El escritor y periodista Eduardo Keudell, autor de 'El sino', está ahora con un ensayo titulado 'La Gran Mentira'. Y prepara una novela, 'La magnitud de las palabras', a la vez que intenta corregir un viejo original cuyo título es 'Las abejas africanas'.

Keudell es uno de los cien escritores de la agencia Balcells, junto a  premios Nobel como Canetti, García Márquez, Vargas Llosa, o Neruda, además de una docena de premios Cervantes como Onetti, Juan Marsé, Roa Bastos o Bioy Casares, entre otros. La TVE hizo un reportaje sobre su vida en el Bierzo, que se difundió por TVE Internacional. Sus libros han tenido buena crítica. Ha sido entrevistado en el telediario, y el Diario Sur, de Málaga, le dedicó la portada de su suplemento cultural. Fue redactor jefe del suplemento de los sábados de El Correo Catalán, redactor de Internacional de El Periódico, y columnista, con más de dos mil artículos.

Su línea literaria está ahora entre el pensamiento crítico y el psicoanálisis.

Este miércoles 25 de febrero dará una charla en la Casa de las Culturas de Bermbibre. Será a las 20h, enmarcada dentro de una nueva edición de Tardes Literarias que coordina Manuel Cuenya a través de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Bembibre.

"Estoy en un pueblo perdido de los valles leoneses, hacia los Ancares, lindando con Galicia, cuyo nombre jamás revelaré. En el pequeño cementerio yace mi madre. Murió a manos de la sanidad oficial. Por eso la enterré en su aldea, lo más lejos posible de las instituciones. Aquí crecen flores silvestres entre las lápidas, anidan los pájaros en los huecos de la tapia, y el viento es la voz de los muertos..."

('Epílogo', 'Ese extraño cansancio', Eduardo Keudell)

Aunque nacido en la provincia de Buenos Aires, en concreto en San Pedro "su atalaya americana", a la vera del cuarto río más grande del mundo, el Paraná, donde pasaba sus vacaciones Rafael Alberti durante su exilio argentino en compañía de su mujer, María Teresa León, el escritor y periodista Eduardo Keudell es berciano, del Alto, me atrevería a decir, porque el Bierzo también configura su memoria, y los paisajes de esta singular comarca leonesa están en sus libros, como ocurre en su novela 'Ese extraño cansancio', que finaliza describiendo el paisaje de una aldea berciana, donde Eduardo pasa largas temporadas con su mujer. "Llevo en mi memoria los diversos paisajes de los lugares donde viví, y uno de ellos es el paisaje berciano", al tiempo que añade: "Como dijo Ortega,  'el Ser se compone de individuo y paisaje, y cuando falta el paisaje sólo queda medio Ser', de modo que el paisaje es una parte esencial de lo humano".  En realidad, Eduardo es de acá y de allá porque vive a uno y otro lado del Atlántico, lo que le confiere un sentido cosmopolita, que se trasluce en todo cuanto escribe, ya sea novela, relatos, artículos de opinión y por supuesto reflexiones o ensayos, porque Eduardo Keudell, con quien me une la amistad y algunas andanzas cinematográficas, es un filósofo, que reniega de la palabra 'Patria' porque es un término perverso, según él, que ha causado y sigue causando mucho daño. "No tengo Patria sino 'tierras'... Además, la etimología deriva de 'pater', padre, pero se la representa como una señora oronda, lo cual revela cierta perversión. En todo caso debería ser 'matria'. El psicoanálisis tiene mucho que decir al respecto. El nacionalismo se cura viajando", apostilla este escritor-viajero, que ha tenido la fortuna y la inquietud de viajar y aun vivir en diferentes lugares del mundo, y que está convencido de que viajar es vivir. "Es claro que los viajes han aportado mucho a la literatura. Los emigrantes europeos llevaron lo mejor de sí mismos, y desarrollaron su afectividad en las tierras de acogida. Al viajero le ocurre lo mismo, aprecia la empatía, la hospitalidad, el afecto. El turista, en cambio, se fijará en el menú, en el precio de las cosas, en la higiene de los monumentos, en fin". Y en este sentido cree que para escribir es necesario alejarse del contexto, retirarse como se retira el científico en su laboratorio, solo ante el microscopio, o el pensador  para reflexionar. "Hay que tomar distancia, objetivar, para poder reflexionar, escribir, crear. Viajar es una condición humana, y uno nunca vuelve, sino que siempre va, porque los únicos paraísos son los paraísos perdidos", así se expresa este autor argentino-berciano, en realidad ciudadano del mundo,  cuya vocación literaria comenzó siendo un crio, que disfrutaba en la librería e imprenta de su abuelo maño, que era ateo y comunista, el cual leía mucho y escribía con una caligrafía perfecta. "Yo observaba cómo se construían las palabras, letra a letra, en la imprenta, y eso siempre me fascinó".

