Victor Corcoba

Confieso mi pasión por las gentes que auxilian a vivir. Aquellos que ayudan a morir no los entiendo por más que quiero interpretar sus opiniones. A mi juicio, la vida es lo único importante que tenemos. En el fondo, lo prioritario no es comprender la existencia, sino vivir y dejar vivirla; tampoco entender modos y maneras de vida, sino amar esas humanas vidas. Por desgracia, se ha devaluado como nunca vivir, despreciado al ser humano sin precedentes, abaratado su cuerpo como jamás, hasta el punto que muchos jóvenes se juegan su propia vida en un rato de fiesta. Algunos ya no regresarán más. Han caído en la trampa de la mentira, del negocio, en las risotadas envenenadas de los encantadores de serpientes. Esta es la verdadera crisis, aquella que prescinde de la vida y de sus pobladores. Tremendo.

Los hechos son el espejo de una realidad que nos deja sin palabras. Multitud de adolescentes, incapaces de discernir lo que es una celebración divertida de lo que es una competición por el delirio y la alucinación, recolectan para sí el absurdo divertimento, pasando a engrosar los dígitos de un calvario que han podido evitarse. En vista de estos colosales tormentos, tal vez más de uno piense darles con la misma medicina a los que propician u organizan estos eventos con brebajes de muerte, porque su vida si es verdad que la han dedicado a los demás, pero a destruirla, no a levantarla, como debe ser propio de todo ser humano que se precie de serlo. Pese a todo, no creo que el ojo por ojo, diente por diente, anime a cambiar actitudes, aparte de que sería inhumana esta manera de reparar un daño incuantificable, pero sí podría ser una buena enseñanza, para estos amortajadores de savia joven, que vieran y vivieran de alguna forma los gigantescos azotes que dejan sus enviciados y adulterados menjunjes.

Los gobiernos, las familias, las escuelas, las organizaciones religiosas, la sociedad en su conjunto, deben valorar mucho más la vida de lo que lo hacemos. Al igual que uno tiene que saber ganarse la vida y para ello se educa, también tenemos que saber caminar seriamente por los días que tengamos de vida, sobre todo desde nuestro interior, y se debe enseñar a que así se haga. Una civilización que pierde la razón de vivir, lo pierde todo. Vuelvo a repetir que me subleva los que asisten pasivos o favorecen a exhalar el último suspiro, en vez de arrimar el hombro hacia los que piden asistencia para transitar por esta vida que, al fin y al cabo, es la que tenemos.

Dejando a un lado la moral de las religiones, por propio sentido natural, la verdad que cuesta entender ese mundializado afán social de obligar a morir lo que es vida. Ni los jóvenes, por la locura consentida de los adultos, se merecen agonizar tan jóvenes; ni tampoco comprendo esa única salida de dar muerte a la persona que está en camino de serlo, al enfermo o anciano. Ciertamente, ante este panorama tan mortecino y cruel, sostengo que puede haber numerosos pobres de vida, pero que hay cuantiosos pobres de comportamiento que debiéramos reconducir, mejor hoy que mañana.

Sí, sí, mucho cuidado con estos matarifes, de tiro la piedra y escondo la mano, porque solapadamente lo que intentan es modificar nuestra actuación provocando desasosiego, división social e incertidumbre. Que sepamos que sus batallas consisten en añadir más dolor al dolor que la propia vida conlleva, con la salvedad que la vida injerta alegrías también; sin embargo, estos carniceros de corazón en boca, convertidos en arregla vidas o en filósofos de necedad sublime, sólo incrustan la expiración en vena.

Vuelvo a subrayar que si lo importante es la vida, como así es, deberíamos asegurarnos que los jóvenes saben divertirse sin tener que meterse ninguna substancia entre pecho y espalda o bañarse en alcohol. De igual modo, insisto, en que hemos de informar y formar, con más conciencia crítica y responsabilidad, a esa juventud que sólo piensa en triunfar y en ganar poder a cualquier precio. Cuando la irresponsabilidad se instala en nosotros es muy complicado, por ejemplo, que los embarazos sean deseados y que el niño sea un hijo deseado. Sin responsabilidad todo se viene abajo, “quizá no merezcamos existir” –llegó a decir Saramago-; pero si existimos como así es, qué menos que valorar la vida responsablemente.

Sería un buen avance, para servidor el mayor adelanto humano, que viviéramos a base de convidarnos a beber de la verdad y de darnos vida unos a otros. Las circunstancias en las que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y se hacen mayores, evidentemente nos condicionan el vivir y hasta el morir. Por consiguiente, considero elemental corregir desigualdades, reprender actitudes contrarias a la vida, amonestar a poderes permisivos con las maquinarias de matar, increpar a las fuerzas que desalientan vivir a sus moradores. Puedo celebrar que cada día sean más los países que se sumen a la lista de las naciones que han borrado definitivamente la pena de muerte de su propio ordenamiento jurídico, porque realmente están con la vida y es una alegría, pero también alabo con verdadero entusiasmo, que cada día sean más los humanos que se abracen a la vida con abrazos sinceros y con espíritu de saber mirar a través de las gafas correctas. Sabed que nunca es tarde para cambiar, la vida es lo vivido, pero también lo que nos queda por vivir.

En cualquier caso, lo que no me sirve es que te maten, o que por omisión se deje matar, para después justificar de algún modo lo injustificable, por mucho acto de contrición que se haga o de perdón que se pida luego al cadáver. 

Víctor Corcoba Herrero / Escritor

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