El Cairo: vista panorámica... y ciudad de pase torero. Lo primero que sorprende al viajero, incluso sin poner los pies en el Cairo, es su tamaño, cuya extensión sobrepasa los cuarenta kilómetros de largo por treinta de ancho, lo que da una idea de sus dimensiones. El Cairo (en árabe El-Qahir o Al-Qahira, la Victoriosa) es una megalópolis construida a lo largo del curso del Nilo, entre dos orillas desérticas, de aproximadamente veinte millones de habitantes, aunque los oriundos, entre otros algún taxista, aseguran que unos dos millones de personas sólo permanecen en la ciudad para trabajar. Ya sean dieciocho o veinte millones de almas, la capital egipcia resulta colosal, sobre todo cuando uno está habituado a ciudades hechas a escala humana, incluso pueblos donde la vida se hace tranquila y sosegada. El Cairo, en cambio, está llena de ruidos, a veces ensordecedores. Cuando se sobrevuela esta metrópolis se tiene la impresión, al igual que ocurre con Ciudad de México, de que es una ciudad interminable, un mar de luces, si se llega de noche al aeropuerto. A decir verdad, a uno le parece que tiene varias similitudes con la capital mexicana en cuanto a contaminación, ruido y caos en el  tráfico. Incluso en lo referente a sus pirámides.
 

Ambas ciudades están extremadamente contaminadas, a resultas de la cantidad de vehículos, la mayoría en mal estado, que circulan en constante y frenético movimiento, día y noche, porque la capital egipcia parece no dormir ni un segundo. Y durante el día, salvo que sea un viernes, día festivo, el peatón se las ve y se las desea para poder cruzar una calle. Un viernes parece un día mucho más calmado que el resto para salir a darse un paseo por la ciudad. Pero cualquier otro día de la semana puedes pasarte horas en espera de que se despeje el tráfico si no te aventuras a cruzar, como hacen habitualmente y sin miedo los cairotas, dispuestos como están a dar pases toreros a cuantos automóviles tengan a bien circular por la calle o avenida de turno, aunque para ello se jueguen el tipo en medio de la misma, mientras los coches te pasan por un lado y otro, incluso podrían llegar a pasarte por encima.  En El Cairo uno debe mostrar sus habilidades toreras. Desconozco los accidentes de tráfico que habrá en esta ciudad, pero me temo lo peor.

Los semáforos están por estar, nadie los respeta, y los policías, aunque haya uno en cada esquina, hacen la vista larga. Cada cual circula como puede, y el viandante se las tiene que ingeniar para torear o esquivar el tráfico intenso y alocado, bestial y contaminador. Y si se te ocurre coger un autobús urbano, que por cierto son similares a las “combis” mexicanas, tienes que treparte en marcha al mismo, y agarrarte como un mono de feria adonde puedas y te dejen, porque van hasta los topes. Y lo mismo sucede para apearte: tienes que bajarte casi en marcha. Hay que estar en buena forma física, porque El Cairo no parece estar hecho para disminuidos físicos ni viejecitos poco ágiles, ni siquiera está hecha para pasear por ella, salvo que te adentres en las animadas calles y callejuelas del gran bazar o zoco Khan el Kahlili, adonde suelen ir a parar todos los turistas y viajeros en busca tal vez de la quintaesencia egipcia. Las distancias son tan grandes que lo mejor es alquilar un taxi para todo el día, que te lleve a los lugares de interés, incluso que te dé algunas vueltas panorámicas por la ciudad, por ejemplo por la mítica Ciudad de los Muertos, algo que suelen hacer las agencias turísticas, encargadas de programar viajes a Egipto.

Los taxis en El Cairo resultan muy baratos para un turista o viajero occidental, y aun para cualquier turista. Se puede tener un taxi a tu disposición todo un día por unos pocos euros, entre ocho y diez, esto es, unas setenta u ochenta libras egipcias, y eso casi sin regatear -pues el reagateo en Egipto y en general los países árabes es  costumbre-, lo que supone una suma ridícula comparada con los precios, casi siempre desorbitados, que cobra un taxista en Europa por una simple carrera, donde el taxímetro impone su ley. Estas son algunas de las ventajas de las que puede gozar un turista, no adinerado, en un país como Egipto, donde un salario medio no llega a los cien euros mensuales, según algunos camareros.

En los últimos treinta o cuarenta años El Cairo ha triplicado su población. Y a este ritmo podría llegar a ser, en breve, la ciudad más grande del mundo. No está tan alejada, en población, de la Ciudad de México. Como ya dijimos. Aunque la extensión de El Cairo, aún siendo enorme, no llega a ser tanta como la de México, Distrito Federal, cuya área metropolitana supera los 1.800 kilómetros cuadrados. El Cairo, a pesar de ser una ciudad enorme, es bastante seguro para el visitante extranjero. Nada hay que temer. Incluso se podría decir que es una ciudad más segura que algunas europeas, y los egipcios suelen ser solidarios, de trato afable, y muchos te hablarán en español, aunque sea lo básico para hacerse entender. De todos modos, como en cualquier sitio, conviene andar despierto y con los ojos bien abiertos.