A su abuelo Mariano Villacampa lo recuerda también con gran afecto pescando en el enorme delta del río Paraná. Por su parte, la madre de Eduardo era maestra y su padre tenía una pequeña biblioteca, entre cuyos libros eligió 'La náusea', de Sartre, sin saber por qué. "Fue una casualidad, pero me impactó, después leí a Güiraldes, fascinante,  y al universal Borges, en cambio los clásicos de lectura obligatoria en el colegio nunca me llamaron la atención". Y a partir de ahí se forjaría su carácter como narrador, fabulador. Recuerda que hace más de treinta años presentó cuatro cuentos a la agencia literaria de Carmen Balcells, en Barcelona, y lo aceptó. Algo muy importante para él y para quien se dedique a la literatura. "De todas maneras mi producción es escasa. Prefiero vivir a escribir", aclara.

En cuanto a Buenos Aires, me remito a Borges: '...se me hace cuento que empezó Buenos Aires, la juzgo eterna como el agua y el aire'. Es una ciudad hermosa y promisoria. Como dice el tango, es una ciudad donde perdura 'la esperanza de amar'".

Aparte de Güiraldes, el autor de la extraordinaria novela 'Don Segundo Sombra', o bien el maestro Borges, por quien Eduardo siente devoción y a quien tuvo la ocasión de conocer, también pudo entrevistar a otros grandes como a Juan Carlos Onetti, "impresionante escritor, premio Cervantes, un existencialista". Asimismo, su gran descubrimiento, quizá tardío, a los treinta años, fue Delibes. La lectura de 'Las ratas' le resultó reveladora y se dio cuenta de cómo describir la realidad, "esa manera magistral de narrar de Delibes, de  objetivar sin que los conceptos primen sobre los afectos". En todo caso, Eduardo reconoce que era muy afín a la subjetividad mágica de los latinoamericanos, al 'realismo mágico' y esas cosas. Y también rememora las buenas épocas de Llamazares, "su capacidad de entrar y salir indemne de la locura en 'La lluvia amarilla',  y a Adelaida García Morales, muy jóvenes entonces y brillantes, y por supuesto Faulkner y García Márquez". La lista es más larga –sintetiza-, pero llevaría mucho tiempo y espacio, porque uno se hace escritor leyendo, no sólo literatura, sino también filosofía, y psicoanálisis, por ejemplo, y por qué no física o matemáticas. "Sábato fue un destacado físico que trabajaba en París, y Borges jugaba con la filosofía porque la dominaba".

Julio Llamazares o Antonio Pereira como ejemplos de la buena literatura que se hace en la provincia de León.  "Yo era amigo de Antonio Pereira, y mi libro 'El sino' está dedicado a él. Era una persona maravillosa y un escritor magistral, un maestro en el género de los cuentos, que tenía la capacidad de dar afecto, y esto es un prodigio en un ámbito como el leonés, que tiende al retraimiento, inclusive a lo hosco". Y, en esta misma línea, Eduardo cree que la buena literatura leonesa quizá se deba a la retracción, el ensimismamiento o encierro al que obliga el frío, y aun a la costumbre del filandón, que "puede ser una urdimbre primigenia de la narrativa... también el paisaje montañoso, un contexto tal vez abrumador, las relaciones humanas difíciles".

