Carlos Fidalgo en Tardes de Autor (Foto: Manuel Cuenya)El jueves de la pasada semana le tocó el turno a Carlos Fidalgo en Tardes de Autor. Fidalgo ejerce en la actualidad, y desde hace más de una década, como redactor del Diario de León en Ponferrada (edición Bierzo).

Recientemente, Fidalgo ha ganado el premio Tristana (bien galdosiano) por su novela El agujero de Helmand, ambientada en la guerra de Afganistán, aunque este es el telón de fondo, o uno de ellos, porque como él mismo dijo, en Tardes de Autor, esta novela habla de la muerte (tema universal y bien rulfiano). No en vano, reivindicó a Rulfo como uno de sus maestros, y Pedro Páramo como libro de cabecera. Asimismo, hizo alusión a las similitudes que existen entre la novela del mexicano Rulfo y La lluvia amarilla de nuestro paisano Julio Llamazares. Ambas, llegó a decir Carlos Fidalgo, hablan de fantasmas, y tanto un espacio como otro, véanse Comala y Ainielle, no se diferencian mucho. Algo que, desde hace años, he venido señalando. Incluso en un artículo que le dedicara a Fidalgo hace años en el Diario de León, a propósito de su libro de cuentos, El país de las nieblas, lo escribo.

Me alegra que coincidamos en gustos literarios, y aun en maestros iniciáticos a la lecto-escritura. No se puede escribir, al menos escribir mediamente bien, sin haber leído, se llegó a señalar en las Tardes, porque la lectura acaso sea más activa y creativa que la escritura, que diría otro maestro, en este caso Umbral.

Por lo demás, Fidalgo reinvindicó una suerte de literatura que se mueve entre la realidad y la fantasía (a él le gusta mucho el género fantástico) aunque también nos habló de la importancia de Bukowski, como poeta, en su obra lírica.

Nos leyó algunos poemas suyos, dedicados al maestro John Ford (otra de sus inspiraciones) y a la Monroe. Incluso nos contó que le gustaría escribir una novela que partiera de Irlanda (origen del cineasta Ford), atravesara el Atlántico y recorriera los Estados Unidos, desde Nueva York hasta California. Una especie de En el camino, acerté a decir, a lo que Carlos Fidalgo respondió con un no exactamente, porque el suyo pretende ser un proyecto más lejano en el tiempo, y la obra de Kerouac (extraordinaria) se centra en el siglo XX, y su recorrido es sólo por los Estados Unidos (México incluido). Dicho lo cual, merece mucho la pena leer esta obra, On the road. Ahora espero ver la película que el brasileño Walter Salles ha rodado en escenarios de Canadá, Estados Unidos y México, basada en esta novela trepidante.

Ahora recuerdo que otra obra definitiva  es Las uvas de la ira (llevada al cine por el "tuerto" Ford), en la que se nos muestra el viaje de una familia desde Oklahoma hasta la tierra prometida de California. Colosal novela de Steinbeck y magnífica adaptación de Ford a la gran pantalla.

Vaya aquí este artículo, tal cual, sin retoques ni añadidos, que en su día le dedicara a Fidalgo en su propio medio, nuestro medio, nomás.  

EL país de las nieblas

El país de las nieblas es el poético título bajo el que se cobijan los ocho cuentos que nos acaba de ofrecer nuestro estimado colega Carlos Fidalgo, redactor del Diario de León. Confieso, Carlos, que me he perdido un buen rato en estas nieblas, y que he sentido cómo las brumas me atrapaban desde el mismo instante en que me asomé al bosque frondoso y lírico de tus palabras-árboles. Ese bosque neblinoso del que emergen seres fantásticos capaces de llevarte a un mundo ensoñador, donde la realidad se confunde con la ficción.
  

Tu prosa me recuerda al mejor Rulfo, maestro de vida y muerte, escritor cuya voz sigue retumbando en nuestras entrañas, con esa fuerza y sensibilidad que tienen los verdaderos artistas, aquellos que escriben como hablan, como lo hiciera el escritor mejicano. Que tu primer cuento, “Lo que nunca le dije”, nos acerque al “¡Diles que no me maten!” de Rulfo nos  mete de lleno en ese mundo de ultratumba desde el que los muertos nos hablan cual si estuvieran vivos. Hay tantos muertos en vida que a uno siempre le queda la duda de si también nosotros somos muertos que hablamos y aun escribimos. Lo que deberíamos saber no es si hay vida después de la muerte sino si hay vida antes de la muerte. Tu primer cuento resulta estremecedor. No sólo me hace pensar en Rulfo sino en todos aquellos escritores que nos hablan desde la muerte, que nos anuncian la muerte, como García Márquez en su “Crónica de una muerte anunciada”, Carlos Fuentes en “La muerte de Artemio Cruz” o nuestro paisano Llamazares en esa rulfiana obra que es “La lluvia amarilla”. También me han parecido emocionantes cuentos como “La apatía”, “Azouz, el pájaro” o ese final de “Niebla azul” que me sumerge en las mejores páginas de Monterroso.

 “La apatía” se me hace bien familiar. Como a la mayoría de los bercianos del Alto. Supongo. Con esa mina como fondo de angustia, fuente de vida y muerte, que te va entrando en el cuerpo disfrazada de sueño. Y ese personaje ya enterrado en vida, que nos habla de los sinsabores de una realidad rutinaria. Y para finalizar, como cierre alentador, está Azouz, que me invita a volar y aun a tocar el cielo, en busca tal vez de un mundo mejor. Volar siempre fue mi obsesión y mi sueño recurrente de infancia. Azouz nos deja ese regusto por la vida que nos invita a creer  que a lo mejor hay vida antes de la muerte. Como me dijera un mejicano, hace años, “tú  eres libre como los pajaritos”. Y tú, Carlos, con tus cuentos nos has ayudado a volar.

Manuel Cuenya

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