El narrador David Fernández Sifres, autor de ‘Luces en el canal’, no deja de pensar en historias nuevas para contárselas a su hija. Y esta tarde, a las 20h en la Casa de las Culturas de Bembibre, abrirá la segunda edición de Tardes Literarias en la capital del Bierzo Alto.

El narrador David Fernández Sifres, autor de ‘Luces en el canal’, no deja de pensar en historias nuevas para contárselas a su hija. Y esta tarde, a las 20h en la Casa de las Culturas de Bembibre, abrirá la segunda edición de Tardes Literarias.

Ganador de varios y sustanciosos premios de literatura infantil y juvenil, entre ellos, el reciente Barco de Vapor por Luces en el canal (editorial SM), David Fernández Sifres es un joven y a la vez experimentado narrador leonés, al que le gusta inventar desde que era pequeño y escribir como un reto, si bien él aclara que no se dedica a escribir de un modo profesional sino como afición. En todo caso, es consciente de que escribir para un público infantil no significa tener que contar una historia menor, antes al contrario, «tiene que ser una estupenda historia, la mejor que pueda escribir en ese momento –precisa-. Y, en este sentido, y no solo al escribir para niños o jóvenes, el escritor debe tener algo que contar».

El autor de Un intruso en mi habitación, que es una historia intimista emocionante, galardonada con el CCEI y el Ala Delta, comenzó escribiendo relatos cortos, por los que también ha sido laureado en diversos certámenes literarios, relatos que no se limitan a describir, relatos en los que no se note que sobran palabras, que no haya paja, que dejen poso en el lector, que sorprendan y que inviten a ser releídos, al menos algunos párrafos, que todo lo escrito sea, en definitiva, necesario para darle la atmósfera, para contar la historia, para caracterizar a los personajes…

De este modo entiende David que se debería escribir un relato, porque «escribir es un puzle: darle coherencia a lo que inventas, ser capaz de hacerlo creíble, que llegue al lector, que le emocione, le haga sonreír, le asuste, le envuelva… Conseguirlo es satisfactorio y alimenta esa afición por inventar y trasladar al papel lo inventado».

Luces en el canal, que comienza siendo un relato realista y termina envolviendo al lector en un realismo mágico, ha supuesto para su autor la confirmación de que puede seguir escribiendo para niños, porque si bien «nadie escribe por los premios», sí suponen una satisfacción añadida a la tarea de escribir. «¡Y qué satisfacción! Son un impulso, una ración de ánimo y la forma de llegar a más lectores. Por otro lado, siempre me gusta decir que no hay que perder la perspectiva: los premios no dejan de significar que a un grupo concreto de personas les gustó más una novela que otras en un momento también muy determinado».


Escritura directa

A David le gusta escribir de un modo directo, sin florituras, sin guardarse nada, siempre o casi siempre sobre personajes atormentados, «los diferentes, los marginados» y sobre el paso del tiempo, «lo que fue, lo que pudo haber sido y la nostalgia o resignación de quien reconoce errores, aciertos y épocas pasadas», aunque también le interesan los momentos puntuales, «por lo general felices, que serán los que construyan los buenos recuerdos de los que echaremos mano en el futuro».

Reconoce, asimismo, que escribe partiendo de lo que conoce, por eso obras como ¡Que viene el diluvio!(Everest) o ¡Que vienen los marcianos!, (que publicará en breve bajo el sello editorial Edelvives), están ambientadas en un pueblo, «con sus casas de adobe, sus huertas y sus gentes», que en realidad es Villaturiel, el pueblo de su padre, a pocos kilómetros de León capital, cuyos «personajes utilizan expresiones y maneras de la gente de aquí».

Y, por la misma razón, ambientó Luces en el canal en Ámsterdam, fascinado por esta ciudad, o El faro de la mujer ausente, su novela más compleja (premiada con el Alandar), que se localiza en la costa de Normandía, porque vivió en esa zona una temporada. Y es que a David le entusiasma descubrir otras tierras y viajar (además de leer, su otra gran pasión). No en vano, ha dedicado los premios que le han concedido a viajar, porque está convencido de que los viajes «abren la mente, te hacen mejor persona, descubres historias que quieres contar o sensaciones que cambian historias que ya tenías. O localizaciones, por supuesto».


Viajes insustituibles

Los viajes y las lecturas conforman su personalidad y su faceta como escritor. «Soy lo que leí de niño, y si mis lecturas hubieran sido otras yo sería distinto. Por tanto, al escribir, el peso de lo leído es fundamental. En mis novelas me gustan los grupos de amigos y los misterios porque de pequeño leí a Enid Blyton, por ejemplo, o un toque de nostalgia porque leí finales estupendos como el de El último verano miwok, de Sierra i Fabra, o ambientes lúgubres porque leí a Poe».

Además de los autores mencionados, como el propio Sierra i Fabra, de quien reconoce su maestría a la hora de escribir diálogos, David se siente influido por las primeras obras de Carlos Ruiz Zafón, «que considero que tiene una manera asombrosa de crear ambientes», y ahora acaba de leer La isla de Bowen, de César Mallorquí, que le ha encantado por su manera de narrar aventuras.

En la actualidad, David escribe poco porque para él la escritura no es una profesión sino una vocación y está dedicando su tiempo libre a cuidar de su hija. Sin embargo, no deja de pensar en historias nuevas, «entre otras razones, para contárselas», matiza.

Manuel Cuenya

 

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