Victor CorcobaLa sombra de doña Incertidumbre, así con mayúsculas, porque mayúsculo es el escepticismo que nos imprime en los interiores del alma, está presente en nuestro acontecer diario, como ese cielo cuajado de estrellas que, por más que se divisen, jamás se terminan de contar. A pesar de tanta ciencia futura y de tanto pensamiento vanguardista, resulta que pocas cosas parecen predecibles. En el segundero de los días sólo parecen injertarse sorpresas.  Las sacudidas políticas y económicas dejan al mundo perplejo; al tiempo que los sembradores del terror intentan enrejar nuestro comportamiento provocando miedo, titubeos y división en la sociedad. El planeta sigue aún terriblemente marcado por el odio, la violencia, el terrorismo y la guerra. A veces, yo mismo, tengo la sensación de estar atrapado en un horrible caos social, donde todo es posible, hasta la formulación de leyes inhumanas. Esto quiere decir que hemos de hallar un tipo de racionalidad más ética. El futuro hay que labrarlo en comunidad, globalizadamente, excluyendo la vacilación e incluyendo la decisión moral en la creatividad humana. Las sociedades evolucionan en el momento que las relaciones entre individuos son un amor posible. Hay que poner, pues, fin a este reinado de doña Incertidumbre para que el mañana sea viable y lo sea para todo ser humano.En momentos de tanta desconfianza por los que atraviesa el orbe y en medio de tantas llamadas seductoras que provienen de los poderes de aquí y de allá, de los ídolos modernos y de las ideologías materialistas, las gentes de pensamiento deben de hacerse notar e imprimir conocimientos que den seguridad verídica. Hay que liberar a la verdad, continuamente acosada por el engaño, y hacer valer los valores perennes suplantados en ocasiones por intereses ávidos, fermentados y fomentados por sistemas económicos despilfarradores. Se han dilapidado tantas autenticidades, tantos ingenios, tantas bellezas, tantas legitimidades, que todo parece resentirse, hasta el mismísimo universo, capaz de desdecir continuamente a los meteorólogos, refrendando lo dicho anteriormente, que en este globo pocas cosas son previsibles. Al fin y al cabo, con el virus del desorden está visto que estalla el sentido común y que se abona el rencor. Habría que enseñar los efectos de aborrecer. Odiar, por ejemplo, es otro despilfarro más del ser humano, por el que no vale la pena invertir segundos, puesto que es una malversación del corazón y el corazón es nuestro mayor erario a proteger. Habría que robustecer evidencias perdidas y retornar con urgencia al ser de las cosas, haciendo ciencia o poesía, tejiendo arte o abecedarios de ideas; y, todo ello, con una pizca de fundamento reformador.

El reinado de doña Incertidumbre tiene que tocar a su fin. Precisamente, el tema del Día Internacional de la Juventud, que se celebra el doce de agosto, habla de apuesta por la certidumbre, por la sostenibilidad del planeta como reto y futuro. “Nuestro mundo se enfrenta a múltiples crisis interdependientes cuyos efectos, graves y de largo alcance, recaen en los jóvenes de manera desproporcionada”, dice el mensaje del Secretario General de la ONU.  No cabe duda, desde las tasas del desempleo, que son los que más la acrecientan, hasta una injusta deuda ecológica que le vamos a dejar como herencia. La esperanza, sin embargo, está en esa juventud luchadora, solidaria, dispuesta a formular estrategias de reducción de la pobreza, practicando estilos de vida saludables y ecológicos. Sin duda alguna, la vida no es de los que la vacían o la sobrellevan con vacilación, sino de los que le dan sabor y saber, de que vale la pena vivir y vivir unidos.

Siguiendo con los jóvenes, en numerosos países se observan unos centros educativos sometidos pasivamente a influencias culturales dominantes, que no dejan espacio para el discernimiento, convirtiendo la enseñanza en un mero instrumento en manos del poder político o de las fuerzas económicas dominantes, con el propósito exclusivo de asegurar la preparación técnica y profesional de especialistas, sin prestar la menor atención a la formación moral de la persona, lo cual les lleva a vivir en una incertidumbre de reconocimiento como persona y de angustia respecto al futuro. Parece que Europa quiere avanzar en la sociedad del conocimiento y competir eficazmente en la economía mundial globalizada. Me parece bien, pero junto a una formación de alta calidad, habrá que ofrecer una formación de calidad humana. En la Unión Europea, la política educativa es competencia de cada país, pero indudablemente deben cohabitar unos objetivos comunes en cuanto a valores humanos. En cualquier caso, asegurar que, en 2015, los niños y niñas de todo el mundo puedan terminar un ciclo completo de enseñanza primaria, es la mejor garantía de avance. Confiamos en que se cumpla el deseo y se obedezca a la razón.Debemos, pues, propiciar razones para salir de la incertidumbre reinante. Si el progreso, para ser progreso, necesita el crecimiento moral de la humanidad, también para llegar a esa convicción se precisa un ambiente de seguridad ética. Corresponde a todos y de manera muy especial a los poderes de las naciones y a sus representantes, comprometerse en el camino del diálogo y de la cooperación internacional, para erradicar todo lo que sea fuente de conflicto y malestares entre ciudadanías y países. En lugar de intensificar la demanda de armas lo que debemos intensificar es la oferta de conversaciones. En suma, que el reinado de doña Incertidumbre debe fenecer con el entierro de toda sospecha, para que la confianza del ser humano en el propio ser humano nos injerte paz en las horas de la vida, de toda vida, que la dicha es la certeza de no sentirse perdido, de hallarse lejos de todo recelo. Exequias, pues, con ofrenda de: si te vi no me acuerdo.  

Víctor Corcoba Herrero / Escritor

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