Vista panorámica de EstambulEs la segunda vez que aterrizo en Estambul, esto es en el aeropuerto de Atatürk, que queda, como todos los aeropuertos del mundo conocido, algo alejado de la ciudad, de esta bella y monstruosa urbe, cuyas dimensiones resultan inabarcables, al menos para turista, incluso para un viajero, salvo que éste se quede durante varios meses, y se dedique a recorrer y patear palmo a palmo esta metrópolis, que a Juan Goytisolo se le antoja espacio-palimpsesto, babel de lenguas, Bizancio-Constantinopla fundada hace veintitantos siglos, quizá veintiocho, que se dice pronto. La precisión, en todo caso, se la dejo a los historiadores.
 
Nada más llegar al aeropuerto (y pagar religiosamente el visado o visa), me encamino a algún punto de información para ver cómo puedo llegar al centro, tal vez en autobús, porque la vez anterior, aunque tenía contratado el traslado del aeropuerto al hotel, no apareció nadie y cogí un taxi (taksi, que dicen los turcos).
Busco una oficina de turismo antes incluso de cambiar guita, pues creo, ingenuamente, que la que traigo de mi anterior viaje tal vez podría servirme para sacarme de un apuro. Craso error. La nueva lira turca entró ya en vigor en el año 2005. 
 

“Desde aquí no hay autobuses, sí metro”, me dice más o menos en english la chica de información, que me explica con amabilidad cómo puedo llegar al centro, y se sonríe, simpática, cuando le muestro mi dinero turco, mis viejas liras, ya inservibles.
 
Desde Atatürk, o mejor dicho desde la estación de Havalimani se puede coger un metro, que puede llevar al viajero o turista hasta el centro histórico de Sultanahmet, donde están algunas de las maravillas turcas, las monumentales Santa Sofía o Ayasofya, la Mezquita Azul, el palacio de Topkapi, harén incluido, entre otras y otros de singular valor.
 
Desde Havalimani hasta Zeytinburnu -donde se hace trasbordo para ir a Sultanahmet- cuesta una con cinco liras turcas (1.5 TL, o sea unos 0.75 céntimos de euro). Luego se saca, naturalmente en Zeytinburnu, otro billete (en realidad un jeton, al mismo precio que el anterior) hasta el destino, en este caso Sultanahmet, donde, aparte de los atractivos turísticos, abundan los hoteles y hostels. El trayecto dura unos 50 minutos desde el aeropuerto hasta Sultanahmet.
 
Calle AkbiyikElijo la calle Akbiyik para alojarme pues llego sin reservas ni nada, a sabiendas de que en esta ciudad de ciudades no resulta complicado encontrar dónde hospedarse porque cuenta con una gran infraestructura hotelera, sobre todo creada en estos últimos tiempos, debido a la masiva demanda de turistas, que abundan y manan de cualquier esquina. Estambul parece haberse puesto de moda entre el turisteo europeo.
 
La Akbiyik Caddesi parece una calle americana de alguna ciudad californiana. Me hace recordar asimismo la Main Street del Reino Disney, en aquella época en la que uno fuera cast member de Mıcky Mouse... y de Minnie.
 
Muy cambiada he visto Estambul con respecto al 2001, año en que visitara por primera vez esta megalópolis. Es como si a determinadas zonas les hubieran lavado y aclarado el rostro. Es esta sin duda una ciudad en constante cambio. Me da la impresión de que la han aseado cual si fuera una ciudad europea de altos vuelos por donde acostumbran a transitar los turistas, como es el caso de la muy animada y chic Istiklal Caddesi, o bien la Divan Yolu, que parte cerca de Ayasofya hasta la parada Cemberlitas, donde se encuentra un famoso hamam o baño turco, que hace las delicias de cualquier visitante.
 
Se nota que a los oriundos de Estambul, y por supuesto a los guiris, les gusta/nos gusta pasear por la Istiklal Caddesi, una larga, espaciosa y occidentalizada calle, supuestamente peatonal, sólo interrumpida por un viejo y turístico tranvía, que de vez en cuando parece embestir a la muchedumbre.
 
