Febrero de 1993. Registré la parte del roquedo que faltaba. De nuevo lo anduve entero, del Cerbenzón a los Abranos. En cada hueco husmeé, sin oler sustancia. El último abrigo fue el que más expectativas prometía, aquella monumental raja. Resultó una chimenea estrecha, en la que a duras penas pude colarme. Impropia para acoger pintadas. Si miras arriba, te convences de que en cualquier momento puede derrumbarse.

Septiembre de 2007. Aunque había frecuentado Penachada, no fue hasta este año que comencé una investigación algo más seria, si puede calificarse así. Controlaba el terreno, pero seguía faltándome el trato con los lugareños, tertulias que hubieran podido revelar rancias historias, leyendas, rutinas, o los tan buscados vestigios prehistóricos aún vivos. Suele el antropólogo perseguir clandestinos rituales, mágicos instrumentos, antiguas sílabas, sin notar siquiera esos vestigios que bullen ante sí, inmutables al paso de los evos: temor a la soledad, la necesidad de un ente protector, las pasiones, el pánico a un más allá vacío. Los primarios neandertales y sapiens ya albergaban esos sentimientos, y es curioso que desde entonces el desarrollo espiritual ha  sido nulo, quedó estancado, no evolucionó un ápice. En el corazón del hombre moderno continúan latiendo los mismos miedos.

Las calles seguían desiertas, como aquella primera vez catorce años atrás. Desangeladas, frígidas hasta calar el tuétano de la moral. En una casita oí coloquio, de mujeres, mogollón, un gallinero. Oportunidad de oro para recabar datos. Piqué a la puerta, abrió una dueña bastante potable. Al verme echó las manos al pecho, miró al cielo y suspiró, como si hubiera resucitado un amorío de juventud. Aunque era una desconocida o al menos no la recordaba, tragué saliva, porque estos asuntos de faldas los carga el diablo y pueden en un tris condenarte a sacristía. Lo cierto es que la pobre asoció mi anorak oliva con un guardia civil portador de infortunio. La tranquilicé, le prometí en adelante vestir de rojo. Cuando se reúnen tres comadres: malo, malo, malo, cuantimás allí empollaban ocho. Servidor, carece de dones para caldear libidos, por malcarado y jijas, sin embargo  no  sé  qué  sexto sentido erizó la pelambre del cogote, intuyendo que si caía entre aquellas uñas habrían de exprimirme hasta la cresta. Por romper el hielo, pregunté si sabrían el camino hacia las pinturas primitivas. Hubo dudas, las dudas encendieron discrepancias, las discrepancias explotaron en discusión, y cuando estaban a punto de tirarse de los pelos sonó un manotazo en la mesa e  irguióse una chavalona. Tez blanca, espesas cejas negras, labios carnosos. Aún olía a sábanas, la melena alborotada, el pijama de topos rosa. Abandonó el desayuno, enfundó una rebeca Stradivarius, y con un encantador bigote de cacao salió a la intemperie sin inmutarse. Desde un mirador cercano, asesoró, orientándome con el dedo índice. Llegados a un punto del paisaje, sospechando que la atención del alumno estaba en Babia, me agarró de una oreja para insistir en que no siguiera subiendo, pues podría perderme irremisiblemente, sino que descendiera al cuenco de una pared, nido de las mejores pinturas. Aconsejó empero no apostar demasiadas ilusiones, so pena de llevar una decepción: el colorido había ido palideciendo desde que lo contemplase de niña. Fin de la lección. Acto seguido se desperezó en toda su voluptuosidad, al aire vivificante de las montañas, como sin duda deben desperezarse las divas en el Olimpo. Verificó con una mirada la paz de sus latifundios, fiscalizó las heredades enteras con un golpe de pestaña. Así el mundo en orden, peló luego un chupachús y tornamos al hogar. La abuela vigilaba ojo avizor, disimulando que barría el rellano. Quedé a los pies del gallinero, y aún quedara a los pies de los rinocerontes si fuese menester, todo en agradecimiento a la cicerone Eva, cuyos vástagos quiera la divinidad pueblen los continentes. A mis espaldas cacarearon chismorreos y risas. Aunque ni una sola noticia nueva aportó a la libreta, gracias a ella el amargo poso de pueblo inhóspito retoñó dulce. Desde ese día un arco iris de caramelo adorna a San Pedro Mallo.



En la Cuevona encontramos una vez más la circunferencia con tres puntos inscritos, enseña de perfección, del dios supremo; del padre, hijo y espíritu santo; de lo material, espiritual e intelectual. También hay un aro con una cruz dentro. Sesudos tratados arqueológicos de diferentes yacimientos, encuentran en tal grafía similitud con la rueda de carro, lo consideran homenaje al invento y en consecuencia preclaro indicador cronológico. Bien mirado, esa teoría rebaja cruelmente la capacidad intelectual de los brujos, pervierte los elevados principios por los que se funda cualquier santuario. La rueda solar o cruz equilátera circunscrita es muy antañona, difícil asegurar cuándo y dónde nació, tan repartida está en el orbe. Épocas muy anteriores al Neolítico ya sabían de ella, aun desconociendo el carro, pero la usaron de forma menos prosaica. Un culto al sol, vincular el abrigo a solsticios o equinoccios, decirnos que los elementos del gran manitú fluyen en cuatro direcciones, ese es el derrotero. 

 

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Comentarios  

0 #1 Pepe 12-02-2015 20:34
Como siempre, es una gozada leer los artículos de Miro. Nos ilustran al mismo tiempo que suscitan una sonrisa en el lector. Mucha sabiduría y gran sentido del humor, en mi opinión, son imprescindibles en un buen narrador.
0 #2 De acuerdoJosé Luis 12-02-2015 23:26
Coincido con Pepe, quien conoce a Mirín sabe de su manera de ser y de estar, con sus aventuras, libros, fotografías y amor profundo a la naturaleza. Para muestra estos capítulos con los que nos regala nuestro amigo.
0 #3 Carlos 24-02-2015 23:36
Fenomenal historia. Da gusto leerte Miro.

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