Gil y Carrasco, con otros ojos

El maestro Ramón Carnicer describió de esta manera a su paisano Enrique Gil y Carrasco: “Atildado y elegantemente vestido, conforme a la moda de la época, moderada por cierta severidad; reposado en sus ademanes, pálido; de pelo castaño claro, casi rubio; con aire de hombre del Norte, y como tal, de ojos claros, azules, de mirar abierto, aunque un poco triste”. Nadie ha cuestionado nunca la descripción que hizo el maestro, pero no ha habido ni aún hay, tal unanimidad en lo que se refiere a otras cuestiones relacionadas con la vida y la obra del ilustre Gil y Carrasco. A lo largo del siglo XX, y sobre todo después de la guerra civil española, y teniendo en cuenta la repercusión y la trascendencia que la obra del villafranquino cobró, se ha tratado de vestir la figura del escritor berciano con ropajes no siempre acordes a su condición humana. Al socaire de intereses políticos, una veces, pseudo territoriales otras y familiares en otras tantas, cuando no un compendio de todas ellas juntas, se ha llevado la vida y la obra de Gil y Carrasco por derroteros no siempre coherentes con la realidad histórica. Lo cierto es que murió joven (31 años), por tuberculosis, en Berlín, tal vez en la cima de su condición social y literaria; acompañado de su amigo, y seguramente amante, el todo poderoso Humboldt. Sí, porque, a pesar de lo que algunos tratan de ocultar, mojigatamente, Enrique Gil y Carrasco era homosexual. A lo largo de su existencia fue el trato con determinados hombres lo que marcaron, de manera significativa, su devenir personal y literario. Así, es conocida su relación con Guillermo Baylina, en sus años mozos, en Ponferrada, si bien se ha tratado de vincular sus escritos de aquella época con la inspiración que le producía la hermana de Guillermo, Juana. Acreditada está, igualmente, su íntima amistad, ya en Madrid, con su protector, José de Espronceda, libertario, revolucionario y republicano, quien habría de abrirle las puertas de la masonería. Hecho este que se ha tratado también de soslayar en las biografías “oficiales”, sufragadas por el régimen franquista y el interés personal de alguno de sus descendientes y otros paisanos, que han querido transmitir la imagen de un Enrique de sacristía; obviando, a propósito, su auténtica condición sexual, así como su agnosticismo, su progresismo y su condición de masón. Y ya va siendo hora de que se conozca y reconozca la auténtica estampa humana y literaria de Enrique Gil y Carrasco, lejos de todo sectarismo, ceguera e intransigencia. Aprovechemos este año del bicentenario de su nacimiento para redescubrirlo y releerlo y, a partir de ahora, con otros ojos, los de la verdad.

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