Chema SarmientoEl filandón es palabra que atrae a propios y extraños, algo así nos decía ayer el escritor Juan Pedro Aparicio en el filandón literario que tuvo lugar en la sede del Campus ponferradino, en el salón de actos de la sexta planta, donde uno imparte, por lo demás, clases a los de la Universidad de la Experiencia. Allí, al amor/calor sagrado de las palabras, de la palabra proferida y sanadora, nos reunimos algunos adeptos a las letras para escuchar con devoción a Merino, Aparicio y a Alfonso García, precisamente coordinador del suplemento el Filandón del Diario de León.

Lástima que no pudiera asistir el académico Luis Mateo Díez. Resultó divertido, incluso entrañable, y Mar Palacio, la presidenta del honorable Instituto de estudios Bercianos, nos deleitó, al final, con la lectura de un cuento en berciano, entonando con buena voz una canción. Y como de filandones va el tema, hoy proyectamos en el teatro Benevivere de la capital del Bierzo Alto la legendaria película de Chema Sarmiento, El Filandón (calificada de Especial calidad e interés cinematográfico por el ICAA), que congrega en torno a la Ermita de la Campa de Colinas de Martín Moro Toledano a los escritores leoneses Merino, Mateo, Pereira, Pedro Trapiello (con quien tuve la ocasión de comer ayer mismo en León, y me recordaba que cuando rodaron esta peli no había llegado la luz al pueblo ancarés de Burbia) y Julio Llamazares para contarnos cinco historias fascinantes, "distintas para no tener la impresión de repetición, y no tan dispares como para que la sensación de unidad estilística no se resintiera", según su director, todas ellas hilvanadas con guiños al espectador, que les dan unidad y coherencia. Todas me encantan, mas hay una, quizá dos, que me parecen extraordinarias, como la del maestro Antonio Pereira, Las peras de Dios, y ese relato poético que nos cuenta Llamazares sobre el desaparecido pueblo de Vegamián.
Pasado el tiempo, más de veinticinco años desde que la viera por primera vez en el antiguo Cinema Paz de Bembibre (hoy Teatro Benevívere), la película sigue conservando ese aroma delicioso del buen vino.

La historia que nos cuenta el divino Pereira, entrañable persona y maravilloso escritor, tiene el humor suficiente y el erotismo justo para hacer que paladeemos con gustirrinín las peras de Dios, que en verdad es una buena metáfora, rellenita de sensualidad. Algo así como los “Senos” escritos por R. Gómez de la Serna o las peras/pechos de las primas de Albares de la Ribera, en que está rodado este cuento de verano, que bien pudiera haber sido dirigido por Eric Rohmer, pueblo del cual es originario Chema Sarmiento y en el que a uno se le pierde la familia (mi abuelo materno, a quien no conocí, le decían Antonio el Chulo era originario de esta localidad).
También recuerdo aquel relato de Julio Llamazares, que transcurre en el pantano del Porma, entre la alucinación y la noche azulada de un pueblo en ruinas, impregnado de aromas rulfianos y el hipnotismo musical de Cristóbal Halffter, y un poema, Fresas,  leído por el propio Llamazares, que dejó una profunda huella en la retina de mi memoria:

Entre las truchas muertas y la herrumbre, fresas. Junto a las fábricas abandonadas, fresas. Bajo la bóveda del cielo, muñecas mutiladas y lágrimas románticas y fresas. Por todas partes, un sol de nata negra y fresas, fresas, fresas. Consumación de la leyenda: en los glaciares, la venganza. Y, en los espacios asimétricos del tiempo, un relato de amor que la distancia niega y ocas decapitadas sobrevolando mi corazón. Por todas partes, un sol de nata negra y fresas, fresas, fresas ...

 

 

Manuel Cuenya

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