"Sé tú, e intenta ser feliz, pero sobre todo, sé tú."
Charles Chaplin

«El teléfono sonó y de pronto desperté. Debían ser las ocho de la mañana. Sonó como empiezan a sonar los pasos –con apariencia de perdidos- en los pisos de esa ciudad que amanecía sin nombre –aquel día más que nunca-. Bajo la oscuridad buscaba el interruptor de la lámpara que ocupa gran parte de la mesa de noche. Pasaron unos segundos hasta que conseguí encontrarlo, y, entonces, tras un leve cliqueo la luz encendió el ambiente, iluminando la habitación de forma tenue. Todo aparecía como aparecía la anterior noche. Las gafas, por ejemplo, bordeando uno de los bordes de la mesilla. Con movimientos lentos, y aun así de golpe, las tomé para colocármelas en la cara mientras mis ojos se quedaban entreabiertos, como si hechos de músculos débiles y atrofiados agrandasen la distancia entre párpado y párpado –o, quizá tan solo, estuviesen esperando a que el acostumbramiento lumínico de cada mañana llegase.

Por un momento olvido lo que me ha despertado hacía solo dos o tres minutos –esa señal repetitiva que sale del teléfono, que con el tiempo, a pesar de su, en ocasiones, imprevisibilidad,  se hace pesada y monótona, como de traqueteo de oficina o de ministerio-. Y es que los años de hábito fumador diario hacen que nada más despertarse uno sólo piense en encender el primer cigarro del día, sin que apenas le dé tiempo a saber en dónde demonios se encuentra o cómo ese libro que anoche leía ha llegado a tumbarse al otro lado de la cama, junto a él y destapado. Pero de pronto recuerdo algo: dejé de fumar hace semanas (siempre quisimos, entre risas, probar el “método Virtudes”). ¿Y si quizá fue ese sonido telefónico –con su pesadez, monotonía, etc.- el que ayudó a aflorar el recuerdo? (Nos llevaste a Freud entre olor a café y a tabaco y a mangle).

Como con miedo cogí el teléfono. La mirada, aún limitada, observaba lo que mis dedos pulsaban con torpeza. Fueron apareciendo en la pantalla del móvil varios fondos que aparentaban ser el mismo repetido, y que duraban el tiempo que había entre golpe y golpe táctil. Al final el bucle se detuvo en una imagen. Dentro de esa imagen un amigo me hablaba de otro amigo, que eras tú. A veces deseas que los bucles jamás paren de rizarse, para que jamás mueran. Me acordé de ti y lloré por dentro y quise volver a salir por la puerta de aquella cafetería contigo, con Mario y con Héctor a fumar. Allí donde hacía tan sólo veintiún días apurábamos los cigarros y discutíamos del colonialismo y el barbarismo, en una lucha por conseguir unos puntos en aquel juego de cartas de filosofía que trajo Mario. Era la tarde anterior a la noche de reyes. También era la última vez que nos vimos.»


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Mariano, empiezo ya a hablarte después del prólogo –sé que no te molesta que lo haya separado de esta carta con asteriscos, esos símbolos que tú siempre usas para dividir tus relatos en secuencias-. Puede parecerte extraño que te hable como si aún estuviésemos discutiendo en ese bar de Bembibre al que siempre acudíamos –tú le llamaste El bar sin nombre-, para llenarlo con el humo de nuestros cigarrillos, de canciones, de versos, de risas. Pero allí seguimos, y a nuestro lado están Mario y Héctor.

Recibí tu mensaje el pasado martes. El día anterior tenía una llamada tuya que no pude contestar. Ahora te pido disculpas. Fuiste escueto, telegráfico. «Marcho a Jacmel. Me comentan que allí el tabaco es mucho mejor. Recuerda que todo es relativo. Que no te engañen: se dice cociente intelectual. Compra “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre” de Sender. Cuando me instale te pediré que me mandes alguna película de Wajda y ésa en la que Peter Sellers interpretaba a 8 personajes y que comentamos hace un tiempo. De momento nada más. Me quedan algunas cosas que resolver antes del viaje. Un abrazo». Recibirás las películas que me pedías con esta carta. Te llegarán a la taberna de la que nos hablaste aquella noche de invierno crudo, con el eje de la tierra inclinado como nunca. Ayer por la tarde logré comprar una pequeña y sencilla edición del libro de Sender. Lo empezaré en cuanto acabe el que estoy leyendo. Ya te diré mi opinión.

