Chaplin comiendo los cordones de las botas como si fueran espaguetis, en una de las escenas más representativas del filmLeí un libro sobre la expedición Donner, que, camino de California, equivocó la ruta, quedando bloqueada por la nieve en las montañas de Sierra Nevada. De ciento sesenta pioneros sólo sobrevivieron dieciocho; la mayoría de ellos perecieron de hambre y de frío. Algunos practicaron el canibalismo, comiéndose a los muertos; otros asaron sus botas para apaciguar el hambre. De aquella horripilante tragedia concebí una de las escenas más graciosas de la película. Sintiendo un hambre espantosa, hiervo mi bota y me la como, chupando los clavos como si fueran huesos de un delicioso capón, y devorando los cordones como si fueran espaguetis. En este delirio del hambre, mi socio está convencido de que soy un pollo y quiere comerme.” (Chaplin, Autobiografía, A propósito de La quimera del oro).

La quimera del oro está inspirada, en un comienzo, en la tragedia de Donner, en su marcha hacia California. Aunque, al final, el maestro de la pantomima, se decidió por la aventura de los buscadores de oro en Alaska, cuyo argumento trabajó durante un año. Para la realización de la peli se rodea de sus mejores colaboradores, pues se trata ésta de una superproducción (costó dos millones de dólares, si bien recaudó seis millones en poco tiempo) y una obra complicada en cuanto al rodaje, sobre todo en lo que se refiere a los exteriores  en las montañas Rocosas de Nevada. En este film interviene más de un millar de extras, que no son profesionales, sino lugareños o vagabundos (como el personaje universal que interpreta Chaplin) que aparecen como buscadores de oro en la escena inicial del paso del desfiladero nevado. El rodaje en la cabaña, en cambio, se hizo en estudio.  Asimismo, se construyó un pueblo de montaña en decorado.

La quimera del oro es tal vez la primera gran obra maestra de Chaplin, un relato burlesco y romántico concebido como una sucesión de gags, todos ellos impregnados de melancolía. Una narración tocada por la varita mágica de la poesía y la aventura.

Este genio del cine mudo llegó a decir que ésta es la película por la que le gustaría ser reconocido. Aparte de su faceta como guionista, director y montador, fue él mismo quien la produjo, a través de la United Artists, y la interpretó en su personaje del eterno y triste vagabundo que decide viajar a Alaska en busca de sueños y oro. En el camino hacia esta gélida tierra, el solitario buscador de fortuna -en el fondo lo que ansía es el amor y la amistad de la bailarina, Georgia-, vivirá situaciones emotivas y delirantes, que se traducen en secuencias antológicas: como  el festín con sus propias botas, previamente cocinadas y luego servidas a ritmo de vals mientras vemos al pequeño hombre separar los clavos, que sabían a caramelo, del peculiar calzado comestible cuya suela y cordones eran de regaliz; el delirium o alucinación del compañero grandullón que confunde a Chaplin con una gallina, la secuencia del baile en la que Chaplin se ata los pantalones con una cuerda que arrastra tras de sí a un perro, el baile de los panecillos y tenedores, o la cabaña al borde del abismo, con una coreografía espléndida, que nos pone el corazón en un puño, como en una magnífica peli de suspense. Todas estas son escenas inolvidables, momentos de humor extraídos de situaciones al límite, y aun de las conflictivas relaciones que un personaje (Chaplin) mantiene con los más diversos objetos. Un humor, en este caso, similar al que nos ofrece otro monstruo del cine mudo, Buster Keaton, quien por cierto ya había realizado Pamplinas en el Polo Norte en 1922, que podría considerarse como precursora de La quimera del oro.

A pesar de su final feliz y su apariencia de comedia, La quimera del oro esconde un drama, el que viviera Chaplin en su infancia, en este caso bajo una mirada llena de ternura. En el fondo, este director cómico siempre filmó la misma peli, eso sí, con sutiles variaciones.

Aunque esta película se estrenó con gran éxito en Hollywood, en 1925, Chaplin, que era un maníaco de la perfección, la revisó y reestrenó en 1942 como versión sonora, dándole algunos retoques y añadidos, entre ellos, la narración en off del propio director así como la inclusión de diálogos explicativos y una partitura musical que él mismo había compuesto, por la que recibió una nominación a los premios Óscar.

Una obra inolvidable.

Manuel Cuenya

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