Victor Corcoba

El deterioro de los Derechos humanos es una realidad. Observadores internacionales muestran, con frecuencia, su consternación al mundo ante el aluvión de  hechos horrendos donde nadie respeta a nadie. Se cometen crímenes contra la humanidad y nos estamos acostumbrando a ello. Es lo peor que le puede pasar a una civilización, caer en la resignación del suicidio cotidiano, y no hacer nada por quitar este mal del camino. En multitud de países miles de personas son arrestadas injustamente, desaparecidas y torturadas junto a sus familias, que sufren el mismo calvario. La humanidad, toda la humanidad, debiera hacer piña ante estas gravísimas situaciones y reafirmar el valor de la persona humana, totalmente devaluada y despreciada cuando deja de tener interés para la clase pudiente. No se puede hablar de que una humanidad progresa, mientras cohabite la desesperación en los débiles y el divertimento en los poderosos a costa de las personas más frágiles. Hemos alcanzado las más altas cotas de odio y venganzas, de miseria y de injusticias, a pesar de llenársenos la boca de ser protectores y defensores de los derechos humanos. ¿Qué está fallando, pues? Estoy absolutamente convencido de que ninguna economía del mundo puede ayudar a que avance el ser humano. El mundo precisa paz permanente y esto sólo se consigue partiendo de que todos somos necesarios para injertar el bien, que de momento suelen merendárselo cuatro poderosos para sí y los suyos.

Sin derechos humanos todo está perdido. Por cierto, esa fuerza global emergente de indignados, que parece ser que es a lo que aspira el movimiento, si quiere expandirse y protagonizar el gran cambio en el mundo, lo mejor que haría sería desempolvarse de políticas o de poderes, y tomar como rumbo el compromiso con los más débiles, con ellos mismos, ya que por principio el ser humano es un ser débil, con el añadido cada día más creciente de que multitud de personas son a diario víctima de gobiernos inmorales que pretenden dirigir a su antojo la sociedad. El punto de encuentro ha de ser siempre la persona y sus circunstancias. Por eso, estimo el deber de renunciar a las ideologías, a las consignas de los poderes económicos y sociales, y salvaguardar la dignidad humana en todo momento y en todo lugar. Urge, como jamás, poner en cultivo la justicia social desde uno mismo. Está visto que por mucho que los derechos humanos hayan tomado fuerza jurídica, en cuanto que se incluyen en las constituciones y, por ende, en el ordenamiento jurídico de los Estados, de nada ha servido. Por consiguiente, la indignación de estos indignados será más creíble, y por tanto, en la medida que sea creíble será también motor de cambio, si en verdad su compromiso de lucha es voluntario e incondicional hacia los más vulnerables y marginados.

Hay cuantioso trabajo que hacer. El menosprecio a los derechos humanos siempre genera episodios de crueldad. El malestar es global, en parte porque las prácticas democráticas en el mundo no son tales, y también, porque la libertad y la dignidad, a lo sumo se presuponen, pero no se respetan realmente. Y así, tampoco se puede alcanzar la paz que todos pedimos, más de boquilla que de corazón. Mucho se habla de cultura global en referencia a los derechos humanos, sin embargo, a juzgar por las tremendas injusticias que soportan personas inocentes, más bien parece todo un puro teatro, para muchos seres humanos auténtico drama inhumano cien por cien. Habría, pues, que junto a la aceptación de ese cultivo pacifista que son los derechos humanos, más allá de la letra, debiera llevarse a cabo la puesta en práctica concreta de su espíritu. Todo sucede en el espíritu, en uno corrompido no cabe la solidaridad. Precisamente, cada contienda es un menoscabo al espíritu humano. La paz sólo podrá tener lugar a través del desarrollo del respeto a los derechos humanos y, por supuesto, dentro de un espíritu de verdad.

Los derechos humanos son, desde luego, ese espíritu auténtico que el mundo precisa cultivar.  Y ahora me surge la pregunta: ¿Qué es un espíritu cultivado? Sin duda, aquel que sabe mirar y ver las cosas desde diversos lenguajes. Esto no se enseña hoy en las escuelas, ni en los centros de creación, desarrollo, transmisión y crítica de la ciencia, de la técnica y de la cultura. Tampoco la dimensión educativa llega a los más pobres. Y a los que llega, lo hace de manera interesada, obviando la dimensión espiritual y transcendente de la persona, sobre todo en el momento actual en que todo gira alrededor de una dimensión, la económica, sin la cual no parece haber otro desarrollo. Maldita necedad. El ejemplo más reciente lo tenemos en la asignatura Educación para la Ciudadanía, que tantos conflictos ha provocado en la sociedad española y que aún hoy muchos padres siguen objetando y luchando contra esta forma de adoctrinamiento escolar. Ahora resulta que el Comité de Derechos Sociales del Consejo de Europa les ha dado la razón, el estudio de esta disciplina demuestra que incumplen varios tratados y acuerdos internacionales, como la Carta Social Europea y los Principios Orientadores sobre la enseñanza de las religiones, así como algunas comunicaciones del Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas. De la reflexión sobre la dimensión transcendente de la persona es de donde deriva la obligación de proteger y promover los derechos humanos, y no, del capricho de los políticos de turno. Únicamente de este modo, desde el cultivo de la verdad, o lo que es lo mismo, desde los innatos derechos humanos, se puede edificar una sociedad más humana y pacífica. De lo contrario, la paz no será posible.
 

Víctor Corcoba Herrero / Escritor

felix 359 1

Ajedrez - Encuentra la mejor jugada

Sudoku para todos