que le digo que sí... pues vaya... En México, como en el resto del orbe, el que tranza, avanza.

 

Ciudad de los ombligos

La Ciudad de México se abre como un mar de luces en la noche oscura de las almas... purgadas. Aterrizar en Benito Juárez es todo un orgasmo visual. A uno le entran como espasmos cuando el avión está sobrevolando la inmensidad de esta urbe y, de repente, parece que fuera a estrellarse contra las azoteas de las casas. El aeropuerto está engullido literalmente por este monstruo de dimensiones colosales, la que fuera metrópoli de los aztecas, Tenochtitlán, la capital del imperio colonial de la Nueva España, situada en el valle de Anáhuac, a unos 2.200 metros sobre el nivel del mar, lo que a un turista, poco o nada habituado a las altiplanicies, le acaba produciendo mal de altura.

Xochimilco

Tan rica y sabrosona para algunos y tan mísera para muchos, que esnifan pegamento para combatir la amargura, hacinados en chabolas, a orillas de la gran urbe, surcada de norte a sur por la impresionante Avenida Insurgentes… Todo está hecho a lo grande en esta metrópoli, construida sobre zona lacustre y en tierra sísmica. Hundiéndose cada día. Siempre temblando como un álamo en medio de una contaminación atroz, sobre todo en meses de primavera, cuando el smog se queda clavado del cielo, como un puñal asesino. Resulta curioso que en la actualidad escasee el agua en la “ciudad de los palacios”, asentada sobre el que fuera el extenso lago de Texcoco, y aun rodeada por el ya desaparecido lago de Chalco (donde uno impartiera docencia, y el autor de El Guzmán de Alfarache pasara sus últimos días de existencia). De aquel enorme lago se sigue conservando, vivaz y colorido, Xochimilco.

Desde el cerro del Tepeyac, donde está la milagrera basílica de Lupita, se atisba un horizonte de nieblas y neblinas. Ensabanado cielo grisáceo, tirando a negruzco. Así se revela esta megalópolis, una de las más grandes del mundo, acaso la más grande, si dejamos de lado Tokio. “La virgen de Guadalupe es –según Octavio Paz- uno de los pocos mitos vivos de México”.

Basílica de Guadalupe

Ciudad de México, el distrito defequense, no deja indiferente a naide/naides. Es un monstruo, con sus hedores, “una ciudad que huele mal”, dijo el inglesito Ashey en uno de sus programas de Ciudades del Pecado, y hermosa en el bosque de Chapultepec y en Xochimilco, con sus floridas trajineras, o bien en barrios como Coyoacán, donde se halla la casa-museo de Frida Kahlo y un monumento dedicado a los coyotes, que dan nombre a esta colonia.

México, D.F., considerado por unos como el ombligo de la luna, qué guay, y por otros como el ombligo del maguey; la Venecia indígena, espejismo y ensueño, que tanto impresionara en tiempos a los españoles. Así nos lo cuenta Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Continúa...

Manuel Cuenya

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