El bazar de Khan el Khalili  (Jan al Jalili)  y las mezquitasMezquita de Muhammed Ali

Es el gran bazar cairota, al que van a parar propios y extraños, porque a los visitantes, por lo general, les gustan los mercados y sobre todo hacer compras. Vivimos en un mundo consumista, donde el tener es más importante que el ser. Además, este gran bazar del siglo XIV, ubicado en el nordeste de la ciudad, cuenta con los  ingredientes necesarios para que el forastero se sienta a gusto. Hay multitud de puestos y tiendas en los que uno, si se lo propone, puede conseguir cualquier cosa y a buenos precios: perfumes, joyas, papiros, artesanías varias, etc. En los últimos tiempos se ha puesto de moda la tienda del catalán Jordi, bien conocido por los turistas españoles, que gustan de visitarlo, y de paso comprarle algo. Además, Jordi suele mostrarse generoso con los españoles, y por veinte euros, como me dijo una pareja de murcianos, Maribel y Félix, te llevas media tienda. Es un decir. Si uno no quiere hacer compras, y sólo está interesado en callejear o medinear, lo mejor es no clavar la vista en las tiendas para que el tendero de marras no te lance las amarras en las que al final acabarás cayendo. Suelen ser expertos vendedores. Entre los muchos objetos que uno puede conseguir a buen precio, y que tal vez merezca la pena si uno decide comprar algo, es una cachimba o shisha (pipa de agua) o bien una chilaba. Cada cual según su gusto. Claro está.

Es probable que el premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz haya contribuido a dar a conocer y aun hacer famoso este mercado, pues el escritor cairota, que vivió en una de sus callejuelas, le dedica toda una novela. Asimismo, el visitante puede tomarse un karkadé frío o caliente (infusión de flores de malvavisco con azúcar),  té a la menta, café o bien café turco, mientras se fuma una shisha o narguile, en el café Naguib Mahfuz o en cualquier otro cafetín, algo delicioso y muy placentero. A uno lo que más le gusta es callejear, caminar, a veces sin rumbo fijo, perderse en busca quizá de algo que resulte sorprendente. La verdad es que esta ciudad impresiona a cualquier viajero, al menos, europeo. Callejear por sitios animados, con frecuencia polvorientos y olorosos, entre la basura acumulada y la comida, entre hombres y mujeres con la mercancía sobre la cabeza y burros cargados de bombonas de gas o de frutas y verduras, recorrer el bulevar de Muski entre la fragancia de los perfumes, las especias y el olor a incienso, pasear por el callejón de Midaq, que es el callejón de los milagros que figura en la novela de Mahfuz, “una de las joyas de otros tiempos... en la historia de El Cairo”, según el Nobel cairota, callejear por Shari el Muizz li-Din Allah, la arteria principal, desde Bab Zuweila hasta Bab el Fetuh. Subir por la escalera de caracol a lo alto de la puerta-minarete de Zuweila, desde donde se tienen curiosas panorámicas de la ciudad, y sobre todo de Jan al Jalili, en cuyo entorno hay varias mezquitas: El Azhar (que desde el siglo XII alberga la Universidad, tal vez la más antigua del mundo), Mutahhar, Qalaun, El Husayn, El-Ashraf Barsbey, El Hakim, El Mardani, etc. En realidad, en El Cairo hay muchísimas mezquitas, unas treinta mil, según Naser, un nativo experto en historia del arte. Con tantas mezquitas nadie puede quedar sin rezar la oración de rigor, mientras el almuédano o muecín resuena a lo largo de cinco veces al día en cualquier rincón de la ciudad. Si uno está callejeando al atardecer por Jan al Jalili no debe dejar de asistir a un espectáculo de los derviches giróvagos, los místicos bailarines,  en el Mausoleo de El-Ghuri, cerca de la mezquita El-Ashraf Barsbey. Los derviches, a ritmo de música, giran como peonzas en danza hasta alcanzar el éxtasis. O al menos es lo que uno siente como espectador. Cualquier persona, no entrenada, acabaría en el suelo a las diez o doce vueltas. Ellos, en cambio, pueden estar minutos y minutos girando sobre sí mismos,  a la vez que forman anillos saturnales con sus túnicas, como si estuvieran levitando. Y encima este maravilloso espectáculo es gratuito.


