Victor Corcoba

Nos rodean mundos cercados por la sinrazón, envueltos por la injusticia, acorralados por el desequilibrio, sitiados por monstruos sin corazón. Sólo hay que abrirse a la ventana de la vida y ver cómo nos ciñen las tensiones  y cómo nos dominan los males. Cada cual reinterpreta los derechos humanos como le viene en gana. Las ideologías suplantan la verdad, su verdad, que para nada es ético. Como tampoco es moral la riada de políticos que cultivan la política sin deontología alguna. Bajo este entorno mundial de violencia y guerra, hay que actuar, jamás con cañones, sino con la mirada puesta en un orden mundial más equitativo. También la economía necesita normas honestas. Hay que invertir en ética; pero en una ética genuina, sólo así se podrá fomentar la solidaridad y la responsabilidad de la ciudadanía. Hasta ahora ha prevalecido el consumismo, el despilfarro de unos en detrimento de otros, la ineptitud  de algunos guías mundiales, el negocio frente al corazón. Sin duda, estamos sitiados por mil enfermedades, en buena parte causadas por la insensibilidad que se ha socializado. No en vano, uno puede quedarse en la calle con un puñal en el pecho sin que nadie le socorra o verse utilizado como juego de divertimento del poderoso.
 

Se dice, se comenta, es voz permanente en tribunas de mucho hablar y mejor vestir, que nuestra salud, bienestar y futuro dependen de la capacidad de conservación y conversación. Voces de aquí y de allá, repiten siempre lo mismo: que debemos conservar todas las especies del engranaje del universo. Sin duda, todos somos necesarios. Asimismo, la biodiversidad es el hilo de la palabra que mueve todos los labios en los foros de alto pedestal. Sin embargo, nunca hubo tantos disturbios contra la naturaleza como en estos últimos años. No le faltó razón, al filósofo alemán Albert Schweitzer, cuando dijo que "vivimos una época peligrosa, justo porque el ser humano ha aprendido a dominar la naturaleza mucho antes de haber aprendido a dominarse a sí mismo". La mano del hombre no sólo castiga por tierra, también por mar. Las actividades delictivas están a la orden del día. Estamos sitiados por el imperio de los contaminantes y de los contaminadores, por la sobreexplotación de los recursos vivos, por los piratas que traspasan los cristales vírgenes de la naturaleza. Desde luego, la realidad es la que es, y no se puede seguir descuartizando nuestro propio hábitat. Pero, cuidado, aquí toda la humanidad tiene que tener voz, porque tiene que cambiar de actitud frente a la vida. Recordemos, lo que dijo el poeta Aleixandre: "sin voz juegan las masas, mas no escuchan". Ciertamente, nada es tan educativo como escuchar mucho.

Hay que salir de este mundo sitiado por las falsas palabras de los charlatanes de salón, por las promesas que no van seguidas de hechos, cuando se precisan brazos y abrazos, el auxilio de las voces no sirve de nada. Un mundo globalizado como el actual  no puede caminar a diversas velocidades, debe ir al unísono, sembrando imágenes acordes con las ideas; puesto que, sólo en un mundo de seres humanos auténticos es posible la unión. Si hubiera unidad en el mundo, que no hay, a pesar de ser nuestro destino, más que pensar en la próxima crisis financiera, estaríamos debatiendo sobre la manera de ayudar a los pobres, que se han hecho más pobres, con la crisis actual. Que el euro se desploma, los grandes países siempre ganan. Que los desempleados aumentan,  las entidades crediticias cosechan beneficios. A mi juicio, resulta prioritario en el mundo que sepamos discernir los itinerarios a tomar, para que ningún ser humano se quede excluido y ver la manera de cómo superar las divergencias que nos separan.

Por otra parte, no es bueno que el mundo se encierre en sus fronteras, hay que abrirse al mundo. Debiera ser motivo preferente poner fin a los bloqueos, con ello se evitarían derramamientos de sangre, siempre inútiles. No se puede negar el acceso de suministros médicos allá donde una vida lo necesite. Es fundamental que las organizaciones internacionales investiguen a fondo cualquier acontecimiento inhumano que se produzca en el orbe. Deben estar para eso, para poner orden y denunciar las injusticias. Sin duda, una de las mayores inmoralidades de nuestra época, que aún no hemos sido capaces de atajar, es el hambre y al desnutrición, causante de la muerte de uno de cada tres niños menores de cinco años en los países en desarrollo. Con sólo 25 centavos de dólar, la agencia de la ONU provee una comida nutritiva a un niño en su escuela, lo que, por otro lado, incentiva a los padres a seguir mandando a sus hijos a estudiar.

Por consiguiente, el mundo sitiado es un mundo de amarguras al que hay que liberar más pronto que tarde, ha sido creado por el mismo ser humano, en la lucha por una vida deshumanizada y desvirtuada, dirigida por los hilos de un poder sin conciencia, corrupto en el tiempo, que impide que la ciudadanía piense por sí mismo, obre por propia iniciativa, ejerza sus responsabilidades, afirme y enriquezca su personalidad. Ha llegado el momento de que nadie mire hacia el otro lado, ni por encima del hombro a persona alguna. Los días nacen y se apagan para todos por igual.

 

Víctor Corcoba Herrero / Escritor
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