Victor Corcoba

El abuso tiene nombre de mujer en el mundo. Ellas son las que más injusticias sufren. Nos lo advierte, con datos, un reciente informe de la agencia de Naciones Unidas para la igualdad de género. La discriminación persiste en todos los países, es cierto que en unos más que en otros, pero también en los más diversos ámbitos, tanto en el hogar como en la vida pública o en el propio trabajo. ¿Por qué tener que resignarse  a este sufrimiento? La mortalidad materna alcanza niveles inconcebibles. El comercio y los abusos sexuales son descarados y vergonzosos. La violencia es una realidad que tampoco cesa. En todas las culturas se le sigue negando, tácita o expresamente, la posibilidad de crecer como personas. Sin duda, el actual trance económico que padece el mundo también afecta mucho más a las mujeres, sobre todo a la hora de conseguir un trabajo decente. Podríamos seguir describiendo situaciones que generan discriminación, pero la cuestión en este momento no es tanto narrar hechos, como incidir en la urgente necesidad de un cambio social que todavía no se ha producido. Considero que las culturas tienen que progresar sin dilación para que las condiciones de vida de las mujeres mejoren y para que sean ellas mismas las que tengan un mayor control de su propia existencia.

A pesar de todas estas injustas discriminaciones, a poco que reflexionemos sobre el papel de la mujer en la promoción de la vida y de los derechos humanos, se observa su gran capacidad en el progreso de la civilización. Por cierto, está visto que las democracias avanzan cuando las mujeres participan activamente en responsabilidades de gobierno. Su voz debe ser tan significativa como la del hombre. La igualdad de derechos no entiende de género, sino de personas, en busca de un bienestar mejor para todos. El ser humano, hombre-mujer, está predestinado a entenderse y a concebir una dignidad igualitaria, de persona a persona. No se puede negar la evidencia, las mujeres continúan siendo las victimas principales de situaciones trágicas. En muchas partes del mundo, en bastantes partes del mundo –subrayo-, ser mujer es un drama. Y aún peor, en algunas civilizaciones ser mujer no da derecho ni a vivir. Si el progreso de la mujer es el progreso de todos, de toda la humanidad como debe serlo, se han de facilitar más recursos y se ha de prestar más vigilancia a la no exclusión por razón de género.

Desde luego, va a ser muy difícil que la sociedad mude de aires si la mujer no está presente en la adopción de decisiones. De ahí la importancia de que sea ella la que tome partido en todos los horizontes de la vida social y pública. Hay países que tienen buenas leyes de igualdad, pero luego falta presupuesto para llevar a buen término lo legislado. Son miles de millones de mujeres acorraladas que viven como pueden, con multitud de carencias y afligidas por mil temores. No hace falta ir al mundo pobre, en el mundo rico igualmente se producen hechos que degradan totalmente a la mujer. Por ello, esta es otra crisis tan intensa como la financiera, que precisa de una profunda revolución pedagógica, para ser capaces de poner paz y comprensión en las relaciones entre mujeres y hombres, de manera que las hembras puedan ser tan dueñas de sí como lo es el varón.

Víctor Corcoba Herrero / Escritor

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