Sé que has decidido que ya era hora de irse durante un tiempo. Te entiendo perfectamente. También sé que siempre quisiste ir una temporada a Jacmel. A menudo hablabas de que tenías que decirle algo al simplemente Juan, que tenías que colgar las camisas húmedas de Caribe a secar al sol. Ahora ya estás allí, más cerca de Camagüey -si ves al cubano Guillén dale recuerdos de nosotros- y del agua que cubrió el cuerpo de la Storni.
Tu marcha ha sido difícil para nosotros. Aún no hemos vuelto a Bembibre desde que te vimos por última vez –me cuesta pensar en que no volveremos a verte-. Pasar por delante de tu portal, del millardo; tomar café en cualquiera de nuestros bares o jugar al Trivial será duro. Nos faltarás. Como maestro, como amigo.

Creo que nunca te dije –supongo que por ese miedo que muchas veces nos asalta al intentar mostrar lo que somos, lo que sentimos- que estudié filosofía gracias a ti. Supiste mejor que nadie hacerme ver que más allá de las cosas simples había una crítica, una explicación, un motivo, un pensamiento. Me enseñaste a hablar con Freud y Marx, con sus textos, como nunca nadie lo ha hecho. A crear tesis propias. A unir y enlazar sistemas e ideas. A no dejarme llevar por las corrientes ortodoxas que dominan la sociedad, usando esas dos cosas que tú siempre respetaste: la ironía y la incorrección. Supongo que nunca es tarde para decir estas cosas.

Tenemos Mario, Héctor, Tú y yo muchas ideas nocturnas y excéntricas, historias que creamos a partir de la libertad a la que siempre tratábamos de acogernos. Cantábamos y recitábamos. Discutíamos y buscábamos. Tu terquedad nos hacía ser más auténticos –gracias-.

Recordarás nuestro único viaje. Hará de eso dos años. Fuimos a Astorga. A tu Astorga. Nos contaste tu infancia, tus lugares; los heterodoxos intelectuales de taberna que conociste en tu adolescencia. Estando en la muralla nos relataste cual era para ti y tus amigos vuestro juego favorito: correr por encima del muro, desafiando a la muerte y a la vida como pequeños kamikazes sin miedo ni ansias de gloria, más allá del puro espectáculo de la cuerda floja.

Recuerdo que compraste las obras completas de Leopoldo Panero en una céntrica librería, a pesar de que jamás te gustó, solo por darle una segunda oportunidad: salvarle de la quema o mandarle para siempre al olvido –ahora recuerdo que en nuestra última conversación nos contaste que ibas a hacer lo mismo con Pemán (siempre fuiste demasiado bueno con la basura)-.

Guardo muchos más recuerdos. Poco a poco te los iré contando. También guardo en el ordenador tus novelas y cuentos. Desde que leí tu mensaje el pasado martes he vuelto con “El ateísmo de su Santidad”. En las siguientes cartas te daré mi opinión y mis pequeños retoques propios.

La carta va llegando a su fin. La emoción con la que la escribo jamás morirá, como no muere tu voz, ni tu amistad, ni tus pequeños enfados –que duraban segundos y acababan con una sonrisa y un carraspeo-, ni tu forma de andar, ni la manera de saludarnos al llegar a nosotros…

Jamás olvides que tu alumno y amigo Rodrigo Simón siempre tendrá un abrazo emocionado que darte en La Habana, en Oporto, en Jacmel, en Shanghai. Te lo seguiré recordando en cada carta, amigo.

Tan lejos y tan cerca, recordándote bajo un abrigo de cuero, más allá de todas las hogueras, tu amigo por siempre que acaba esta carta:

 

Rodrigo Simón



P.D.: te envío también varias libretas azules pequeñas de espiral y hojas cuadriculadas para que las llenes de relatos, de palabras, de garabatos. A cambio sólo te pido que me vayas mandando fotocopias. Y espero que no falten los asteriscos.

 

 

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felix 359 1

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