Cuando en estos días se habla en la calle de trabajo digno y sostenible, para evitar confusiones, me gustaría aportar alguna aclaración sin la cual podrían ser malinterpretadas algunas posturas ideológicas o políticas.

Lo primero que hemos de entender, es que cuando hablamos de sostenibilidad estamos acudiendo a un término forjado en el ámbito de la ecología, aunque luego algunos lo hayan deformado después, de manera interesada, alejándolo de su sentido original. Se trata de una actuación de maquillaje típica del sistema social y económico actual, al que ciertas palabras incomodan y que tiene por objetivo dejarlas vacias de significación.

En términos ecológicos, cuando hablamos de sostenibilidad, nos estamos refiriendo al equilibrio que una especie mantiene con los recursos de su entorno. Hoy, por extensión, la palabra se aplica para destacar que la explotación de un recurso se sitúa por debajo de su capacidad de renovación. Ejemplos típicos de recursos que deben ser sostenibles, y pueden dejar de serlo, son el agua, el suelo fértil, o la pesca, por citar algunos de los más comunes.

La sostenibilidad es un vocablo que nos remite forzosamente al de ‘desarrollo sostenible’, un término acuñado por primera vez en el ‘Informe Brundtland’ (1987), y definido como aquel que “satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones. Este nuevo concepto de sustentabilidad  implicó un cambio muy importante al dar énfasis al contexto económico y social del desarrollo. Así, en 1992 se llevó a cabo la Conferencia Sobre Medio Ambiente y Desarrollo sostenible en Río de Janeiro, y hoy es normal hablar del Índice de Sostenibilidad Ambiental o de las políticas de sostenibilidad.

La sostenibilidad se estudia y maneja en muchos contextos de la organización económica, social y ambiental. Y se puede enfocar tanto desde la preocupación global por el planeta como de los sectores económicos, países, municipios, barrios, bienes y servicios, ocupaciones, estilos de vida, etc. En resumen puede incluir el total de las actividades humanas y biológicas.

Por este motivo, y hecha esta introducción, podemos entender que también pueda hablarse, y así se haga, de ‘trabajo sostenible’. Dicho esto, quiero dejar muy claro que no es lo mismo hablar de trabajo sostenible que de un mantenimiento, o perpetuación, de unos puestos de trabajo. Porque todos los trabajos no son sostenibles, y algunos perjudican de tal modo al medio ambiente que resultan claramente ‘insostenibles’.

Un ecosistema saludable es aquel que proporciona bienes y servicios a los seres humanos y a otros organismos, además de no perjudicar las expectativas de las generaciones venideras, y tampoco las de otras personas que lo comparten.
Y es ahí a donde voy a parar. ¿Cómo se puede pretender organizar una manifestación yendo del brazo con aquellos que han manifestado, por activa y por pasiva, su falta de sensibilidad hacia el medio ambiente? Sí, todos queremos defender nuestros puestos de trabajo. Pero, ¿es sostenible defender la incineración en Cosmos, la instalación de una fundición más en Cubillos del Sil, o de una macroestación de esquí en una zona protegida como el Morredero? ¿Son sostenibles unos puestos de trabajo que privan de futuro medioambiental a las generaciones futuras, o de salud a la gran mayoría en beneficio de unos pocos?

No señores, no pretendan dármela con queso mezclando a las churras con las merinas. Trabajo sí, todos lo queremos; pero tampoco a cualquier precio. Y por favor, olvídense de utilizar el término sostenible en sus convocatorias, cuando lo que en realidad están buscando es otra cosa.

 

Enrique López Manzano
Técnico en Medio Ambiente y periodista
Vocal de Naturaleza y Medio Ambiente de la Asociación Cultural Ecobierzo

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