“La tripulación del Hespérides es un reflejo de la España actual”. La reflexión contiene una carga de profundidad que necesito digerir: me quedo pensativo y el comandante Aurelio Fernández Dapena sonríe. Me parece adivinar que sonríe relajado y confiado —conversamos en su despacho, en la cubierta superior del Hespérides—; pero después de cuarenta años viviendo en Galicia, creo haber aprendido que la sonrisa gallega contiene mil matices imprevisibles. Y Aurelio, con matria en Ferrol, ejerce de gallego, aunque tenga el corazón partío entre Madrid y Cartagena.

Navego desde hace dos meses a bordo del buque oceanográfico Hespérides, que la Armada Española pone al servicio del programa antártico desde su lejana botadura en 1991. Desconozco quién fue el poeta de la Armada que escogió el nombre; prefiero no indagar y construir un relato sin ninfas ni Paraíso perdido. En la pelea clásica entre Hércules y Atlas, dioses bastante caprichosos, hespérides es la fruta deseada: Hércules engaña a Atlas, le pide que sostenga un ratito el mundo (y ahí se quedó, con la bola sobre los hombros para toda la eternidad), mientras Hércules robaba las manzanas que luego Palas Atenea volvía a colocar en su jardín. Imagino este moderno jardín flotante: Atenea, diosa de la sabiduría, coloca las manzanas de la Ciencia, el árbol del CSIC, en los palos del barco y en las sondas de la barquilla.

En este jardín flotante viaja medio centenar de científicos, con una dotación de sesenta hombres y mujeres de la Armada, al mando del capitán de fragata Aurelio Fernández Dapena, el de la sonrisa gallega. No puedo citar los sesenta nombres, aunque me gustaría, porque han sido durante estas semanas mi familia adoptiva, y solo he recibido de ellos atenciones y afecto. ¡Y créanme que no es fácil el trabajo a bordo!: con buen o mal tiempo, 24 sobre 24 h, lejos del hogar, conviviendo en espacios reducidos, con guardias y tareas a ritmo de bolero, cumpliendo su misión antártica. Sesenta atlantes sosteniendo sobre sus espaldas el peso de esta XXX Expedición Científica Española a la Antártida.

Este ha sido mi primer encuentro de verdad con la Armada, cara a cara. Siendo periodista en Pontevedra, en los años 80, cubrí varios años la celebración del día del Carmen en la Escuela Naval de Marín, con reyes y con príncipes; pero esa imagen, ese estereotipo que se repite un año tras otro, no refleja en absoluto la Armada que he conocido a bordo del Hespérides. Me pregunto, haciendo autocrítica, si aquel estereotipo cansino es culpa de los periodistas, por falta de imaginación o vagancia, o de la propia institución, demasiado celosa de un tarro de las esencias de otro tiempo. En todo caso, hay un relato nuevo y muy desconocido, pendiente de ser contado a la sociedad: otra Armada moderna y actual no solo es posible, sino que existe.

El comandante Dapena se extraña de que yo me extrañe; como me dijeron en Irán hace pocos meses, a la puerta de una mezquita, “las cosas no son como parecen”. La dotación del Hespérides en el año 2017 es, como no podía ser de otro modo, ¡a qué sorprenderse!, un buen reflejo de la sociedad española, y, para ser más exactos, de la juventud española actual.

Tantos años viendo Botón de ancla en nuestra infancia, nos hemos quedado anclados —y he tenido la misma experiencia con la dotación del Ejército de Tierra con la que he convivido semanas en la Base Gabriel de Castilla—; tantos años de Fuerzas Armadas que vivían, muy a su pesar, de espaldas a la sociedad, nos impiden a veces ver la realidad: marinos, soldados, con formación universitaria, desde un ingeniero a una marinera licenciada en Bellas Artes; con sólida formación profesional, idiomas y experiencia en misiones internacionales. Desde luego, la Armada no es la foto rancia de Alfredo Landa, y necesito decirlo, incluso más de una vez, porque es muy grata sorpresa. Lo escribe un pacifista convencido.

Percibo estos matices de modernidad al hilo de una larga conversación con el comandante del Hespérides, compartiendo un café mientras el buque surca, con proa clara y decidida, las aguas terribles y solitarias del Paso Drake, que los hombres y mujeres de la Armada Española prefieren llamar Mar de Hoces, con una mezcla de orgullo patrio y cierta anglofobia.

Los estereotipos del pasado no reflejan la realidad actual de la Armada en la España de 2017: nuestra comunidad científica está representada en los foros internacionales sobre la Antártida al más alto nivel, en cantidad y en calidad de líneas de investigación, en trabajos y publicaciones; y esto es posible gracias al esfuerzo y entrega de las dotaciones del Hespérides durante más de veinte campañas antárticas. [Sin olvidar, es justicia, a las dotaciones del buque Las Palmas, pionero en las aguas polares desde 1988, «haciendo ciencia» en condiciones más que heroicas].

