Soñoliento y con las sábanas todavía un poco pegadas al cuerpo, me encaminaba hacia el trabajo. Con la certeza de llegar tarde al puesto semi-mileurista que desempeñaba, miré mi modesto reloj de plástico, dándome cuenta de que se había detenido en las ocho y dos minutos, y con desgana eché un vistazo al inevitable aparato fosforescente de la farmacia por donde en esos momentos pasaba. De forma  sorprendente, vi que también se había parado en la misma hora, y comprobé, lleno de asombro y alarma, ya en la Plaza Mayor y ante el Ayuntamiento, que la gran circunferencia con agujas marcaba justamente las ocho y dos minutos.

Poco a poco y de forma progresiva, el caos se estaba apoderando de todo y en todas partes: los profesores y alumnos no habían entrado en clase, los bancos no abrían ni especulaban, los hospitales y centros de salud funcionaban sin orden ni concierto y, según comentaban, se hallaban paralizados los ferrocarriles, aeropuertos y autopistas. Hasta la radio y la televisión habían confundido sus horarios y los periodistas de los programas de cotilleo deambulaban por los platós sin saber a quién criticar. Tampoco los más grandes científicos averiguaban lo que ocurría ¿Qué podía haber sucedido? ¿Eran las primeras consecuencias irreparables del cambio climático?

Tuve una sospecha y, como llegar tarde al trabajo ya no era ningún problema, me dirigí a mi casa atravesando la calle Vatemar a toda velocidad. Ya en mi habitáculo, conectado a la red, comprobé lo que temía: en Figueras había una multitud peregrinando al Museo Dalí para contemplar cómo las esferas blandas y derretidas del genial pintor habían vuelto a su estado original y marcaban el paso del tiempo con precisión suiza.

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