La Istiklal Caddesi, con sus pasajes de estilo francés-parisino, como el Çiçek Pasaji o Cité de Pera (repleta de bares-restaurantes, y justo al lado de un pintoresco mercado de pescado) me hacen recordar la histórica calle de Saint Denis (bastante más sucia, hedorosa y de dudosa reputación esta rue de París, dicha sea la verdad), o a alguna calle vienesa, con sus cafeterías y tiendas sofisticadas... y ese viejo tranvía circulando por entre en medio del gentío como si fuera uno más de la comparsa.
En la calle Istiklal, además de circular un curioso y antiguo tranvía que siempre va hasta los topes, en medio de una riada de gente, entre foráneos y nativos, hay multitud de bares, cafeterías (como Madrid y Barcelona, contiguas, para que nadie se ofenda), restaurantes, puestos de kebab o kebap, cines, tiendas de libros y discos (véase la estupenda Mephısto, que encima sirve café y té). En cambio, otros sitios de la ciudad no gozan de tal aseo. No hay más que darse una vuelta por el barrio situado en la parte baja de la mezquita de Solimán o Süleymaniye (que por cierto el interior parece cerrado al público por obras), donde se impone otra realidad, que me hace recordar algunos lugares de países llamados tercermundistas y un poco la Alfama o la Mourería de Lisboa con la ropa tendida en los exteriores de las casas, bastante destartaladas, y los guajes correteando por entre el barro de las calles. O bien el comienzo, algo siniestro, de la Galip Dede en dirección al barrio de los Genoveses y la Torre Gálata. Aunque sólo debes dejarte llevar, trepar unos metros por esta calle-cuesta -decadente- hasta que comienza la algarabía de puestos, tiendas, las vitamine shop y sus vendedores de zumos, etc., lo que me hace recordar, salvando las distancias, la calle Calderería (la vieja, y aun la nueva) de Granada.
 
La torre GálataContinúo mi peregrinaje por esta ciudad espiritual, entre dos mundos no siempre reconciliables, Oriente y Occidente, asentada sobre siete o más colinas, como Roma, con sus bellas y evocadoras siluetas de minaretes, que parecen tocar los cielos... y sus muecines que resuenan en mis vísceras como llamadas de fe. Me acerco a la meca o santuario del Pierre Loti, que no era ningún santo, solo un novelista francés, cuya “ermita”, situada eso si en medio de un cementerio apacible y bucólico, se ha convertido en un café glamuroso, con una terraza espectacular desde la que se contemplan maravillosas panorámicas de 'Istanbul', aunque cabe reseñar que las mejores vistas de la ciudad se tienen -me late-, desde lo alto de la Torre Gálata.
 
El café Loti es muy apreciado por los extranjeros, incluso por algunos bercianos, entre ellos Ovidio, el propietario  del Bodegón ponferradino, y aun por algunos de mis familiares. Ovidio es, dicho sea de paso, un experto en Estambul porque ha viajado a esta ciudad en múltiples ocasiones.
 
El peregrinaje hasta el Café Pierre Loti, algo alejado del centro histórico de Sultanahmet, me lleva hasta lo alto de la colina, donde se encuentra enclavado este lugar de culto y singular belleza. Como buen peregrino por la vereda del Cuerno de oro (que lírico nombre) ni siquiera hago uso, en la subida, del teleférico, aunque sí en la bajada (lo que se agradece, después de tanta marcha), y luego me tomo un bus de regreso hasta Emïnonü, otro lugar emblemático de la ciudad, desde donde se puede embarcar hacia la parte asiática, véase Üskudär, o bien hacer un tour por el Bósforo.
 
Emïnonü es uno de los lugares más transitados, tanto por los estambulíes como por los extranjeros, y donde hay muchos puestos de pescado, que invitan al visitante, sobre todo cuando se le despierta el apetito, a degustar, como hacen los oriundos, un sabroso bocadillo de pescado asado a la plancha. Lo cierto es que estos puestos, algunos improvisados y otros permanentes, resultan llamativos y están presentes en algunas otras partes de la ciudad -algunos asan los pescaditos desde unas barcas ancladas en el puerto del Cuerno de Oro, en Emïnonü- mientras que otros los asan a la plancha en la otra orilla, pasado el puente Gálata, en dirección a la famosa torre, la más antigua y tal vez bonita de Estambul, construida por los genoveses.
 
La entrada, o mejor dicho la subida a la torre en ascensor cuesta 10 TL (liras turcas, unos cinco euritos) pero merece mucho la pena. Y si a uno le entra hambre o sed puede quedarse a tomar algo en el restaurante que hay en la última planta-mirador, desde el que se puede atisbar toda la ciudad, o lo que permite la mirada, pues Estambul se extiende o se intuye arracimada por las colinas y más allá del horizonte. Pura alucinación.
 
El gran bazarVisita indispensable, aunque uno no vaya a comprar nada se me hace el Gran bazar. Enorme y bien organizado -esa es mi impresión-, no me resulta tan cautivador, al menos no tanto como los zocos marrakchíes o la ancestral Medina de Fes-el-Bali, por la que siento casi reverencia.
Quizá, a resultas de su europeización, los estambulíes parece que se hubieran vuelto algo asépticos y no incomodaran, ni siquiera se entretuvieran con el viajero, para darle algo de palique o de tabarra, o simple y llanamente para enjaretarle algo. Bueno, de vez en cuando se acerca alguno y ya... Algo que me sorprende, habida cuenta de que en Marruecos, por ejemplo, hay contacto con el personal, aunque no se desee. Cada país, cada ciudad, es evidente, se rige por unos códigos. Y Estambul, además de una ciudad cosmopolita, es islámica y católica y judía y... una convivencia en supuesta armonía de varias religiones, una Alianza de las Civilizaciones, entre Oriente y Occidente.

Manuel Cuenya

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