Chaplin con la violeteraLuces de la ciudad (City Lights, 1931) es sobre todo una película emocionante, que tras su aparente sencillez narrativa logra sobrecogernos, con esa su mirada tierna, como vemos en el primer encuentro entre el vagabundo y la violetera ciega (perdón, invidente), o la definitiva última escena, que nos sacude las entrañas.

Esta película nos devuelve la ilusión por la vida y por el cine porque está llena de alma y sentimientos. Un portento del cine mudo, donde se ridiculiza la palabra y el sonido, y los diálogos resultan innecesarios y artificiosos, si bien Chaplin, que solía componer la música de sus obras, decidió incluir una banda de sonido con música y efectos sonoros. En este caso, aunque acertó de pleno con la música de La violetera como hilo conductor de la peli, conviene recordar que fue un plagio, consciente o inconsciente, quién sabe. En todo caso, la música de La violetera –que en esa época era muy popular en todo el mundo- corresponde al español José Padilla. En las versiones actuales de Luces de la ciudad (me hace recordar a Luces de Bohemia) figura Padilla en los títulos de crédito.

A pesar de que Chaplin se resistió a hacer películas sonoras, porque según él desvirtuaban la esencia del cine, acabó sucumbiendo y consiguió realizar dos grandes obras maestras: El gran dictador y Candilejas.

“Nunca haré una película hablada, y si la hago, interpretaré en ella a un sordomudo”, llegó a decir el eterno, romántico y solitario vagabundo, siempre en busca de amor y afectos, que nos hace llorar y reír en esta “comedia romántica en pantomima”, considerada como una de las grandes pelis de la historia del cine.

Una vez más, el genio Chaplin no sólo nos divierte, con su singular humor, sino que nos invita a reflexionar acerca de la realidad, la sociedad de su tiempo, la vida en la ciudad: las injusticias, luchas y desigualdades sociales, la pobreza, el absurdo, pero también sobre el amor y la solidaridad.

A modo de síntesis, Luces de la ciudad es, según el historiador español Villegas López, “como una sinfonía de Beethoven… con tiempos que marcan y conducen la bella aventura: el allegretto cómico, el scherzo ágil, el allegro apasionado, el lento del sordo fracaso, el andante cantabile de todas las esperanzas, el gran trémolo final del inmenso dolor…

Manuel Cuenya

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