Lo primero que percibí, tras casi mil kilómetros en tren y algunos menos en barco, en una noche lluviosa, fue un rostro abotargado, al que un farol marinero, iluminaba a contraluz. Estaba en Ceuta con veintiún años recién cumplidos y delante de mí tenía al cabo Manuel Cantalejo López.

Además del rostro abotargado vi un cuerpo cubierto por un sobretodo de lona por el que resbalaban  gotas de lluvia y bajo un “Lepanto”, sujeto a la barbilla por el barboquejo reglamentario, unos ojos saltones y un labio leporino que insinuaban una sonrisa convencional de bienvenida.

Adiviné  -no hacía falta ser muy perspicaz-  los efectos del alcohol en el hombre que  -lo supe después-   además de ser padre de familia numerosa  le gustaba el vino. (Más tarde supe que era un buen cocinero y  -cosas extrañas de la vida-  experto en antibióticos que lo curan todo, Alonso porque los antibióticos lo curan todo, -trataba de convencerme-  hasta las enfermedades imaginarias).

Era  -decía-  el cabo Manuel Cantalejo y mi amistad con él  -siempre que se pueda hablar de amistad, en la vida militar, entre un superior y un novato-  la buscó mi superior, tan pronto como supo que había sido destinado a la enfermería.

-Mira, Alonso,  -Alonso era yo-  mi experiencia te puede servir de mucho en este destino.

A mí me parecía bien su experiencia, pero lo que me interesaba  -además de conocer los antipiréticos, los antitusígenos y los fluidificantes-  era saber cómo se preparaban, por ejemplo, las sardinas al romero, la merluza con salvia o el pulpo a lo sochantre porque, por aquel entonces, estaba yo embeleñado en coleccionar recetas gastronómicas para mi novia, una novia que me abandonó para  casarse con otro, durante mi estancia en Ceuta.

Y, tantas veces fue el cántaro a la aceña que alguna vez terminó por romperse y Cantalejo, por fin, se decidió a contarme alguna de sus experiencias culinarias.

-Anota, Alonso, te voy a enseñar a preparar las sardinas al romero, pero, antes,  tengo que decirte que las mejores sardinas son las de mi tierra  -Cantalejo había nacido en san Cosme de Barreiros-   que, sin desmerecer, son las mejores. Mira: echas aceite en una cazuela de barro y, sobre el aceite colocas una capa de sardinas abiertas y limpias, sin espinas y  a continuación las cubres con romero triturado y ajo. Otra capa de sardinas y sobre ellas ajo y romero y, así, hasta que llenes la cazuela. Después, las dejas cocer durante quince minutos y, en el último momento riegas todo con el jugo de un limón y , si no tienes limón,  vinagre.

Yo tomaba nota, mientras Cantalejo me decía:

-Apuesto una botella de vino, Alonso, a que un día a ti se te seca el cerebro de tanto escribir
.

Hacía una pausa.

-Porque escribir tanto no es bueno.

-A lo mejor, cabo, a lo mejor,  -respondía yo sonriendo-  pero ahora que estamos a ello dígame cómo se prepara una merluza a la salvia…

 

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