Por fortuna para el país, los oficiales, suboficiales y marinería del Hespérides —y supongo que los demás buques de la Armada—, están cualificados para participar en misiones internacionales y traducen bien del inglés los instrumentos de navegación más modernos. Con una edad media en torno a los 30 años, la dotación del Hespérides forma parte de la nueva generación de España, posterior a la Transición: todos han nacido y se han educado en democracia. Aunque a bordo existe, por comodidad y costumbre, la convivencia por cámaras, en el barco no hay compartimentos estancos: hace años que se suprimió el reparto de la comida en la cámara de oficiales. Toda la dotación comparte el comedor común, autoservicio, en el que he visto al comandante y oficiales desayunar, comer y cenar a diario, compartiendo el menú hoy con unos, mañana con otros.

“La puerta de mi cámara está abierta para todos”, dice Aurelio, y me consta que es así porque he observado la confianza y camaradería entre toda la dotación, ayer mismo todos reunidos en un acto festivo, en la popa, para recibir con el espaldarazo, dado con la pala de un remo y un cuenco de agua fría, a los nuevos patrones y proeles. “¿Es lo más difícil, la parte humana?”, le pregunto.

“Sin duda; a fin de cuentas, una máquina es una máquina, le das a la palanca y funciona, pero las personas es lo más complicado, y también lo más gratificante. Te diría que, de mi tiempo, dedico un 90% al trato con mi equipo”.

Gracias a ese esfuerzo, a esa disposición, que requiere una cierta sabiduría emocional, el comandante conoce en todo momento la temperatura ambiental del barco, cuándo y por qué hay mal humor a bordo, o algún problema que, inevitablemente, plantea la estrecha convivencia o el trabajo duro.

“Aquí no hay descanso, el barco nunca para”, me lo confiesa Aurelio, con ojeras de no haber dormido mucho los últimos días, en los que toda la dotación ha tenido que emplearse a fondo para cerrar la Base Gabriel de Castilla y recoger parte de la Base Juan Carlos I. Los viajes de ida y vuelta de las zodiacs y los continuos barqueos se cuentan por decenas, con lluvia, nieve y frío, y con la presión añadida de tener que cruzar el Mar de Hoces y llegar a Ushuaia a tiempo de desembarcar a los cincuenta expedicionarios que han acabado su misión en el primer pub de cervezas.

“¿Nos dará tiempo a ver el Cabo de Hornos?”, pregunto, disparando una sugerencia; y Aurelio sonríe, con cachaza de la parte norte de la montaña de Galicia, de la que traen en el ADN las gentes de Ferrol.

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Antes de la entrevista, me acompaña en una visita por todo el barco el oficial de prensa, Jaime Soler, gaditano, que ha facilitado el trabajo a los periodistas: también en esto la Armada está cambiando, aunque le falta un poco de fuelle adolescente en redes sociales. Deberían aprender del Twitter modélico de la Guardia Civil. Quizás, aguas arriba, la Armada es un poco menos permeable, pero a nivel de mar todo han sido ayudas y puertas abiertas, y debo escribirlo alto y claro por dos motivos: porque es cierto y por gratitud.

Se lo comento así al comandante, y le quita importancia. “Nos sale espontáneamente”, traduzco de nuevo la sonrisa galaica que viene con subtítulos. “Pues, prepárate —atajo— porque si el próximo año viene el rey Felipe VI a la Antártida, como se dice, te toca ser anfitrión…”. “Creo que estaremos preparados”.

Yo también lo creo: he visto cómo Aurelio Fernández preparaba a conciencia cada fase de la campaña, cultivando la diplomacia antártica en una decena de visitas a las bases de distintos países a las que fue posible llegar: Artowcski, Bellingshausen, Port Locroy, Foster, Frei, Cámara; polacos, rusos, ingleses, chilenos o argentinos tienen constancia de nuestra visita, de la cordial presencia de España a través de un embajador que también en estas tareas ha demostrado ser un buen rompehielos, mérito compartido por el equipo de oficiales que ha secundado el esfuerzo diplomático del comandante.

En el frente interno, desde el puente se ha impulsado la convivencia entre científicos y marinos, recuperando una tradición a bordo: las conferencias divulgativas, charlas a cargo de distintos investigadores exponiendo sus proyectos, ayudándonos a comprender —y se trabaja mejor cuando entiendes el sentido de tu tarea— en qué consiste esta Aventura de la Ciencia, que es la razón de ser del Hespérides.

El Hespérides, este jardín del mar en el que vamos singlando olas y haciendo ciencia, tan ricamente, con una sonrisa permanente, incluso en los peores momentos. Creo, queridos amigos y amigas, seguidores de este blog, que es tiempo de hablar, también en la Armada, de un Hespérides emocional, cuya dotación ha sabido superar el analfabetismo emocional de antaño, para integrarse en la sociedad española del siglo XXI. Un Hespérides joven, educado y culto, al que solo le falta ponerse al día en Twitter.

@ValentínCarrera, a bordo del Hespérides

 

 

 

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