Continuando con el pequeño ciclo de conferencias de cine, este jueves se centrará en la película París, Texas... dirigida en 1984 por Wim Wenders, que cuenta con una archiconocida banda sonora de Ry Cooder. Será en el Teatro Benevivere a las 20.15 horas

París, Texas es una de mis películas preferidas, entre otras muchas, claro, pero ésta tiene algo que me cautiva, que me deja pegado a la pantalla, cada vez que la veo.
Me gusta la historia (el guión es de Sam Shepard), sus personajes (y sobre todo la interpretación), su bella y pictórica fotografía (cuyo autor es Robby Müller), que imprime un estilo visual único, aunque en cierto modo remite a los cuadros de Edward Hooper sobre individuos solitarios, en ocasiones vagando hacia ninguna parte (una constante por lo demás en el cine de Wenders, el viaje, la errancia), la música desgarradora de Ry Cooder, al que recordamos también por Buena Vista Social Club, también dirigida por el alemán Wenders, en este caso en Cuba, y sobre todo me apasiona cómo está filmado el reencuentro del prota (Travis) con su mujer (Jane, que interpreta de un modo conmovedor la diosa Nasstassja Kinski) en el legendario peep show. Una secuencia que, por sí misma, ya sería suficiente para hacer de esta película una gran obra. Un fusión perfecta de la imagen y la palabra, lo visual (o su representación) y lo narrativo (la historia, el relato).

En esta larga y portentosa secuencia vemos a Travis y a Jane hablando de su pasado y de los motivos de su ruptura. Un rodaje realizado en pocos planos, sin interrupciones en el diálogo, que es revelador, definitivo, en esa recuperación de la palabra (de la palabra incluso sanadora), por parte de Travis, mientras vemos a Jane escuchando atenta y emocionada a su ex-marido, que un día la abandonó, y ella a su vez abandonó a su hijo, con la consiguiente evolución interpretativa de Jane, que va desde la sonrisa al llanto. Una secuencia con una fuerza dramática hipnótica, que nos ayuda a identificarnos con los protagonistas de la historia, y en la que tanto las imágenes como las palabras adquieren un gran sentido. El rodaje de toda la cinta se hizo en orden cronológico, algo que no suele ser habitual en el cine, salvo en casos como éste, porque se trataba de una producción independiente, que les permitió tanto a los actores como al director una enorme libertad creativa, algo que se transluce en el metraje.  

Avalada por la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1984, París, Texas es una obra maestra del cine, que nos cuenta la historia de un tipo perdido en medio de la nada, en mitad de ninguna parte, o sea bajo el sol de una América desértica, un hombre desaliñado, aunque con traje y corbata, provisto de una gorra roja, que no habla, ensimismado, autista, huido, tal vez, en busca de algo o de alguien. A lo largo del film lo sabremos. Un personaje extraño y extrañado, un vagamundo desfallecido (interpretado de un modo magistral por el actor Harry Dean Stanton), en un mundo que parece no reconocer, ni siquiera se reconoce a sí mismo, cuando se ve reflejado en un espejo. Clave el espejo, el cristal o lo acristalado, en la peli. Un personaje que se asombrara del mundo, como si lo estuviera mirando por primera vez con la inocencia salvaje de un niño (figura esencial es también el niño, su hijo).

Se trata de una road movie con aires de película del Oeste. En cierto sentido, recuerda mucho a un clásico de Ford como es Centauros en el desierto, algo que reconoce el propio Wenders.  En el fondo, el director alemán  aborda el clásico tema de La Odisea, el viaje iniciático, el viaje físico por el desierto y el viaje de auto-conocimiento que emprende Travis en busca de sí mismo, en busca de su mujer, en busca de su hijo. La vida misma como camino infinito hacia la búsqueda de sentido y nuestra propia aceptación o rechazo.

Manuel Cuenya

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