
Fellini, a quien lloré cuando se murió, fue/es un padre-maestro para mÃ. Y supongo que para muchos cinéfilos, porque su cine es especial, único, genuino. A veces siento que sus recuerdos, sus sueños, sus fantasÃas son mis propios recuerdos, mi infancia recuperada, la única patria verdadera. Y su Amarcord, pelÃcula por la que siento debilidad, es como mi subconsciente cinematográfico, que estuviera filmando el universo mágico del Bierzo, poblado de personajes conmovedores, como el abuelo perdido en la niebla, que en realidad se encuentra al lado de la puerta de su casa; La Gradisca, la Volpina, el acordeonista ciego; el tÃo loco, que se sube a un árbol para gritar desesperado: voglio una donna, hasta que una monja, menudita, logra bajarlo a tierra.Â















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