Victor Corcoba

El orbe se ha convertido en un laberinto de velocidades que nos confunden. Sólo hay que mirar y ver. Es cierto que los países se recuperan de las vicisitudes con el corazón roto, puesto que la realidad es la que es, un descontrol total y una penuria permanente. Esto pasa por endiosar poderes sin alma. La tierra se ha convertido en el planeta de las fortunas, en lugar del planeta de los seres humanos. Unos derrochan mientras otros se empobrecen. Las miserias, pobrezas, carencias, desgracias, fracasos, tienen poca consideración en este mundo de víboras. Bajo este paraguas de egoísmos, ambiciones, codicias, usuras, nadie conoce a nadie y, lo que es peor, tampoco se reconoce la humanidad en su fondo de humanidad. El peor enemigo está en nosotros mismos.  Nos han derrotado las economías, nos tienen dominados las economías, somos esclavos de injustos poderes económicos. El resultado salta a la vista. Son muy pocas las rentas que avanzan humanamente, muchas más las que retroceden y nos deshumanizan, y numerosas las que progresan muy lentamente porque también atravesamos una crisis de entusiasmo.

Caer en el desaliento es lo peor de lo peor. El que no posee el don de solidarizarse ni de apasionarse por las causas justas, más le valdría buscar sosiego y reflexionar,  porque sus ojos están muertos aunque viva. Se precisan personas a las que les afane y desvele el bien del planeta y el de sus moradores. El trabajo pendiente es duro, se trata de ablandar corazones. Hay que reducir deudas y propiciar más recursos para los pobres, luchar contra la corrupción, establecer la velocidad humana (no la de las máquinas), con sus pausas y sus ritmos, como estética del corazón de la vida. La recesión, que viene padeciendo el planeta por sus nefastos administradores, no sólo es dramática para las millones de personas que perdieron sus empleos, sino que también afecta a quienes mantienen sus trabajos, al reducir de manera drástica su poder adquisitivo y su bienestar general.

Este mundo de velocidades inhumanas ha perdido los más hondos sentimientos. Sin emociones es difícil mover nada. Y hay que hacerlo, debemos cambiar actitudes que respeten más a las personas y cuiden más de las personas. El planeta prosperará si la ciudadanía se desarrolla. Ahora bien, nadie puede usar la palabra progreso si no tiene una orientación definida y un implacable código ético, la misma voz nos indica un itinerario; y en el mismo momento en que, por mínimo que sea, dudamos respecto al trazado, pasamos a dudar en el mismo grado del propio avance. Por ello, los responsables de las políticas macroeconómicas deben tenerlo claro y actuar sin titubeos, se trata de encauzar toda la energía positiva en el empleo y en los salarios, para así afianzar la ínfima recuperación económica que atisbamos en algunos países, al tiempo que se hace frente a los desequilibrios sociales y económicos de más largo plazo. Desde luego, la mejor prueba de progreso de una civilización es la de su propio progreso de solidaridad.

Víctor Corcoba Herrero / Escritor

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