En 1841, Enrique Gil escribió en el periódico El Pensamiento un largo ensayo titulado «El movimiento de España», en el que a propósito de una obra del historiador Juan Maldonado, discípulo de Nebrija, aborda desde su perspectiva más humanista que romántica el movimiento de las Comunidades de Castilla, más conocida como los Comuneros.

Como los autores progresistas de su época –y antes y después– Enrique Gil era un erasmista convencido, a la manera de Cervantes, cuya relación con Erasmo ha sido muy estudiada; la de Gil, no, pero la lectura de sus ensayos sobre los Comuneros y sobre Luis Vives muestra ese hilo común de simpatía. La reseña histórica de Gil, sin embargo, no es complaciente –nuestro escritor nunca lo era– con la causa comunera, cuyo tono revolucionario rebaja: “Todos los capítulos de agravio estribaban únicamente en medidas administrativas” [véase en Biblioteca Gil y Carrasco el volumen V, Miscelánea, p. 155].

Hubo que esperar más de cien años hasta que otro berciano, el poeta Luis López Álvarez, hizo de la lucha comunera un poema épico, un canto a la libertad de Castilla, convertido por el grupo Nuevo Mester de Juglaría en símbolo libertario de la Transición.

López Álvarez, nacido en La Barosa, que visita estos días El Bierzo para presentar la 9ª edición de «Los Comuneros», es un lector y admirador de Gil desde su primera juventud. Apenas tenía Luis 16 años cuando, el 22 de febrero de 1946, en el primer centenario de la muerte de Gil y Carrasco, leyó ante la Academia de Literatura de Valladolid los versos de La violeta, como recoge el suelto publicado aquel día por El Norte de Castilla.

Luis López Álvarez, que había crecido en Orellán y Cabañinas, y luego en Palencia y Valladolid, con largos veranos en Bembibre, pertenece a la generación de los niños que leyeron El Señor de Bembibre en la escuela, antes o a la par que El Quijote; guiado de la mano de su padre, maestro y precursor del ecologismo, Luis leía las hazañas de don Álvaro y visitaba ya entonces Cornatel o el lago de Carucedo, paisajes fijados definitivamente en la retina del poeta. Un hilo misterioso, pues, enlaza a estos dos poetas y paisanos, Enrique Gil y Luis López Álvarez: los mismos paisajes en la infancia y la misma pasión que Padilla, Bravo y Maldonado por la libertad: “Hay en el movimiento de los Comuneros –escribe Gil– tanto heroísmo, abnegación y desinterés, que es imposible pensar en él sin sentir emociones nobles y profundas”.

Lo recordamos en estos días, en el 494º aniversario de la Batalla de Villalar, presentando una nueva edición de Los Comuneros, que sin duda le hubiera encantado a Enrique Gil.

Valentín Carrera



Óleo: Los Comuneros en el patíbulo, de Antonio Gisbert (1860).


Enlaces wiki románticos:
Leer y/o descargar el artículo El movimiento de España de Gil y Carrasco
Comprar libro Miscelánea en ebook
Visitar Biblioteca Gil y Carrasco
A la venta en las principales librerías. Distribuye: Latorre Literaria

 

{module ANUNCIOS GOOGLE PIE}

 

 

 

 

Comentarios  

0 #1 Una alumna 22-04-2015 15:14
Don Victoriano López fue un gran Maestro de Bembibre, todavía no había coeducación, impartió clase a los niños al mismo tiempo que Don José Alonso del Barrio, otro insigne Maestro. Juntos fundaron la que sería Academia de Bembibre con Don Veremundo Núñez.- Santiago Fdez Chachero, Víctor Carro, Rosarito Rico Robinsón y Nélida Ferrero Palacio fueron los primeros alumnos que ingresaron en el Instiruto" Gil y Carrasco" de Ponferrada.- Don Victoriano tenía acento extremeño y nos hacía gracia, impartía la asignatura de Ciencias Naturales y coleccionábamos minerales y plantas. Luisito, residía en Valladolid y pasaba las vacaciones con sus padres y hermanos en Bembinre. Era gordito, muy "de capital" y educado. Tengo una edición de "Los Comuneros", dedicada, con motivo de la presentación en Orense el 9 de abril de 1.972, acompañado de su hermano José María, que lo quería y admiraba profundamente.
0 #2 RecordandoUn alumno 22-04-2015 18:15
Asistí a la clase de D. Victoriano López en el edificio de El Santo y tengo un grato recuerdo. Entonces se celebraban los actos del culto en el Santuario del Ecce Homo, por estar la iglesia en reparación después de ser quemada. En los bautizos existía la costumbre de tirar caramelos para recogerlos la chiquillería, y D. Victoriano nos decía: "Salid a coger chupetainas y dulzainas". Hacíamos modelado en barro, el escudo del cuartel de la Guardia Civil, entre otros trabajos interesantes. Un avanzado para su época, magnífica persona y maestro.

Ajedrez - Encuentra la mejor jugada

Sudoku para todos