“Manchar a todos los políticos es muy malo para España”, Carlos Floriano, portavoz y número tres del Partido Popular,  dicet en “El País” del día 29 de enero. Y, acto seguido, retorciendo el argumentarlo y acudiendo al trabalenguas, proclama que “… ¿Cómo se demuestra que no has hecho algo que no se demuestra que no has hecho?...”, asegurando que dentro de su partido se produce un sentimiento de indignación tremenda a causa de la indefensión motivada por la condena mayoritaria de la clase política a causa de hechos como los protagonizados por el ex tesorero de su partido, el inefable Sr. Bárcenas, y su extensión genérica a toda ella. Hete aquí que cuando, acto seguido, se le pregunta por los medios que utiliza su propio partido para atajar la corrupción, alude a medidas ya “puestas en marcha en su día” y obviamente inútiles para evitar este tipo de conductas, a las consabidas investigación interna y auditoría externa sobre las cuentas, perfectamente inservibles, y a los futuros acuerdos con otros partidos. No conforme con todo esto, otro alto cargo de la organización conservadora, recordando una frase acuñada por el mismísimo José María Aznar, proclama de viva voz que “… el PP va a seguir siendo incompatible con la corrupción”, olvidando que es el heredero directo del régimen caciquil y simulador con consecuencias tan nefastas desde tiempos de Fernando VII hasta nuestros días.

En el mismo diario y en idéntica fecha, Miguel Ángel Aguilar pone el dedo en la llaga y subraya que esta coherente tendencia de los ciudadanos a generalizar, injusta según la Vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, viene dada sobre todo por la falta de una sanción ejemplarizante para los corruptos y por el continuo mirar para otro lado por parte de los afines desde el punto de vista ideológico, indicando que no es posible la recuperación de la buena fama cuando las ovejas negras siguen en la labor como si nada y faltan los reproches oficiales. Al respecto, indico yo como unos meros ejemplos de tales conductas los despilfarros delictivos, como los ERE andaluces, el aeropuerto de Castellón o  la archiconocida y valenciana “Ciudad de las Artes y las Ciencias”.

Claro está, los dos párrafos anteriores resultan multiplicados a la enésima potencia al conocerse, el día 1 de febrero siguiente, las anotaciones contables en su labor de tesorero del anteriormente nombrado Luis Bárcenas, quien hace unos días se encontraba como si tal cosa en un hotel de lujo de Baqueira presenciando sin pestañear el último partido del siglo y la respuesta del Sr. Rajoy a toda la serie de pruebas presentadas respecto de la financiación ilegal de su partido y a las remuneraciones ilegales de su cúpula, consistente únicamente en la fe supuestamente inspirada hacia su persona, su impoluto historial y el cumplimiento anterior de sus promesas, cuestiones que hablan por sí solas, pero en contra.

¿Qué hemos hecho los españoles para que nos haya gobernado y nos gobierne el plantel o tropa que todos conocemos?: a un conjunto de ineptos pusilánimes les ha sucedido una suerte de forajidos que con toda suerte de engaños y complicidades ha sometido sin tapujos y en su propio beneficio a asalto la diligencia de las prestaciones públicas, el sistema que tanto nos había costado conseguir desde principios del siglo pasado. Posiblemente tendremos todos, unos más que otros, nuestra parte de culpa en este proceso, sea votándoles, sea no respondiendo a su política de tierra quemada, sea inhibiéndonos, pero nada alcanza a justificar el ataque emprendido y que nos tiene anonadados y rendidos.

¿Cómo es posible que el partido del Gobierno, de la mayor parte de las Comunidades Autónomas y de los Ayuntamientos más importantes, se haya convertido, presuntamente, en la cueva de Alí-Babá, con una buena parte (por ahora) de sus más conspicuos dirigentes embarrados en una historia de presuntos cohechos, defraudaciones, sobres bajo cuerda y posibles prevaricaciones? La realidad supera a la ficción, tal y como ha quedado demostrado: nadie podría imaginar una estructura tan corrupta a los más altos niveles.

