Roja utopía

Decir María del Pilar Fernández Álvarez pudiera no tener mayor significación que el de nombrar a una mujer; pero si a continuación añadimos que se trata de Marujina Cobos el significado toma otra relevancia. No en vano nombrarla es pronunciar el nombre de una mujer comprometida y entregada a la causa más noble a la que nadie puede dedicarse jamás: la lucha por el bienestar de todos, desde la igualdad, el respeto y la cultura. Ese ha sido desde siempre el compromiso que formó, conformó y forjó el carácter risueño y firme de esta mujer a la que le cupo el privilegio, el honor y la responsabilidad, junto con María Dolores Ramos Vega, de ser la primera mujer concejal del ayuntamiento de Bembibre. Nunca hasta entonces (1979) mujer alguna había ostentado la representación de los vecinos de la capital del Boeza. Fueron aquellas de 1979 las primeras elecciones municipales democráticas, después del absolutismo de Franco, a las que Marujina Cobos concurrió en las listas del PSOE, pero había sido mucho antes cuando ya había puesto de manifiesto su pasión por la política, entendida esta como un instrumento al servicio del pueblo, y en especial de los más desprotegidos. No era nada extraño ver en los últimos años de la dictadura y primeros de la democracia, el ir y venir de ciertas personas de “dudosa moral política” para la época, a la librería Cobos, propiedad de Marujina. Iban en busca de libros y tertulias subidas de reivindicación social. Las clases progresistas de la villa y entorno tenían en la librería un lugar de encuentro desde donde idear un mundo mejor, más justo y equitativo. La librería Cobos acabó convirtiéndose en una especie de embajada de la libertad y la cultura. En aquella librería, la suya de toda la vida, y también en la calle, siempre se significó Marujina como una apasionada activista a favor de la causa del proletariado. Nunca depuso sus creencias políticas, ni cuando se sentía señalada por algunos que creían que la insultaban al llamarla “roja”. Por lo visto el mayor agravio que un fascista podía dedicar, con intención de amedrentar, a alguien contrario a su ideario. Ella nunca se amilanó, siempre caminó con paso firme y la cabeza muy alta, con seguridad, la misma que otorga el saberse en posesión del arma más poderosa contra la injusticia y la falacia: la verdad. Como persona implicada siempre dio lo mejor de sí, y hoy, desde su retiro dorado, le queda el consuelo de asomarse a su ventana, frente a la estación, a observar cómo pasan los trenes, en la esperanza, tal vez, de que alguno acabe trayendo aquel mundo utópico que siempre soñó.

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