Septiembre de 2007. Paré en Castrocontrigo a desayunar, en la misma cafetería de la semana pasada, pero sobre todo a resolver un enigma que me tenía sobre ascuas.  Un presentimiento, un temor que no me dejaba dormir. Vestía la camarera ceñido suéter de lunares lila, mallas ajustadas, bajo ellas como por arte de magia un tanga de perlas doradas. Me dio la bienvenida agachándose, o sea se puso mirando para Cuenca, con el fin de que certificara la feliz singladura de las perlas hacia regiones inclasificables de tan velludas. Estuve a punto de aplaudir. Sirvió el café sin mediar palabra, apercibida de ser objeto de investigación. Sentada tras la barra en un taburete, cogió las agujas y tejió; de tarde en tarde deshacía la labor y volvía a tejer. Cabellera azabache, tez lánguida, párpados sombríos, enormes ojos negros. Teje y teje, desteje, teje el tapete con forma de telaraña, desteje. En la radio empezó a sonar “María”, de Blondie. Cuando más absorto estaba en el análisis de la bella, levantó la vista y me descerrajó una mirada fulminante, pero no homicida, pues la acompañaba una sonrisa. Entonces supe quién era, el enigma quedó resuelto, al asomarle por la comisura un colmillo. Efectivamente la había visto antes, se trataba de Clarimonde, la vampira de Gautier. En cuanto dejó de sonar la canción,  acabó el idilio. Desechó perder más tiempo con el boquiabierto canijo, ave de paso, para acaramelarse con cuatro parroquianos disfrazados de camuflaje, a cual más fanfarrón, marionetas en su trampa desde hacía tiempo: carne de mojama.

Seguí la pista conocida. Ni un alma durante el recorrido. Aparqué en fuente Rocebros, “Recebros” le dicen en Morla. De nuevo entré al Pozo, compuesto de dos galerías. La principal de unos quince metros de longitud, nivelada; la secundaria, situada justo encima, desciende en diagonal hasta desembocar en la de abajo. Si lanzáramos una piedra por la de arriba, caería en la de abajo “tranca, tranca, tranca, rodando talmente por el espinazo de un burro”. Mozo hubo tan aguerrido que encestando un peñasco en la una, lograba recogerlo al vuelo en la otra.

Bordeé el Peñao el Tesouro, nombre propio donde están las pinturas de Recebros, hasta alcanzar el teso de Llamaluenga, en busca del nuevo enclave descubierto por Luis. Antes de llegar a la cumbre, observé hacia la vertiente de Riodote, afluente del Codes, un abrigo prometedor. Decidí reservarlo para la vuelta e ir registrando todo el cordal hasta el extremo de Dos Hermanas. El abrigo prometedor resultó el único fructífero. Por las averiguaciones que hice en Morla, podría llamarse Peña el Gato, pero no estoy seguro. Humilde cobertizo, austero, carente de espectacularidad, lo cual engrandece más su dimensión cósmica. Apenas una roca hueca, un petrificado mascarón de proa sobresaliendo en un mar de brezos. De encontrarlo Jesucristo, lo hubiera designado ejemplo arquitectónico y espiritual a seguir, en detrimento de vanidades y  oropeles.

Es parco asimismo su signario, aunque notable y más variado que el del Peñao. Destaca lo que podría ser un sol inacabado, o estrella inconclusa, o tocado ceremonial de veinte plumas, o sistema de cómputo, o advertencia de que nos encontramos en un recinto sagrado, o vaya usted a saber (quedaría más técnico escribir soliforme, esteliforme, coroniforme, computiforme, estopiforme, ignoromorfo). Sea cual fuere el sentido, tenemos en la famosa Peña Escrita de Fuencaliente un símbolo análogo, hermano de leche, se dirían gemelos separados al nacer, y en el colombiano Sáchica otro que igual baila. El paso del tiempo ha limado el tono de los pigmentos. También perjudican mucho las continuas quemas de monte, accediendo el fuego hasta el interior de la maravillosa cuevita, muy ennegrecida por el humo. Hay más pintadas de las que copié, pero son borrones confusos, o faltó corazón para interpretarlas.

 

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Comentarios  

0 #1 Carlos 21-04-2015 03:32
Siempre es un placer leerte Miro.

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