El perejil  -todo el mundo lo sabe-  es una planta oriunda de Oriente en donde, además de servir como condimento se cultivaba como planta de jardín, aunque crece en cualquier terreno, pero se adapta, preferentemente a zonas umbrosas.

El perejil fue una de las especias que los cruzados trajeron a Europa tras una de aquellas incursiones en las que so pretexto de conquistar los Santos Lugares, no dejaban títere con cabeza.

En ciertas regiones de Francia se creía que toda aquella persona que sembraba perejil, se exponía a una muerte segura, dentro del mismo año. De todas formas, como era   una planta útil, los campesinos lo sembraban a voleo, sobre un muro, entre piedras y aguardaban. Luego la naturaleza que, digan lo que digan, es muy sabia  hacía lo demás: al madurar, la simiente caía al suelo  -preparado de antemano-  y germinaba.

Los romanos lo tenían en gran aprecio y de ellos seguramente aprendió Carlomagno  -el de los Doce Pares de Francia a quienes los navarricos dieron un varapalo en Roncesvalles-  que no podía pasar sin él. Cuentan, incluso, que ordenaba dar perejil a los conejos porque  así su carne era más sabrosa.

Esta planta –no hace falta decirlo- abunda  en El Bierzo y puede sembrarse  -y de hecho se siembra-  en tiestos.

Mi amigo Ángel Yáñez   decía que las mamás-pájaro daban perejil a los hijos enjaulados para que no sufriesen en  prisión  y muriesen.  (En realidad, no era perejil sino hinojo de asno que es planta muy venenosa y que recibe el nombre más apropiado de cicuta blanca. Lo que ocurría es que Ángel Yáñez había oído campanas  -fue monaguillo en mi época de monaguillo-  y no sabía muy bien en qué campanario sonaban. Me gustaría, hoy, explicárselo, pero como otros muchos amigos, Ángel es ya -casi-  una niebla en el recuerdo, es decir, nada.

No puedo  -ni debo-  terminar este artículo sin dar una receta  -por ejemplo patatas con ajo y perejil-  y, para ello, nos hacemos con un kilo de patatas, dos dientes de ajo picados, una cucharada de perejil picado, caldo de haber cocido verduras  -o carne-  limón, sal  -naturalmente- y aceite.

Pelamos las patatas y las cortamos en rodajas más bien gruesas; las salamos y las freímos en una sartén con aceite no muy caliente. No se deben dorar mucho para dejarlas blandas. Las sacamos de la sartén y las escurrimos sobre papel de cocina. Volvemos a poner la sartén al fuego con un poco de aceite y echamos los ajos y el perejil , sazonamos y agregamos el limón  -el zumo de un  limón-  y lo mezclamos, agregando un poco de caldo y si la mezcla, a causa del limón, sale agria agregamos más caldo. Después echamos las patatas y revolvemos, teniendo cuidado de no romperlas. Dejamos todo al fuego, seis u ocho minutos y removemos, de cuando en vez, para que se vayan haciendo.

NOTA: En un blog que he consultado, una tal Chefi Martínez comentaba que las patatas con ajo y perejil era la especialidad de su marido y que las hacía más deliciosas que ella misma, pero  que la próxima vez las iba a hacer ella.

Y digo yo, que eso está muy bien: que los hombres nos metamos en la cocina y de vez en cuando, hagamos algo.

 

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Comentarios  

0 #1 MagistralRecunco 13-08-2014 17:06
Reitero anteriores comentarios: esta sección culinario-festi va es de lo mejor de Bembibre Digital, no en vano cuenta anécdotas, hace gala de una sana socarronería y, además, siempre nos facilita recetas sencillas y baratas con un nivel muy superior al de esos chefs mediáticos que la mayor parte de las veces utilizan lenguaje ininteligible e ingredientes no asimilables por muchos bolsillos.
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felix 359 1
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