La Ciudad de los Muertos y La Ciudadela

En realidad, esta ciudad podría llamarse El cementerio de los vivos, pues aquí viven muchísimas personas. Casi nadie se pone de acuerdo en la cifra exacta. El escritor Juan Goytisolo en su texto La Ciudad de los Muertos, escrito en los años 90, nos dice que cuenta con una población aproximada de un millón de almas. Es probable que en la actualidad haya bastantes menos. Las agencias turísticas, aunque ofrecen a menudo recorridos y visitas panorámicas de la misma, no recomiendan a los turistas adentrarse en ella, en sus casas-panteón, porque puede ser peligroso. Los taxistas también son reacios a meterse en su interior por lo que pueda ocurrir. Hace algunos años los viajeros solían visitar esta necrópolis, que se muestra como una sucesión de cúpulas y minaretes, con absoluta naturalidad. Hay algunos, incluso, que nos hablan de una gran hospitalidad por parte de sus habitantes. Como es el caso de Juan Goytisolo, buen conocedor del mundo islámico, quien se sintió muy a gusto con algunos de los vivos de esta ciudad. “Es una abigarrada y fascinadora aglomeración urbana rebosante de vida”, señala el escritor. Este cementerio está cerca de La Ciudadela, otro lugar de interés turístico, donde se puede ver la mezquita Muhammad Ali, la llamada delicia turca o mezquita de alabastro. Desde La Ciudadela se disfruta de magníficas panorámicas de El Cairo, cuyo cielo se muestra neblinoso, incluso en días de sol intenso, debido a la contaminación. La explosión demográfica, la migración del campo y la falta de alojamiento, entre otros, convirtieron este cementerio de los sufíes y mamelucos en una gran ciudad de gente humilde. Sus habitantes, como en general los mexicanos, no parecen sentir angustia en la cohabitación diaria con la muerte.


El Cairo moderno y lujoso

A menudo se dice que El Cairo, la madre del mundo, entraña mil y una ciudades: el Cairo faraónico de las pirámides, el copto amurallado de las iglesias y sinagogas, el islámico de las cúpulas y minaretes, el nuevo de la gran midan (plaza) et-Tahrir, donde están, entre otros,  el Museo egipcio y el Hotel Hilton; Garden City, etc. En brutal contraste con La Ciudad de los Muertos está la ciudad de los grandes y lujosos hoteles, algunos de los cuales se encuentran en la isla de Gezira, como El-Gezira Sheraton o el Hotel Marriott, que hasta da la impresión de que desentonaran en esta ciudad de color ocre terroso, donde la mayoría de edificios está a medio acabar, porque sus habitantes esperan a que sus hijos y nietos lleguen a construir algún día su vivienda.

El Marriott, cuyo edificio central ocupa un antiguo palacio, goza de una situación privilegiada en el barrio de Zamalek, a orillas del Nilo. Es quizá el más bonito y lujoso de El Cairo. Al menos a uno, que tuvo la suerte de alojarse en él, eso le pareció. El Marriott suele ofrecer a sus clientes un pequeño paseo nocturno por el Nilo, que incluye cena y un espectáculo de danza del vientre en el Nile Maxim, el barco que está atracado enfrente de este hotel. Para tomarle el pulso y la temperatura afectiva a todos estos cairos se necesitarían tantos días, que el turista o viajero, ya sea en excursión programada o por su cuenta, no suele disponer. Por tanto, El Cairo es una de las ciudades que requiere, al menos, más de una visita.


Piramide de KeopsEl Museo egipcio y Las Pirámides de Gizeh

Si se viaja a El Cairo se recomienda visitar El Museo egipcio, aunque a uno no le entusiasmen los museos, porque en él palpita el corazón faraónico del país, desde el tesoro de Tutankhamón hasta la macabra sala de las momias. Y sobre todo uno no puede perderse las pirámides, una de las maravillas mundiales, más que nada porque en ellas podemos ver reflejados cinco mil años de nuestra historia y civilización. Y eso pesa mucho. Además, son monumentos que impresionan en cuanto te acercas, sobre todo la pirámide de Keops, la más grande de las tres. También se puede visitar su interior, salvo que uno sea claustrofóbico, al igual que ocurre con la pirámide de Kefrén. Conviene avisar de que por el entorno desértico de las pirámides pululan camelleros y chavalines dispuestos a que te subas al dromedario para sacarte una foto, y además te venden -casi te empaquetan- toda suerte de recuerdos, desde postales, pirámides en metal y cristal, hasta pañuelos, chilabas y camellos de peluche. Es sin duda un gran negocio. Si no te haces de miel, no llegas a sufrir un verdadero acoso por parte de los vendedores pero a veces se vuelven pegajosos, lo que resta encanto al lugar, que por otra parte cuenta con la pirámide de Micerinos, las más pequeña de las tres, y la famosa Esfinge, portadora de vida, poder y verdad, ese león con cabeza humana y sonrisa burlona que parece contemplar la eternidad y que llama poderosamente la atención por su grandiosidad. En cuanto a las pirámides, El Cairo también se parece a una cultura, en principio diferente, como es la azteca.  Y al igual que las egipcias, situadas a quince kilómetros al suroeste de El Cairo, las pirámides aztecas de la luna y del sol están en Teotihuacán, a unos cuarenta kilómetros de la Ciudad de México. 

Después de algunos días en esta ciudad de ciudades, madre del mundo y ciudad de pase torero, tengo la impresión de que no deja imperturbable a nadie.

 

Manuel Cuenya

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