Las respuestas de los de la gaviota ante las evidentes pruebas que en vía policial y judicial y con relación a su gestión corrupta van goteando día a día, se reducen a  la mentira despiadada, a la negación de lo incontestable, a la contestación manida, espúrea  e infantil del “y tú más” o, en el caso de su Presidente y Presidente del Gobierno, al mutis cobarde por el foro, conducta a la que, por otra parte, tiene acostumbrados a los españoles ¿Durante cuánto tiempo más podrán seguir huyendo de asumir sus responsabilidades y de afrontar la situación de crisis institucional en que España se halla sumida en muy buena parte por su culpa? ¿Puede darles resultado la táctica del laissez faire, lassez passer y caer en el olvido su vergonzoso obrar? Contra esta última en concreto, una actuación rápida, decidida y cumplidora del estamento judicial debería suponer su jaque mate.

Y, enfrente, la principal fuerza opositora protesta sotto voce, en voz baja, posiblemente para cumplir con la misión encomendada de forma previa y no molestar demasiado, sin creer el valor de su contestación y teniendo la mala conciencia de su anterior labor de gobierno, ejecutada de forma pésima ¿No se producen unas condiciones más que sobradas para ejercer una oposición de verdad, que ponga en cuestión de forma directa los defectos más gravosos del sistema? ¿No es hora para, de una vez por todas, enfrentarse directamente a las situaciones de privilegio y, entre otras, las de la clase política de medio y alto standing, que hasta estos momentos ha permanecido inmune a los efectos de la crisis galopante y no han sufrido en propia carne disminuciones apreciables? ¿No es indignante que la corrupción más burda haya llegado a las más altas instancias del país, desde los partidos nacionales y autonómicos hasta la propia Casa Real, pasando por el Gobierno y la Presidencia del Tribunal Supremo?

De las encuestas de opinión se deduce claramente que los españoles ¡consideramos a los políticos como uno de nuestros problemas más graves y acuciantes! El mundo al revés: los titulares de los poderes públicos no sólo no contribuyen a hacer la vida más llevadera, sino que, además, resultan un inconveniente de primer orden en nuestro quehacer. Qué duda cabe, deben hacer un repaso en su modo de ejercer la representación de la ciudadanía, so pena de conseguir un alejamiento tal que los haga incompatibles con sus representados y ello posibilite un caos institucional que aporte un caudillo populista o mesiánico absolutamente indeseable.

Este escrito se halla repleto de preguntas y no ofrece ninguna respuesta, cuestión comprensible teniendo en cuenta que esas mismas preguntas nos las podemos hacer cada uno de nosotros y nadie es capaz de encontrar la solución, si bien se puede apuntar que en el futuro inmediato deberán afrontarse una serie de medidas esenciales para la sanación de la actividad política: introducción del ámbito de los partidos dentro de la muy mentada Ley de Transparencia, auditorías independientes de sus cuentas sin demora y en tiempo real, establecimiento de sanciones ejemplares para las conductas de cohecho activo y pasivo, entendiendo dentro de esta figura los supuestos donativos desinteresados de empresas y corporaciones y, desde luego, la implantación de las listas abiertas en las elecciones, tanto generales, como autonómicas y municipales.

Y, mientras tanto, además de intentar la dilación y edificar mentira sobre mentira ¿qué dicen el Partido Popular y el Gobierno? Nada, ya que el Registrador de la Propiedad gallego, con nombre de personaje de Forges y limitadas dotes de exposición, sin preguntas perturbadoras, únicamente se ha dirigido a su público particular, basándose en el único baluarte de la fe, a modo de discípulo de Martín Lutero, aunque para el agustino hereje sea en Dios y para el Sr. Rajoy sea en él mismo.  O, utilizando, una expresión muy del agrado de los dirigentes populares hace unos días, lo que puedan haber argumentado de forma convincente, no me consta, por que todo es mentira salvo algunas cosas.

Emmanuel Forest

felix 359 1

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