Mi admirado Miguel Ángel Aguilar terminaba la frase con un “… aunque sea bien”, y eso que todos es sabido que originalmente se decía: “Lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal”, haciendo hincapié en el beneficio que conlleva el ser conocido, famoso, mediático o como se quiera llamar. Pero vista la querencia de tanta gente a desacreditar a diestro y siniestro, el final de Aguilar parece más acertado.

Y es que en un país donde tanto abundan los envidiosos,  parece mucho más acertada la reflexión que hace Aguilar.

Aquí parece deporte nacional intentar terminar con la buena reputación del que destaca, convertir cualquier éxito ajeno en una agresión a los mediocres, e intentar desprestigiar a las personas más valiosas.

Y es que no faltan los miserables que aparecen siempre tras el éxito de otra persona, éxito que es fruto, no de la casualidad o suerte, sino del trabajo y del esfuerzo continuado. Esos mismos miserables que, incapaces de trabajar y esforzarse, nunca llegarán a tener ni la más mínima posibilidad de triunfar.

Y poco les importa a estos mediocres que ese triunfo, ese éxito, esa meta alcanzada, sea deportiva, social, política, económica o de cualquier otra índole. Lo suyo es criticar e intentar vaciar de mérito lo alcanzado por el prójimo. Así, intentarán explicar con el azar, el enchufe, la casualidad, el porqué de ese objetivo alcanzado.

Una explicación posible la presenta la Psicología cuando analiza el proceso mental de las personas que no alcanzan (o no) sus objetivos. Y es el “locus de control”: la percepción de cada persona de lo que determina y controla su vida. Así, las personas con “locus de control interno”, creen que controlan su vida y son artífices de lo que sucede en ella. Las personas con “locus de control externo” piensan que lo que les pasa es culpa externa (el azar, las personas que le rodean, la sociedad, el mundo en general…)

Está claro que personas con “locus de control interno” son las que más probabilidades tendrán de alcanzar sus objetivos porque confían en sí mismos. Y las personas que tienen “locus de control externo” tenderán a no esforzarse, puesto que están convencidas de que no depende de sí mismas alcanzar sus objetivos.

Probablemente todos conocemos individuos que fracasaron en la escuela y fracasaron en otros proyectos; individuos que sólo se sienten realizados criticando a los que sí los alcanzaron y sí triunfaron. Éstos son los que emponzoñan la vida de los demás, los que intentan por todos los medios que nadie destaque porque es el único modo de que nadie se dé cuenta de lo raquíticos que son.

Pero no todo el mundo está expuesto al riesgo de ser diana de las envidias ajenas y de los ataques a su buena reputación y su honor. No todos los personajes que habitan esta sociedad pueden ser objetivo de esos miserables.

Por supuesto, la caterva formada por ellos mismos nunca será objeto de su propio intento de desprestigiar. Y es que cuando varios cerdos se revuelcan en el fango es difícil distinguir a uno de otro.

Pero dentro de esa fauna quiero referirme hoy sólo a tres especies:

El primero es el chavalito de pocas luces que, cegado por vacías promesas, se presta a fabular conversaciones privadas convirtiéndolas en amenazas inexistentes. Ese chavalito que no puede y no quiere entender el fondo de una conversación y que es tan lerdo que no distingue entre consejo de experto y amenaza de pandillero. Pues bien, este chavalito nunca ha tenido reputación, ni buena, ni mala, así que será imposible que nadie se la arruine. La verdad es que es una pena que dirijan sus pasos otros especímenes mucho más peligrosos y que más adelante presentaremos.

En segundo lugar está la analfabeta funcional que ante las recomendaciones (de quien ha demostrado con creces que sabe hacerlo infinitamente mejor) para mejorar su primer trabajo de redacción entra en “erupción” como volcán enfurecido. Esa pobre desorientada que está convencida de que sus deseos son realidad con sólo pensarlos “muy fuerte”. Esa pobre ignorante que ha obtenido el máster en “sálvame de luxe” y que dirige su escala de valores con pensamientos tan profundos como: “el que calla otorga”,  “todos los hombres sois iguales”, o “si no discutes conmigo eres un cobarde”. Esta segunda especie tampoco verá mermada su reputación, puesto que está a un nivel que es ya imposible reducir.

Y por último y el más peligroso de todos: el listillo. Ese personajillo que va por el mundo intentando convencer a todos de su gran valía, de sus grandes logros y de su gran experiencia (política?). Este fulano que se plantea una meta (llegar a concejal, por ejemplo) y no dudará en darse codazos, pisotear, arruinar, escupir y lo que sea menester con tal de alcanzar su tesoro. Y digo “su”, porque se ha convencido a sí mismo de que existe en alguna parte con su nombre y que sólo las circunstancias externas (véase “locus de control”) han impedido (esperemos que definitivamente) tomar posesión de él. A este personajillo le encanta mover sus peones para que, si vienen mal dadas, sean ellos los que reciban el golpe y quede él ileso. Este personajillo jamás reconocerá que sus principios (inquebrantables, por supuesto) los ajusta rápidamente a lo que mejor le convenga en cada momento y en cada lugar. Este tiparraco envenenará todo lo que crea necesario y si deja tras de sí un reguero de víctimas no le preocupará lo más mínimo. Este miserable entre los miserables tampoco puede sufrir una merma en su honor, porque para él, el honor simplemente no existe.

 

Plácido Martínez Mayán

 

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