Injusticia vital

Lo gritó hace un siglo Emiliano Zapata: “La tierra para quien la trabaja”, y la reivindicación se convirtió en uno de los principios fundamentales sobre los que se construyó el movimiento revolucionario, impulsor de las luchas sociales y las demandas agraristas, en México. Abrazados a esta proposición, trasladada a tiempos más recientes y a nuestro entorno, fueron muchos los jóvenes socialistas, comunistas, anarquistas, y de otros movimientos, los que trataron de ponerla en práctica en otras cuestiones que poco tenían que ver con la agricultura, pero sí con la intencionalidad filosófica que encierra la consigna. José Manuel Gago fue uno de ellos. Revolucionario, soñador, idealista, perseguidor de un mundo más justo, equitativo y solidario con los más humildes y necesitados. En sus años de juventud, cuando agonizaba el régimen dictatorial de Franco y apuntaban los albores de la democracia en nuestro país, Gago, a pesar de los riesgos, hizo suyos los ideales del Partido Socialista Obrero Español, y enarbolando la bandera del compromiso no dudó ni un solo instante en dar lo mejor de él mismo en aras a lograr el bien común y la igualdad social. Ardua lucha en un entorno hostil. Pero José Manuel Gago no desmayaba jamás en su empeño. Luchador obstinado, tenaz y combativo, siempre tuvo claro que el trayecto a recorrer nunca sería un camino de rosas, como no lo eran las sendas, travesías y rutas que a lo largo de su vida de entusiasta montañero pisó bajo sus botas. Nada le fue regalado, hubo de pelear por todo lo que ha logrado en su vida. Y la vida no fue justa con él. La vida consiguió moverle los renglones que él quería escribir para sí y los demás. Injusta es a veces la vida. Lo fue con Gago. Hoy está postrado en una silla de ruedas, raptado por la enfermedad, cautivo entre las paredes de su casa, asomado al ventanal de sus recuerdos, donde sin duda han de pasar frente a él momentos de su beligerancia contra la injusticia. Seguramente, también, ha de tener un lugar en su memoria para aquellas excursiones de los años 60, que realizaba en compañía de un puñado de amigos a la Peña del Hombre, a las cuevas de Castropodame, al Pozo de las Ollas, al Catoute, a Gistredo… y a tantos y tantos lugares. Momentos arrancados a la existencia que hoy tiene que coser, a regañadientes, al álbum vivo de su historia. “La tierra para quien la trabaja”, querido Gago, y la vida para quien la quiera vivir. La vida también es perversa y a ti te relegó a una silla de ruedas. Hazlas girar, compañero, y vayamos siempre en busca de la libertad. ¡Salud!

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