Victor Corcoba

Vivimos en una mundanal confusión que nos enmaraña hasta los sentimientos más interiores. En ocasiones, debido a este caos inhumano injertado en vena por los devoradores de principios naturales, sucede que respetamos más a un animal que a un niño. No digo que esté mal cuidarles; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los individuos. Por ejemplo, resulta un contrasentido que Cataluña prohíba los toros y que, por otra parte, se quiera dar carta blanca al negocio del aborto.  Más sinrazones: mientras millones de personas se mueren de hambre, también aumentan los hoteles para mascotas y perros. Otro gran lucro. Ciertamente, es paradójico a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales, pero también considero vergonzoso e injusto invertir caprichosamente en ellos antes que en las personas. Este mundo decadente necesita ponerse en orden y saber discernir lo prioritario de lo accesorio, lo esencial de lo secundario.

La manipulación está a la orden del día. Siempre hay alguien que te dice lo que debes hacer, a veces hasta te obliga porque es lo políticamente correcto, y a uno tampoco le dejan ni tiempo para pensar, que es lo verdaderamente interesante. Por consiguiente, también nos hallamos bajo una manipulación perversa, muy sutil, pero que ahí está, confundiéndonos de camino, reduciéndonos a la nada, vapuleándonos a sus intereses, perturbándonos la convivencia. Los valores humanos son demasiado nobles para ser mezclados en luchas políticas o para promover contiendas sin sentido. El intelecto humano nos distingue de los animales. Con razón, se dice que los mortales no es más que lo que la educación hace de él. Por tanto, no se puede educar en el desconcierto ni predicar sin referentes.

De igual modo, está muy mal que a los animales se les niegue una libertad que la propia naturaleza les ha dado, esta prisión es un maltrato en toda regla, como también es horrible que el hombre siga siendo un lobo para el hombre.

Es justo y preciso que demos valor a la responsabilidad de proteger el medio ambiente, las plantas y los animales, pero no menos razonable es el deber de cuidar del ser humano, por lo que es y representa, sobre todo lo demás. Sin duda, una civilización se puede juzgar por el corazón de sus gentes, por la ayuda que se presten entre sí, pero de igual modo por la manera en que trata a sus animales. Por desgracia, nuestra cultura en estos lindes diferenciadores de personas y animales navega en el irresponsable desorden.

Víctor Corcoba Herrero / Escritor
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