Apasionado de los cuentos, porque le gusta la síntesis y la precisión, Eduardo ha escrito y publicado, además del estupendo 'El sino' bajo el prestigioso sello Muchnik Editores, otros volúmenes de cuentos, como 'El cazador' y 'El faro de Cabo Bravo', que tuvieron buena crítica. Un género muy agradable el cuento, según su creador, porque no necesita del largo aliento de la novela, que a veces es tedioso. "Aborrezco las novelas largas. Aprecio la síntesis, la precisión, los significados y significantes de las palabras. Para hacerlo metafórico, el significante es como un rayo que atraviesa a la palabra y la ilumina. Es el descubrimiento, porque la literatura es revelación, es el reacomodamiento de los significantes cuando se desvela lo oculto. No olvidemos que el discurso es ocultación, y el literato se encarga de buscar la verdad en ese maremágnum desiderativo, una tarea enorme, porque la verdad es insoportable".

El propio Borges sólo escribió cuentos, aunque "de tal fuerza nuclear que perdurarán para siempre. De un cuento, como 'El jardín de los senderos que se bifurcan', nada menos que Foucault obtiene la inspiración para 'Las palabras y las cosas', libro esencial de la filosofía moderna. Asimismo, se considera a Borges el inspirador de la física cuántica", aclara este narrador que también ha escrito 'Ese extraño cansancio', donde figuran precisamente dos mundos, del lado de acá y de allá, el Sur y el Norte, Argentina y España, San Pedro y Viñales, la poesía y la prosa, la dualidad. "A juzgar por mis descripciones en la novela, los lectores y los críticos suponían que yo había estado en  la zona del Mississippi, por donde anda el protagonista, pero jamás estuve en Estados Unidos, ni pienso en ir. Es insólito, pero la idea de la novela me surgió por el caso de un amigo periodista que se intoxicó en un vuelo de Iberia. Le dieron un postre contaminado, y así arranca la novela".

En su faceta como periodista, Eduardo Keudell, que trabajó durante veinte años en Barcelona y ejerció como columnista de opinión en algunos diarios nacionales, sostiene una postura descreída acerca del periodismo actual, al que considera la punta de lanza de la política. Come de la mano del Poder, según él, le ríe las gracias, le acepta mendrugos y prebendas, y negocia la verdad. "Después de Umbral, no queda literatura en el periodismo. Ya no leo los diarios. Si uno apaga la radio y la televisión, y no lee los diarios, percibirá la realidad circundante, quizá el canto de los pájaros y el viento entre las ramas. Onetti sugería: 'Dejemos hablar al viento'.

Si bien se define como cinéfilo, al que le sigue encantando el llamado 'Séptimo Arte', sobre todo si las salas son amplias y confortables, no ve cine en televisión. Y sobre esta industria de entretenimiento su opinión es que en el cine uno no piensa sino que es pensado, como en el teatro, de modo que es una 'dis-tracción', es decir que el espectador se evade por un rato de la tracción penosa de la vida, con otras penas o alegrías, con imágenes que le son dadas, en la pantalla o el escenario, y no tiene que formarlas en su mente como cuando lee".

En esta etapa de su vida se dedica más que nunca a leer y escribir. Está con un ensayo titulado 'La Gran Mentira'. A este respecto dice que en la vida cotidiana prima la Gran Mentira. "El discurso político es perverso, dicen una cosa y hacen otra. ¿Cómo asumir, por ejemplo, que los bancos son estafadores? Hay estafados que sueñan con la dinamita, como la chica que soñaba con el bidón de gasolina". Además de este ensayo, prepara una novela, 'La magnitud de las palabras', a la vez que intenta corregir un viejo original que tituló 'Las abejas africanas', pero que no le satisface. "No tengo horario para escribir, sino que lo hago cuando tengo ganas. Antonio Pereira decía que la literatura 'es la espuma de la vida'", concluye Eduardo Keudell.

Texto y foto: Manuel Cuenya

 

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